Entre la Nueva Fase y la emancipación humana: pequeña lectura estratégica del año que terminó

02 de enero, 2026 | 19.47

El año 2025 expuso con nitidez las transformaciones aceleradas del llamado orden mundial del siglo XXI, atravesado por una vertiginosa nueva fase en el modo de producción capitalista.

Las tensiones crecientes entre Estados Unidos y China se consolidaron como el gran ordenador estratégico del período que concluye y tuvieron un capítulo particularmente crudo en una descarnada “guerra de aranceles”. Todo ello ocurrió mientras los Estados Nacionales y los organismos supranacionales continúan mostrando serias dificultades para adaptarse a una revolución tecnológica que redefine las fronteras mismas del poder capitalista.

A la luz de esta nueva realidad, cada vez menos analistas recurren a la noción de “multipolarismo” para describir el escenario vigente. Se trata, en definitiva, de una categoría heredada de la Escuela Realista angloamericana, con escasa capacidad para dar cuenta de las dinámicas efectivas del poder en esta etapa histórica, y resulta poco compatible con las tradiciones más sólidas del pensamiento crítico, ancladas en el materialismo histórico-dialéctico y en el antiimperialismo del Tercer Mundo. Sólo desde estas perspectivas resulta posible comprender que el conflicto estratégico planetario tiene raíces estructurales en el seno de la economía mundial, y no puede ser reducido a un simple equilibrio entre “polos”, concebidos como meras estatalidades abstraídas de su contenido económico, histórico y concreto. En el lenguaje predominante de amplios sectores de la ciencia social institucionalizada, algunas veces financiada por fondos provenientes de la socialdemocracia europea, categorías como tercera posición, unidad latinoamericana o antiimperialismo simplemente no existen.

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Por eso, resulta imprescindible identificar un rasgo distintivo de esta nueva etapa. La disputa mundial ya no se mide exclusivamente por el control territorial, la capacidad de colocar mercancías en el mercado mundial, la administración de las finanzas, el crédito, la deuda o la moneda internacional, ni siquiera por la superioridad armamentística. El eje central se desplaza hacia el control de la infraestructura tecnológica y digital, de las cadenas de valor estratégicas y del procesamiento de los datos que organizan y reproducen la vida cotidiana en el capitalismo 4.0. Se trata de una dinámica que impulsa una tendencia creciente a la automatización de la economía, subordinando sin pudor a las grandes mayorías de la humanidad a formas de vida profundamente deshumanizantes.

En otras palabras, la disputa entre EEUU-Wall Street-Silicon Valley (modelo GAFAM + X y Nvidia) y China-Shanghai/Hong Kong-Shenzhen (BATHX) opera como un eje ordenador que arrastra al conjunto del mundo. No se trata sólo de decisiones emanadas de una superestructura política, sino de nodos centrales de un proceso radical de transformación de las fuerzas productivas de la economía mundial, en particular, y de la formación social capitalista contemporánea, en general.

El avance tecnológico acelera y profundiza esta puja. La inteligencia artificial, la robótica y la computación cuántica ya estructuran sectores estratégicos como la industria manufacturera, la energía y el transporte. El costo de sostener estos sistemas es descomunal: montar un laboratorio de IA avanzada equivale al presupuesto anual de una ciudad mediana. Esta barrera de entrada concentra poder, refuerza posiciones monopólicas y amplifica desigualdades. En paralelo, millones de trabajadores enfrentan rutinas fragmentadas, mayor precarización y un control algorítmico cada vez más asfixiante, mientras las empresas que lideran la innovación acumulan una riqueza difícil incluso de dimensionar. Todo este desarrollo se sostiene, además, sobre el esfuerzo histórico de los pueblos del Sur Global: la acumulación por desposesión y la sobreexplotación de la fuerza de trabajo, analizadas con precisión por la Teoría de la Dependencia, conservan una vigencia ineludible.

En este contexto, los Estados intentan preservar márgenes de maniobra en un escenario en el que las corporaciones tecnológicas se consolidan como actores centrales del poder. Fondos financieros y plataformas digitales imponen reglas que antes eran prerrogativas exclusivas de los gobiernos. La pregunta estratégica que se abre es cómo sostener la soberanía cuando la infraestructura crítica -desde la nube hasta la inteligencia artificial- depende de una élite transnacional que concentra poder económico, financiero y tecnológico: la Aristocracia Financiera y Tecnológica.

En este marco mundial, la Doctrina Monroe ha sido relanzada sin ambigüedades, con un proceso de militarización del Mar Caribe que expresa una clara disposición a la guerra, no sólo contra Venezuela, sino también como advertencia hacia Colombia, México y Brasil.

EEUU en su laberinto y China en su gran salto

Estados Unidos transita su propio laberinto. La administración de Donald Trump impulsó barreras arancelarias y restricciones tecnológicas para frenar el avance chino, pero no logró ordenar de manera coherente su política exterior. Intentó cerrar frentes abiertos en Medio Oriente y Europa, aunque ninguno derivó en acuerdos estables y duraderos. La economía interna tampoco quedó al margen de las tensiones: la inversión creció, pero acompañada de déficits persistentes que comprometen la estabilidad futura y profundizan la polarización social.

