Esperando a Godot en la periferia neoliberal

La repetición de recetas económicas aplicadas en los años noventa y durante el macrismo vuelve a instalar promesas de inversiones, ajuste y estabilidad financiera, en un contexto marcado por el deterioro de los ingresos, el endeudamiento de los hogares y las dificultades de la oposición para construir una alternativa económica con identidad propia.

31 de mayo, 2026 | 00.05

El análisis de la economía del presente demanda dos componentes algo ausentes del discurso político. Primero, sacudir un poco la memoria y segundo, seguir algunas secuencias lógicas.

En el conjunto del electorado hay votantes muy jóvenes. No es casual que el núcleo duro de apoyo al gobierno se encuentre entre los veinteañeros. Es más fácil tener memoria de hechos vividos que estudiar prolijamente la secuencia histórica de sucesos que ocurrieron antes del nacimiento. La gran crisis de 2001-2002, por ejemplo, ocurrió hace ya un cuarto de siglo. Un montón. Y recordar lo que ocurría en la década de los ‘90 o en la larga recesión 1998-2002, demanda que el lector sea, al menos, un galán maduro, o bien una dama en su apogeo. Para la construcción de discursos repetidos en defensa de intereses particulares, para el caso los del sector financiero local y global, es muy fácil prescindir de la potencia de esta memoria.

Las tres alianzas del neoliberalismo

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Lo que hoy sucede en materia económica ya sucedió. Salvo en la superficie de las formas, no tienen nada de nuevo. Sucedió durante el menemismo y su gobierno de cola, que fue la primera Alianza, la de la UCR y el Frepaso. Asomó durante el fugaz macrismo, la segunda Alianza de toda la oposición al kirchnerismo. Y sucede en el presente, con la tercera Alianza entre La Libertad Avanza y el PRO residual. Por eso el mileísmo político, la nueva marca del viejo neoliberalismo, nunca fue una minoría legislativa. Y por eso, frente a cada tropiezo del oficialismo, todo el espectro mediático se aboca de inmediato a pensar cómo podría ser un mileísmo sin Milei. Luego, cuando las tormentas pasan y vuelve la calma, aunque sólo sea el ojo del huracán, vuelve a hablarse de la reelección y de la potencia de las Alianzas de la centroderecha, a las que no les importa quién sea el sapo que conduzca mientras sostenga el ideario.

Vale destacar que la argamasa de toda esta diversidad por derecha es un producto que se probó reiteradamente exitoso: la demonización del kirchnerismo como forma más reciente del peronismo. Demonizar hasta el nombre de la oposición y hacerlo hasta el punto de que muchos de quienes se decían kirchneristas con naturalidad hoy se vean en la necesidad de aclarar que, en realidad, lo que son es peronistas, es un gran éxito del adversario en la lucha ideológica, una de las dimensiones de largo plazo de la lucha política.

El problema de la oposición

Hasta el propio nombre se volvió un problema. Pero también sirve de excusa, de mecanismo para no revisar los errores. Resulta fácil decir que el estancamiento económico iniciado en 2011 o la interna feroz y la ausencia de liderazgo del gobierno de Alberto Fernández fueron culpa del “kirchnerismo”. Se supone que ello liberaría de responsabilidades a quienes ahora se dicen “peronistas” a secas. Expulsar la culpa siempre resulta mucho más fácil que asumir que la sociedad fletó del poder al peronismo realmente existente porque no resolvía sus problemas. El triunfo de Milei es el hijo del fracaso del peronismo en el poder. Pero el “todo” verdadero es el peronismo. “Nos dicen kirchneristas para bajarnos el precio”, decía el propio Néstor.

El problema de la oposición no es la falta de un candidato, aunque asome alguno con fuerza. El verdadero problema es que la sociedad no ve cuál sería la alternativa económica que hoy representa el peronismo. No está claro si se trata de volver a distorsionar precios relativos subsidiando universalmente tarifas y consumos. O al distribucionismo bobo, con los movimientos sociales otra vez en las calles pujando a cielo abierto por porciones del presupuesto. Tampoco está claro si, en cambio, se pretende ser la pata civilizada del mileísmo sin Milei, una suerte de Larretismo social, algo así como mantener el Estado mínimo, la armonía con la Embajada, pero con algo más de gasto social, buenas formas y reconstrucción de la infraestructura abandonada, un camino sin sobresaltos ni presiones sobre los tributos de los más privilegiados.

