Una semana después de la designación del jefe del ejército, Carlos Presti, como ministro de Defensa, queda claro que la decisión, emanada directamente del núcleo del poder político del gobierno, es decir Karina Milei, responde principalmente a tres objetivos. Garantizar el alineamiento absoluto con los Estados Unidos, justo cuando ese país amenaza con atacar territorio sudamericano. Atenuar, simbólicamente, el malestar de buena parte de los uniformados por las condiciones materiales. Y por último purgar de las Fuerzas Armadas a todos los militares que estuvieran vinculados al proyecto político de la vicepresidenta Victoria Villarruel.
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La lista de pases a retiro, que algunos creen que puede ser tan numerosa como la que tuvo lugar en los primeros días del gobierno, está siendo supervisada cuidadosamente, nombre por nombre, en el despacho de la secretaria general de la Presidencia. Karina mantuvo varias reuniones con Presti antes de tomar la decisión de su nombramiento. De acuerdo a testigos, en varias, que tuvieron lugar en la Casa Rosada, el flamante ministro asistió vestido de civil para no llamar la atención. Consecuentemente, ahora asumirá el cargo con su traje de fajina para llamar la atención. Una demostración de poder y un desafío a las instituciones.
La escueta manifestación de pañuelos negros a Plaza de Mayo también se inscribe en la misma lógica de poder karinista, que aprovecha el envión postelectoral para avanzar sobre sus enemigos internos, entre los que Villarruel ocupa el primer lugar. Cuenta, en esa tarea, con la ayuda inestimable de Patricia Bullrich, con quien pasó en pocos meses de la desconfianza estratégica al contubernio táctico. Por ahora con poco éxito: las primeras dos misiones que le asignó en el Senado no llegaron a buen puerto: la aún ministra no pudo incidir en la elección del presidente provisional de la cámara ni garantizar el pliego de la narcotraficante y delatora Lorena Villaverde.
Con la purga militar, la secretaría general de la presidencia busca arrebatarle a Villarruel su influencia en las fuerzas; con el acto por la impunidad para los condenados por delitos de lesa humanidad intenta vaciar otra de las columnas sobre las que la vicepresidenta construyó su carrera. La organizadora del evento fue Asunción Benedit, hermana del diputado por Entre Ríos Beltrán Benedit, que junto a Bullrich coordinó la visita a represores en el penal de Ezeiza el año pasado. En la Casa Rosada tienen decidido avanzar, más temprano que tarde, con esa agenda, y quieren capitalizar para sí todo el rédito político.
El que facilitó las condiciones para la visita a Ezeiza fue Martín Menem, de la misma forma que brindó un salón del Congreso esta semana para un evento antivacunas. El jueves, durante seis horas, una veintena de expositores difundieron argumentos falaces y datos distorsionados o manipulados, cuando no directamente inventados, para concluir que es necesario derogar la ley que establece la obligatoriedad de la inmunización. Como sucede con las organizaciones que reivindican el terrorismo de estado, adujeron estar dándole espacio a “todas las voces” cuando en realidad solamente le dan micrófono a los partidarios de sus teorías conspirativas.
La Sociedad Argentina de Pediatría no fue invitada. Tampoco la Sociedad Argentina de Inmunología. En cambio, una de las organizadoras, Lucía Langer, explicó desde un atril oficial de la cámara de Diputados que estaban luchando contra un plan “ordenado desde el más allá” y agradeció a Dios, a la diputada Marilú Quiroz, a Martín Menem, y al presidente Milei, que “está al tanto de todo esto también”, antes de concluir: “Todo esto que está sucediendo es un experimento social y genético. Ustedes eligen estar del lado del conejillo de indias o estar del lado del despertar espiritual para sanar la humanidad. No dejemos que seamos robots humanos”.