China siguió un camino distinto. El Estado reforzó sectores estratégicos como los vehículos eléctricos, las baterías, los semiconductores y la manufactura de precisión. El “socialismo con características chinas” surfea con un “gran salto” la enorme contradicción de ser el gran motor productivo del capitalismo mundial. En 2025, China alcanzó por primera vez un superávit comercial superior al billón de dólares, incluso en un contexto de tensiones persistentes con Estados Unidos. Según el Financial Times, “el superávit comercial de China en bienes superó este año el billón de dólares por primera vez, a medida que las exportaciones se dispararon pese a la guerra de aranceles del presidente estadounidense Donald Trump” (FT, 8/12/2025), lo que evidencia la capacidad de Beijing para sostener su fortaleza industrial y exportadora, aun bajo un escenario de confrontación comercial con Washington.

Eso contrasta con los números estadounidenses. En 2025, Estados Unidos mantuvo su déficit estructural elevado. Según la Actualización Comercial Mensual del Comité Económico Conjunto del Senado de los Estados Unidos, en septiembre de este año el país registró un déficit comercial total de 52.830 millones de dólares, una reducción respecto de agosto explicada porque las exportaciones crecieron más rápido que las importaciones. No obstante, en la comparación interanual el desequilibrio se mantiene en niveles muy altos: entre septiembre de 2024 y septiembre de 2025, Estados Unidos acumuló un déficit comercial total de 1,02 billones de dólares, con un déficit de bienes de 1,33 billones parcialmente compensado por un superávit de servicios de 316.360 millones de dólares (Joint Economic Committee, Monthly Trade Update, septiembre 2025).

Un “mondo difficile”

En Asia Occidental, el siempre mal definido “Medio Oriente”, persisten los escenarios de violencia. Palestina, Siria, Yemen y Líbano confirman que las treguas no son sinónimo de estabilidad y que el Israel de Benjamin Netanyahu continúa sosteniendo su política de ocupación territorial, aun cuando ello implique un genocidio a plena luz del día, para toda la humanidad. Ese sigue siendo, en términos estratégicos, el conflicto que ordena las disputas en la región más sensible del planeta. Las disputas territoriales se entrelazan con el control de corredores energéticos, logísticos y digitales. Al mismo tiempo, la movilización social en apoyo a Palestina expresó un cambio significativo en la opinión pública planetaria, con manifestaciones en ciudades tan diversas como Buenos Aires, Londres o Yakarta.

Europa atraviesa un proceso de redefinición profunda. La guerra en Ucrania se encamina hacia una salida negociada entre Estados Unidos y Rusia que deja a la Unión Europea en un rol secundario. Las sanciones, el encarecimiento energético y la ausencia de una autonomía estratégica real la empujan hacia una posición periférica en el nuevo orden en disputa. El genocidio en Palestina también dejó en evidencia las limitaciones europeas para sostener una política exterior coherente, autónoma y basada en los principios que siempre el Viejo Continente dijo sostener.

En África conviven dinámicas contrastantes. En el Sahel emergen proyectos soberanos impulsados por gobiernos que buscan romper con la dependencia neocolonial. Nigeria enfrenta tensiones internas que suelen ser leídas desde el exterior con miradas simplificadoras y funcionales a intereses imperialistas. Sudán padece una de las peores crisis humanitarias del continente, con desplazamientos masivos y un Estado fragmentado, a la que se incorpora una eventual guerra civil en Somalía. En otras palabras, en el Continente Madre hay fuerzas que intentan construir una mayor autonomía en medio de fuertes presiones externas y desafíos estructurales históricos.

Palabras de cierre, para un año que terminó

La pregunta central de este ciclo mundial es quién se beneficiará de la nueva fase del capitalismo digital y financiero. La competencia entre Estados Unidos y China -leídos no sólo como Estados, sino como redes de actores económicos, políticos y estratégicos- organiza el tablero, con las corporaciones tecnológicas y los grandes fondos financieros de inversión global quienes concentran crecientemente el poder.

Aún la ventaja tecnológica sigue estando en territorio estadounidense. Sin embargo, por estos días China dio un paso estratégico decisivo en la disputa por la supremacía tecnológica al desarrollar un prototipo propio de máquina de litografía ultravioleta extrema (EUV), una máquina clave para la fabricación de los chips más avanzados. Según informó Reuters, el prototipo fue construido en Shenzhen como parte de un programa estatal de seis años orientado a la autosuficiencia en semiconductores, un esfuerzo que fuentes del propio proceso compararon con “la versión china del Proyecto Manhattan”, en alusión al programa estadounidense que durante la Segunda Guerra Mundial desarrolló la bomba atómica. Aunque la máquina aún no ha producido chips operativos y su despliegue industrial se proyecta hacia 2028–2030, el objetivo estratégico es claro: “que China pueda eventualmente fabricar chips avanzados en máquinas completamente hechas en China”, reduciendo de manera drástica la dependencia tecnológica con EEUU y de proveedores occidentales como ASML (Reuters, 17/12/2025).

El escenario habla por sí solo. El desafío consiste en asumir que la revolución digital no es neutral: define cómo se produce, cómo se trabaja y cómo se gobierna. Si los Estados y las sociedades logran orientar estas transformaciones hacia el desarrollo colectivo, podrán reducir dependencias y ampliar derechos. Si no, la Aristocracia Financiera y Tecnológica -sea “oriental” u “occidental”-, consolidará un orden en el que unos pocos, cada vez menos, decidirán sobre la vida de miles de millones de seres humanos.

Y el futuro dependerá, en última instancia, de que los Pueblos tengan la capacidad real de disputar y conducir esos desarrollos, y de cómo éstos van a ser orientados: hacia el lucro privado o hacia la emancipación humana.

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Matías Caciabue

Politólogo y Docente Universitario. Analista del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE). Secretario General de la Universidad de la Defensa Nacional.