La realidad del presente no es una economía a dos velocidades, sino dos economías yuxtapuestas, una próspera para una minoría y otra pauperizada, donde habitan las mayorías. El peronismo no debería posponer decir con claridad qué hará con los conurbanos, qué hará con las partes de la economía donde seguirán multiplicándose los excluidos. Pero a la vez, debe dejar saber que la parte de la producción que hoy prospera se mantendrá en marcha. La esencia del peronismo siempre fue su máxima “gobernar es crear trabajo”. No puede seguir levantando las banderas del prohibicionismo, como se vio por ejemplo durante la reciente votación de la reforma de la ley de glaciares. También por ello fue expulsado del gobierno.

El regreso de las promesas incumplidas

Regresando a la memoria histórica, la macroeconomía menemista terminó con la inflación, pero también llevó la desocupación a picos históricos. En el discurso se afirmaba que se estaba recuperando la confianza en el país para que “vengan las inversiones”, las que generarían el trabajo que faltaba. Para entonces ya se había avanzado con la “flexibilización laboral”, la que supuestamente permitiría el aumento del empleo. La crítica de la oposición de entonces y el grueso del periodismo, nunca fue al modelo económico del menemismo, sino a “la corrupción” y al estilo. La primera Alianza ganó las elecciones porque se comprometió a hacer menemismo sin Menem. A mantener la convertibilidad, que para entonces era el modelo de dólar barato tan preferido por las clases medias y los remitentes de utilidades. Durante buena parte del gobierno de Fernando De la Rúa la inflación no solo fue baja, sino que hasta abundaron los meses con inflación negativa, es decir con precios que bajaban, con deflación. La causa no fue otra que la recesión galopante iniciada en 1998. Sí, la virtud macroeconómica que pulverizaba la inflación era la recesión. En el discurso oficial se ensalzaba la “buena noticia” del “blindaje” del FMI, se repetía que ello permitiría recuperar la confianza, lo que también demandaba seguir ajustando la legislación laboral. Con todo ello, se prometía, se alcanzaría el ansiado “investment grade”, el nirvana de un riesgo país en torno a los 200 puntos o menos, el mismo que permitiría la lluvia de inversiones para salir de la recesión y generar trabajo. A los más jóvenes seguro les suena eso de la “lluvia de inversiones”, el caballito de batalla del macrismo y el gran esperando a Godot del neoliberalismo periférico (cierto que tampoco se puede decir “neoliberalismo”).

La economía del presente

Cualquier parecido con el presente no es casualidad. Seguramente profundizar la extracción de renta sobre la clase trabajadora, que no deja de perder poder adquisitivo, por fin generará la baja suficiente del riesgo país, la confianza de los mercados y, ahora sí, seguro que sí, la llegada de las inversiones, aunque hasta ahora haya sucedido exactamente lo contrario. La economía local se encuentra en el último lugar de los destinos regionales de la IED, la Inversión Extranjera Directa. Tanta seducción a los mercados para quedar en la cola.

El balance preliminar se obtiene de unas pocas fotos de la coyuntura. Hasta el presente la acción fundamental del Ministerio de Economía fue tomar deuda. Como las deudas en algún momento vencen, la búsqueda de sostenibilidad se centró en los refinanciamientos millonarios. Para que refinanciar sea posible se necesita la baja del riesgo país. Y bajar el riesgo país demanda mantener la felicidad del sector financiero, lo que significa seguir achicando el Estado y comprimiendo los ingresos de los trabajadores en favor de la tasa de ganancia. Como los salarios no alcanzan, las familias se endeudan. Las deudas con los bancos y las nuevas fintech son el único lugar al que no llega la baja de la tasa de interés, que en relación a una inflación estable alcanza niveles realmente usurarios. La industria más próspera de la economía local no es la energética, ni la minera, ni el agro, sino la intermediación financiera. Pero como los ingresos siguen sin recuperarse y continúan cayendo, según surge de cualquier balance paritario, la mora aumenta y alcanza niveles récord. Durante un tiempo el deterioro de los ingresos se disimuló con endeudamiento. Pero cuando la cuota de la tarjeta reemplaza al salario como forma de llegar a fin de mes, la economía familiar entra en otra etapa.

MÁS INFO
Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).