A no engañarse: como la reforma laboral, la ley solamente vendría a grabar en tinta lo que ya sucede. El desmantelamiento de facto del programa de vacunación durante el gobierno de Javier Milei es brutal y tomó la forma de recortes presupuestarios, despidos masivos de especialistas, caídas históricas en las tasas de coberturas y el resurgimiento de enfermedades prevenibles y hasta erradicadas durante décadas. El 17 de noviembre la Sociedad Argentina de Pediatría había advertido en un comunicado un “retroceso histórico” en la cobertura: en los últimos cinco años cayeron prácticamente a la mitad, a veces por debajo del 50 por ciento.
La caída había comenzado durante el gobierno de Mauricio Macri por mala gestión de las campañas, pero tuvo un cimbronazo fuerte a partir de la pandemia de Covid19. Nada de eso puede achacarse a Milei, pero cuando hubiera sido necesario redoblar los esfuerzos para revertir esa tendencia y volver a los valores históricos se tomaron decisiones que profundizaron la crisis. El presupuesto de 2025 se redujo un 35 por ciento respecto a 2023. Cerraron direcciones clave y despidieron o invitaron a irse al 40% del personal altamente especializado en áreas como sarampión, coqueluche, tuberculosis, entre otras enfermedades que ahora resurgen.
Argentina estaba libre de sarampión desde el año 2000 y durante un cuarto de siglo hasta que se registró un brote de 29 casos en mayo de este año. En este momento, a causa de una familia no vacunada que circuló en micros por siete provincias y la ciudad de Buenos Aires, estamos ante la posibilidad cierta de un problema sanitario más severo. El coqueluche, o tos convulsa, estaba bajo control desde hace más de una década. Hoy vivimos una explosión de 627 casos confirmados (más de 4000 sospechosos) que dejaron, hasta ahora, siete víctimas fatales: cuatro tenían menos de seis meses y otras dos menos de un año. No estaban vacunadas.
A veces es necesario hacer un poco de zoom out y repasar las cosas obvias, o que muchas veces damos por sentadas. Las vacunas, junto con los antibióticos y la potabilización del agua son los tres avances en materia sanitaria más importantes de la historia de la humanidad. Los seres humanos nos pasamos decenas de miles de años viviendo hasta los treinta y pico hasta que en pocas décadas la expectativa de vida se duplicó y la mortalidad infantil se redujo a una quinta parte. No fue el despertar de los espíritus. Fue la ciencia aplicada a la medicina (un avance tecnológico) y el acceso universal a la salud (un avance político).
De acuerdo a cifras de la Organización Mundial de la Salud (que la Argentina abandonó en su cruzada terraplanista de cosplay gringo) en los últimos cincuenta años la inmunización salvó 154 millones de vidas, de las cuales más de 100 millones corresponden a bebés. Además han logrado erradicar enfermedades, hacerlas desaparecer de la faz de la tierra al punto de que ya no hay que vacunarse contra ellas. Pero no se trata solamente de las muertes evitadas. Muchas de las enfermedades más comunes dejaban secuelas imposibilitantes a los que sobrevivían: ceguera, parálisis, insuficiencia respiratoria. Eso también pasó.
El caso de la viruela es paradigmático: hay registros históricos de más de 3000 años de antigüedad sobre esta enfermedad, que era endémica en todo el mundo y mataba a millones de personas todos los años. Un tercio de los que se contagiaban la variante más grave fallecían. En 1967 la OMS lanzó el programa global de vacunación. En 1977 se registró el último caso en Somalía. En 1980 se declaró la erradicación total. La enfermedad ya no existe. Con la polio pasó algo similar. Antes de la vacuna dejaba paralizados a mil niños por día. Hoy sólo circula en dos países. Argentina entró en zona de riesgo de resurgimiento “muy alto” de acuerdo a la OPS.
Incluso en términos de eficiencia económica, a los que son tan afectos en el gobierno, las vacunas son una inversión con retorno fenomenal. Está calculado que cada dólar invertido en inmunización equivale al ahorro directo de 21 dólares en términos de costos médicos de futuras enfermedades y de productividad laboral de los padres de niños que deben faltar a la escuela por contagiarse, incluso cuando la enfermedad no evoluciona con gravedad. Si se agrega al cálculo la proyección de la trayectoria de vida de las personas que de otra forma morirían o quedarían incapacitados, hablamos de 54 dólares por cada dólar invertido.
