Irán atraviesa una coyuntura crítica que no puede ser leída como un simple estallido económico ni como una rebelión social espontánea desligada del contexto internacional. El impacto de las medidas coercitivas unilaterales es inocultable, las condiciones materiales se han deteriorado y el malestar existe. Sin embargo, el núcleo del conflicto es geopolítico: demandas sociales legítimas quedaron rápidamente subsumidas a una disputa mayor, donde actores externos operan abiertamente para incidir sobre el rumbo del Estado iraní y erosionar su soberanía.
No se trata solo de inflación, de la caída de la moneda, el rial, o del encarecimiento creciente de los alimentos. Lo que está en juego es quién gobierna Irán y bajo qué alineamientos, en un escenario atravesado por guerras y reconfiguraciones de poder. La crisis que sacude a Irán desde finales de 2025 no constituye el levantamiento espontáneo que los medios occidentales pretenden instalar, sino un nuevo momento de un escenario mucho más complejo: una guerra prolongada, de alcance regional y con repercusiones a escala mundial.
El ciclo de protestas se inicia el 28 de diciembre de 2025, cuando comerciantes del Gran Bazar de Teherán suspendieron actividades frente al desplome de la moneda y la pérdida acelerada del poder adquisitivo. Incluso medios occidentales reconocen este punto de partida económico: “las protestas comenzaron a finales del mes pasado con manifestaciones de comerciantes en Teherán por el malestar económico y la mala gestión, antes de extenderse a nivel nacional” [1].
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Durante los primeros días, el conflicto se mantuvo dentro de márgenes relativamente acotados, con reclamos sociales, tensión callejera y un escenario aún abierto a la negociación institucional. El propio gobierno iraní reconoció la legitimidad del descontento económico y habilitó instancias de diálogo.
Ese cuadro se modificó abruptamente cuando comienzan a registrarse ataques armados, incendios de bienes públicos, destrucción de mezquitas y estaciones policiales y episodios de violencia extrema. El mismo Financial Times describe “autobuses, mezquitas y comisarías incendiadas” y admite que “en algunos casos, los manifestantes atacaron a las fuerzas de seguridad” [1].
Allí se produce un quiebre cualitativo: la protesta social deja de ser el eje y es desplazada por una dinámica de confrontación violenta que ya no busca visibilizar demandas económicas, sino producir un clima de ingobernabilidad. Lejos de un levantamiento homogéneo y masivo, el propio medio británico reconoce que, tras los picos de violencia nocturna, “el impulso de las protestas puede haberse desvanecido porque la gente está aterrorizada”, y que amplios sectores temen que Irán termine “convertido en otra Siria o Libia” [1].
La “Revolución Negra”: manual conocido, violencia renovada
Es en este punto donde cobra sentido la caracterización de “revolución negra”. No se trata de una simple protesta amplificada, sino de la aplicación de un manual conocido: identificar un agravio real, montar sobre él una red de agitación, escalar la violencia urbana y construir, a través de una ofensiva mediática mundial, la narrativa de un régimen al borde del colapso. Fernando Esteche lo sintetiza con claridad: “lo que presenciamos es una operación de ‘revolución de colores’ en su versión más descarnada; podríamos hablar de una ‘revolución negra’” [2]. La violencia extrema registrada -linchamientos, cuerpos quemados, ataques con armas de fuego- no fortalece ninguna salida política interna; por el contrario, bloquea cualquier resolución social y prepara el terreno para la legitimación de nuevas presiones externas bajo el discurso de los derechos humanos y la “responsabilidad de proteger”.
En ese engranaje aparece la figura de Reza Pahlavi, presentada mediáticamente como una alternativa “democrática” desde el exilio, pero que funciona, en los hechos, como un títere imperial reciclado. Hijo del último sha de Irán, Mohammad Reza Pahlavi, su trayectoria está indisolublemente ligada a un régimen instaurado y sostenido por Estados Unidos tras el golpe de Estado de 1953 contra el primer ministro democráticamente electo Mohammad Mossadegh. Criado en el corazón del poder monárquico, exiliado desde el triunfo de la revolución islámica en 1979, y radicado desde hace décadas en Estados Unidos, Pahlavi carece de base social real en Irán. Su capital político se construye casi exclusivamente en los grandes medios occidentales y en algunos elementos menores de los migrantes iraníes. Desde Washington, convoca a la movilización, fija calendarios de protesta y afirma estar “preparado para volver a Irán a la primera oportunidad”, mientras es amplificado por cadenas como Fox News y por medios alineados con los intereses de Estados Unidos e Israel [3].
Incluso el diario argentino La Nación reconoce que su figura es polarizante y minoritaria dentro de una oposición fragmentada, atravesada por demandas sociales muy alejadas de la nostalgia imperial por una monarquía tiránica como la del Clan Sha. Su utilidad no radica en su legitimidad interna, sino en su funcionalidad externa: ofrecer un rostro “presentable” para un eventual recambio alineado con Washington y Tel Aviv.
En este escenario, resulta imposible no señalar la convergencia del gobierno libertario de Javier Milei con estos mismos actores internacionales, como expresión de un alineamiento dogmático y acrítico con los intereses de Estados Unidos e Israel. La participación de la diputada Lilia Lemoine en una conferencia realizada en Francia por el autodenominado Consejo Nacional de Resistencia de Irán, encabezado por Maryam Rajavi, constituye un ejemplo elocuente.
