Cuando el fuego se vuelve la vida: escenas de Cholila y Epuyen

27 de enero, 2026 | 18.06

Solo se puede defender aquello que se conoce. Y conocer no es acumular datos ni repetir cifras, sino poder nombrar cómo se vive. Por eso esta nota se sostiene en escenas mínimas, cotidianas, a veces casi imperceptibles. Porque cuando las vidas que habitan el bosque no se nombran, se vuelven prescindibles. No estamos solo frente a un cerco mediático, sino frente a un proceso más profundo de deshumanización y de disociación: se habla del territorio como superficie, del fuego como fenómeno y del daño como número, mientras se borran las vidas —humanas y no humanas— que hacen posible ese lugar. Cuando esas vidas no entran en el relato, también se vuelve más fácil no cuidarlas.

Voy a escribir esto en primera persona y desde un registro distinto. Desde mi lugar de antropóloga y maestra, y por lo tanto con un sesgo disciplinar explicito haciendo uso de la mirada etnográfica en la urgencia del fuego. Porque algo de las grandes narrativas —esas que hablan de hectáreas, de focos, de recursos— nos está entrenando como audiencia para naturalizar lo terrible. A acostumbrar primero el oído y después el cuerpo a las tristezas de una época incendiada.

Nos dicen “miles de hectáreas quemadas”. Pero ¿qué es eso? ¿Cuántos barrios, cuántas casas, cuántas escuelas, cuántas vidas? La abstracción anestesia. Cuando el horror se vuelve cifra, deja de doler como debería.

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Relatar escenas cotidianas no es un gesto menor ni decorativo. En ese marco, este texto se detiene en tres escenas. No como anécdotas, sino como condensaciones de una experiencia colectiva: escenas mínimas donde el incendio se vuelve cotidiano, donde la emergencia se hace cuerpo, tiempo y vínculo.

Oler el miedo

Nahuel se reencontró con su papá después de todo un día. El padre había salido a buscar los animales, metido en el humo. Cuando volvió, Nahuel dijo algo que quedó suspendido en el aire espeso:

—Te extraño el olor.

Después explicó. Antes podía saber quién llegaba sin mirar, de quién era la ropa tirada sobre una silla, quién se acercaba a la cama para dormirlo en la oscuridad. Lo sabía por el olor. Pero ahora no.

Ahora todos mis adultos huelen igual”, dijo. No a humo. A incendio. Es otro olor: más denso, más pegajoso, un olor que no se va.

Cuando el fuego avanza no solo quema casas o animales. Desordena lo más íntimo: las formas de reconocer, de confiar, de sentirse a salvo. Se pierde el olor propio, y con él, algo del cuidado. Eso también se quema.

Se quema algo adentro

Vi brigadistas improvisar suelas triples para no quemarse los pies. Envolverlos como pueden. Aprender a caminar sobre el fuego sin quemarse del todo. Arriesgar el cuerpo para salvar árboles, casas, animales. Para volver.

Uno de los voluntarios me grabó un mensaje de madrugada: “Hace casi un mes que estoy llorando color negro. A la noche, cuando no me ven mis pibes, lloro un rato mirando el humo a lo lejos”. La otra noche, contó, su hija más chica lo descubrió. Le secaba las lágrimas y le dijo: Papi, se te debe haber quemado algo adentro, por eso llorás negro”. Y él pensó que, en algún punto, era cierto.

Esconderse para llorar también es un acto de cuidado. Ese padre sabe que su compañera está desbordada, que a ella también se le suspendió la vida. Que cuida hijes propios y ajenos, que hace rendir la comida, que arma bolsitas para que todos lleven algo al monte. Que sostiene lo inabarcable.

Los mensajes circulan frágiles: que estamos bien, que la casa de fulanito sigue en pie, que no pudieron salvar la de tal, que a Juliana se le quemó el pelo pero no quiere bajar, que ojalá quede agua para bañarse al volver, que todo va a estar bien, que todo está muy mal, que te quiero y vuelvo pronto, mandale un beso a los nenes.

Sin duda algo se quema dentro cada vez que se apaga el fuego afuera, cada vez que el viento juega una mala pasada y se lleva puesto todo, cada vez que la ayuda no llega a tiempo y sabemos que aún queda mucho verano por delante.

Hablar en bosque

Un grupo de mujeres caminaba con sus hijas e hijos buscando un claro. Un lugar para distraerse un rato, para jugar, para respirar el bosque que estaba en riesgo. Iban despacio, mirando el suelo, el cielo, los árboles. Buscando cómo resguardar, aunque fuera un poco, la vida cotidiana.

Los nenes del sur saben leer el bosque. Saben cuándo el viento cambia, cuándo el silencio no es normal, cuándo algo se rompe. Estaban ahí, atentos, sin correr.

De pronto empezaron a caer hojas de lenga quemadas. Primero una, después varias. Cayeron sobre sus cabezas, sobre la ropa, sobre la tierra. Una de las nenas miró a su mamá y dijo:

—Mamá, esto es el infierno. Los árboles se nos mueren encima.

Las mujeres se quedaron quietas un momento. Se permitieron llorar, abrazarse y seguir buscando un lugar donde trazar la vida antes del fuego.

Lo que las cifras no dicen

Los pelopinchos aparecen en los terrenos, al costado de la ruta, en los caminos. No están ahí para jugar. El agua se guarda para todo: para mojarse antes de salir, para apagar una chispa, para lavar una herida, para aguantar el día. Más allá, ovejas quemadas. La gente camina sin dormir, con el cuerpo pesado, los ojos irritados. Los abrazos duran más de lo habitual, como si soltarse fuera riesgoso. A la noche ya no se dicen “buenas noches”. Se dicen siempre lo mismo: que llueva.

En esos días estuve en cumpleaños donde el momento de las velitas se volvió serio. Los deseos no se reparten ni se discuten. Son uno solo. Lluvia. No piden regalos. Piden agua. Saben que ese gesto pequeño es lo único que todavía pueden hacer frente a algo que los supera.

Vi gente llorar de cansancio y de miedo. Y vi, al mismo tiempo, cómo se organizaban sin pausa: alguien que busca algo para el dolor de panza, otra que reparte lo que hay, alguien que mira una quemadura para ver si hace falta bajar, una nena que no suelta un peluche ennegrecido. Todo ocurre mientras el fuego sigue ahí, cerca.

La gente recicla barbijos, arma mangueras, se muda a casas prestadas. Nada huele a propio. Nadie duerme de corrido. Los teléfonos suenan a cualquier hora porque siempre hay un foco acechando.

Después la noticia pierde lugar. Parece que se calmó. Pero acá se sabe otra cosa: falta verano, el fuego sigue, faltan manos.

Las cifras ordenan la información. No alcanzan para dar cuenta de lo que queda expuesto cuando la respuesta llega tarde o no llega: cuerpos respirando humo, infancias pidiendo lluvia y una vida cotidiana sostenida a puro esfuerzo.

MÁS INFO
Mariel Bleger

Maestra y Dra. en Antropología. Becaria post doctoral CONICET/ IIDyPCA/GEMAS