Todo eso es controlable e incluso puede y debe discutirse con método e información: así se fortalece a la ciencia. Los promotores antivacunas no ofrecen ninguna de las dos cosas. Cada uno de los supuestos argumentos que enarbolan está construido sobre el engaño y no resiste la menor inspección. Aunque asociarse a estas pseudociencias hoy no tenga el costo reputacional que tenía en otra época, eso no las hace más ciertas ni efectivas. En la práctica estos charlatanes no son muy distintos a los que vendían tónicos milagrosos de pueblo en pueblo engañando a pobres diablos, pero a una escala económica más interesante.
Uno de los argumentos más habituales es que las vacunas tienen elementos tóxicos o metales, como el aluminio o el mercurio, y por eso los vacunados se magnetizan. El Congreso nacional prestó su nombre para que un hombre en cuero se pegue un teléfono del lado de la pantalla, que no es magnético, en el pecho, aduciendo efectos misteriosos de la vacuna. Las cosas se le caían. ¿Sabía usted que una dosis de vacuna puede tener, a lo sumo, la misma cantidad de mercurio que una lata de atún? ¿Y que el etilmercurio utilizado tiene una vida media muy corta y se excreta pronto, mientras que el metilmercurio del atún se acumula en el organismo?
Otro dato que omitieron los expositores el jueves: en 2001, por exceso de precaución, se decidió retirar el timerosal, que es el compuesto con mercurio que se utiliza para preservar el contenido de los diales multidosis, de la fórmula de algunas vacunas infantiles. Si la presencia de pequeñas cantidades de mercurio estuviera causando problemas a los niños inmunizados, las estadísticas hubieran manifestado una caída desde entonces. Los antivacunas, peleados con la lógica, dicen que los casos siguen subiendo. La realidad es que no suben ni bajan porque el mercurio en las vacunas no tiene absolutamente nada que ver con sus problemas imaginarios.
Tampoco son las sales de aluminio que se utilizan para mejorar la respuesta inmune. El aluminio es el metal más abundante y el tercer elemento más común en la corteza terrestre, después del oxígeno y el silicio. Los bebés nacen con aluminio en sus organismos y lo ingieren diariamente con la leche materna, la leche de fórmula y otros alimentos. El cuerpo humano no tiene problemas para procesar y eliminar el aluminio en dosis muy superiores a las que se utilizan en las vacunas. No existe ningún registro que vincule la presencia de aluminio en el organismo de una persona con superpoderes de adherencia magnética ni nada parecido.
El jueves también se argumentó que el problema no son las vacunas en sí sino que ahora les dan “demasiadas” a los niños y eso implica una exposición innecesaria a más antígenos de los que su sistema inmune puede soportar. También es mentira. Aunque las vacunas del calendario y la cantidad de enfermedades que se pueden prevenir se multiplicó, en el mismo período también avanzó la técnica y hoy cada vacuna contiene muchos menos antígenos. En 1980 se vacunaba contra siete enfermedades inoculando unos 3000 antígenos. Hoy se inmuniza contra 14 y se inoculan menos de 200. Todos los días los bebés se exponen a muchos más.
Otra mentira es que la inmunidad natural sea menos peligrosa que las vacunas. Tomemos el caso del sarampión, una de las enfermedades más contagiosas que se conoce. Cada persona enferma puede contagiar a 18. Los brotes, sin vacunación, son masivos. Uno de cada veinte niños que se enferme por infección natural desarrollará neumonía. La vacuna no. Tres de cada mil infecciones naturales llevan a la muerte en los países desarrollados. Más en otras regiones del mundo. No hay casos registrados que se atribuyan a la acción de la vacuna contra el sarampión. Sólo uno de cada millón de vacunados sufre una reacción alérgica severa.