Se trata de otra oposición en el exilio promovida y respaldada por Washington y sus aliados como instrumento para impulsar un cambio de régimen en la República Islámica de Irán. La dirigente de ultraderecha, con llegada directa al presidente argentino, difundió en sus propias redes sociales un apoyo explícito a esta estructura opositora bajo el lema #FreeIran y afirmó respaldar “los 10 puntos para la paz” presentados por Maryam Rajavi, a quien definió como “presidente electa por el pueblo iraní”, reproduciendo sin matices el relato funcional a los intereses occidentales [4].
Que una diputada oficialista argentina participe activamente de este tipo de espacios no es un hecho menor ni anecdótico. Expresa la alineación automática del gobierno de Milei con la política exterior de Estados Unidos e Israel y su predisposición a legitimar operaciones de injerencia bajo el discurso de los derechos humanos. El mismo libreto aplicado contra Venezuela o Cuba, es ahora replicado sin disimulo en relación con Irán, confirmando que el principio de “no intervencionismo” no es más que una consigna vacía cuando se trata de obedecer a los centros de poder imperial.
En ese marco, no resulta casual que el Consejo Nacional de Resistencia de Irán sea frecuentemente descrito por académicos, investigadores y periodistas como el brazo político y diplomático de la Organización de los Muyahidines del Pueblo de Irán (MEK), una organización que durante años fue catalogada como terrorista por EEUU, la Unión Europea y otros países debido a su historial de atentados, asesinatos selectivos y acciones armadas. Su posterior exclusión de esas listas no respondió a una revisión sustantiva de ese pasado ni a un cambio estructural en su trayectoria, sino a decisiones de carácter político vinculadas a su creciente utilidad como instrumento de presión internacional y de promoción del cambio de régimen en Irán, permitiendo reciclar su imagen mediante una fachada institucional y un discurso de derechos humanos funcional a los intereses de las potencias occidentales.
Las medidas del Estado iraní: contención, control digital y lucha por su soberanía
Frente a la escalada, el Estado iraní combinó señales de reconocimiento del malestar social con un endurecimiento progresivo de las medidas de seguridad. El eje más visible fue el control del flujo informativo. El apagón de internet, presentado por la prensa occidental como una prueba de “represión”, fue también una respuesta a la utilización de las redes digitales para coordinar acciones violentas y construir una narrativa internacional de colapso. El Financial Times admite que el corte fue casi total y que incluso afectó a sectores del propio Estado, dejando en evidencia que no se trató de una medida selectiva sino de una decisión de seguridad nacional [5].
En paralelo, el gobierno distinguió -al menos en el plano discursivo- entre manifestantes con demandas económicas legítimas y grupos armados con una agenda abiertamente guerrerista. Esta distinción resulta clave para comprender la lógica estatal: no se trató sólo de “orden público”, sino de defensa de la soberanía frente a una operación de desestabilización coordinada. Al mismo tiempo, se registraron movilizaciones masivas de respaldo al gobierno y a las fuerzas de seguridad. “Millones de personas salieron a las calles en diversas ciudades de Irán para expresar su respaldo a las autoridades y a las fuerzas militares, al tiempo que condenaron los recientes actos terroristas ocurridos en distintas partes del país”, señala Data Urgente [6], un dato sistemáticamente invisibilizado por los grandes medios occidentales.
La situación en Irán expone, una vez más, los límites de una protesta social cuando queda atrapada en una disputa estratégica mayor. Las demandas económicas son reales y persistentes, pero su instrumentalización externa erosiona cualquier posibilidad de resolución interna. Cuando la guerra económica produce sufrimiento, y el mismo es utilizado como palanca política por las mismas potencias que lo generan, el conflicto deja de ser doméstico. La historia reciente del Medio Oriente es demasiado clara: Irak, Libia, Siria. En todos los casos, la narrativa humanitaria precedió a la destrucción de la estatalidad.
Una vez más, lo que está en juego no es solo la estabilidad de un gobierno, sino el derecho de un pueblo a tramitar sus contradicciones sin tutelaje externo, sin medidas coercitivas criminales y sin operaciones de cambio de régimen. Reproducir, una vez más, la lógica conocida de la injerencia imperial solo puede conducir a un resultado también conocido: más caos y más violencia en el mundo.
Referencias
[1] Bozorgmehr, N. (2026). Dispatch from Tehran: the week Iranians revolted against the regime. Financial Times. https://www.ft.com/content/fdc307b3-bc9e-402d-b675-533d8f74db4d
[2] Esteche, F. (2026). La gran derrota de occidente en Irán. Pia Global. https://noticiaspia.com/la-gran-derrota-de-occidente-en-iran/
[3] La Nación. (2026, 13 de enero). Tragedias, exilio y resistencia: quién es Reza Pahlavi, el príncipe heredero iraní que llama a la movilización desde EEUU. https://www.lanacion.com.ar/el-mundo/tragedias-exilio-y-resistencia-quien-es-reza-pahlavi-el-principe-heredero-irani-que-llama-a-la-nid13012026/
[4] Lemoine, L. (2025). Video “Free Iran 2025”. Publicación en redes sociales. https://www.facebook.com/lilialemoine/videos/freeiran2025/1419027635795871/
[5] Srivastava, M., & Campbell, C. (2026). How Iran switched off the internet. Financial Times. https://www.ft.com/content/5d848323-84a9-4512-abd2-dd09e0a786a3
[6] Data Urgente. (2026, 14 de enero). Iraníes despiden a mártires de crímenes de elementos sionistas-estadounidenses. Data Urgente. https://www.dataurgente.com/noticias/iran%C3%ADes-despiden-a-m%C3%A1rtires-de-cr%C3%ADmenes-de-elementos-sionistas-estadounidenses