Sin embargo, el mito más extendido es que las vacunas causan autismo en los niños. También es mentira, desde ya. Y es una mentira con origen muy preciso. En 1998 un tipo con título de médico llamado Andrew Wakefield publica un paper que vincula una vacuna en particular, la triple viral, con “una nueva forma de autismo”. Ese caso, no la enfermedad, sino el paper, está considerado uno de los grandes ejemplos de mala praxis médica y científica de la historia. El estudio estaba basado en sólo doce casos, que se habían acercado a él a través de abogados que preparaban demandas contra los fabricantes de vacunas.
Finalmente se supo que tres de los doce chicos no tenían diagnóstico de autismo y que otros cinco presentaban esa condición desde antes de recibir la vacuna. El paper fue retirado de la publicación y Wakefield perdió su matrícula que le permitía ejercer la medicina. Ese estudio, sin embargo, hizo que se investigue a fondo el tema, para despejar toda duda, y nunca, ningún estudio serio desde entonces encontró evidencia al respecto. De lo que sí hay evidencia es de que Wakefield cobró grandes cantidades de dinero por parte de los abogados que planeaban ir contra los laboratorios. Antivacunas y dinero desde un principio van de la mano.
Robert Kennedy Jr, secretario de Salud de Donald Trump, ha hecho millones de dólares gracias a CHD (Defensa de la Salud Infantil, en inglés), la organización civil que fundó para hacer propaganda antivacunas y que recibió desde un primer momento contribuciones millonarias aunque nunca reflejó en sus actividades esa disponibilidad financiera. Como titular de CDH RFK jr facturaba un salario de cerca de medio millón de dólares anuales, pero además se beneficiaba, como abogado, de los honorarios de los juicios en los que representaba a las personas que se acercaban a su fundación.
Otro notorio influencer antivacunas norteamericano es un tipo que se llama Steven Gundry, que dejó la medicina para dedicarse a advertir sobre los peligros de ciertos alimentos (entre los que están los lácteos, la fruta, las legumbres y las harinas) y, al mismo tiempo, ofrecer para la venta una serie de suplementos dietéticos que no solamente suplen las necesidades nutricionales que tiene cualquiera que no coma ninguna de esas cosas sino también una cobertura inmunológica superior a la que ofrecen las vacunas. Gundry hizo mucha plata vendiendo suplementos nutricionales. ¿Saben quién vende lo mismo? Martín Menem.
Existe una línea, además de los negocios, que une el negacionismo científico de los antivacunas con el negacionismo político de quienes reivindican el terrorismo de Estado. Allí se puede rastrear el origen de la alianza entre los perdedores de este sistema y sus ganadores, en el que los que la pasan cada día peor apoyan políticas que benefician explícitamente a una minoría de super ricos. Rodrigo Nunes propone que esa alianza nace de un trauma y que eso provoca en la sociedad una demanda de negación inconsciente, que es suplida por una oferta de políticos inescrupulosos, negacionistas conscientes, dispuestos a explotarla para su propio beneficio.
“Si la realidad de nuestras condiciones de existencia se está volviendo cada vez más traumática, ¿no sería de esperarse que haya una fuga cada vez más intensa de estas condiciones hacia lo imaginario?”, se pregunta Nunes. Es en ese punto en el que el fascismo neoliberal entra en estrecho contacto con otras vías de escape de esta realidad, como el terraplanismo y los antivacunas pero también el antisemitismo esotérico, versiones locales de teorías como el Gran Reemplazo, usinas de pensamiento conspirativo como QANON, la pelea contra el comunismo imaginario o la reacción a la Agenda 2030.
“La extrema derecha dialoga con ese terror atmosférico, reconociendo que estamos ante un abismo, al mismo tiempo que fabula un abismo imaginario menos traumático que el realmente existente, dado que sus causas y soluciones son, aunque dolorosas, comparativamente simples --explica--. La racionalidad perversa de creer narrativas irracionales como las conspiraciones antivacunas o las diatribas ‘anti globalistas’ es que estas no dejan de reconocer cuán grave es el estado general de las cosas, pero lo hacen ofreciendo el consuelo de fantasías que prometen soluciones relativamente simples”. Otra mecánica del Estado de Malestar.
