“Che, Milagro, muchas gracias, porque no bajaste los brazos y luchaste por la dignidad”, se escucha al mediodía en la ciudad de La Plata, cerca de la Casa de Gobierno y de la Legislatura de la provincia de Buenos Aires.
El canto es potente, acompasado por bombos atronadores que unas 20 personas golpean juntas bajo el sol: las pieles oscuras, las gargantas emocionadas con el ritmo de copla que le ponen a la letra. Encabezan la marcha por los 10 años que Milagro Sala lleva presa, por “el machete judicial”, como dice otro canto o porque “no le perdonaron que haya puesto en el banquillo a Blaquier, no le perdonan que nos haya visto a quienes estábamos afuera del sistema, ella fue la que nos dio inclusión”, como describe Carmen, una tupaquera de Ledesma (Jujuy) que se tuvo que venir a Buenos Aires cuando su líder fue detenida.
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No le perdonan, dice la mujer que tiene en el mismo cartel a Milagro y a Cristina de un lado, y a Santiago Maldonado y Rafael Nahuel del otro. ¿Y acaso son delitos esas acciones que describe? Olga Aredez marchaba sola en la plaza de Ledesma por su marido secuestrado y desaparecido durante el Apagón por el que fue imputado Carlos Blaquier, cómplice necesario de los crímenes de lesa humanidad cometidos en su ingenio, llamado igual que el pueblo.
Fue la Tupac Amaru la que empezó a acompañarla; después llegaron viajeros de todo el país que iban específicamente a eso. Milagro fue más allá y entró al Palacio de Justicia de Jujuy para exigir que se agilice ese juicio. Como dice Carmen, no se lo perdonaron y hasta el día de hoy le siguen endilgando causas con el único objetivo de tenerla bajo la tutela del Poder Judicial de la provincia: castigo sobre castigo. “La mancillaron porque se le ocurrió que un coya podía tener salud”, insiste Estela, otra tupaquera.
Es difícil hablar entre el sonido de los bombos y los cantos. Tres cuadras de manifestación llegan frente a la catedral de La Plata bajo el sol de enero, con las banderas de la Tupac y de otras organizaciones que acompañan: el sindicato al que Milagro pertenece, ATE; Suteba; Sipreba; banderas con la figura de Hebe de Bonafini, de Norma Pla, del Frente Barrial Milagro Sala. Estela Díaz, ministra de Mujeres y Géneros de la provincia, se las arregla igual para hacer oír su voz caminando sobre un borde de sombra que se hace esquivo:
“Jujuy fue un laboratorio represivo que vino a debilitar las democracias en Argentina y en Latinoamérica. Nosotras lo supimos cuando detuvieron a Milagro, un mes después de que Mauricio Macri se convirtiera en presidente. Morales —entonces gobernador de Jujuy— fue cirujano en ese proceso que fue quirúrgico: montó un sistema de delación policial, de detenciones incluso sin identificación. Nosotras, desde la CTA, armamos inmediatamente el Comité por la Libertad de Milagro. Me acuerdo que viajábamos y nos seguían móviles sin patente. Había un sistema de intimidación que después profundizaron con la reforma de la Constitución y cuando la población originaria se levantó. Saben que tienen que aplicar un disciplinamiento fuerte, porque fuerte es la resistencia. Por eso Milagro sigue presa: porque no toleran liderazgos populares transformadores”.
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“Ocho mil viviendas, tres fábricas —textil, de metales torneados, de ladrillos— que le dieron trabajo a cuatro mil quinientas personas; escuelas primarias y secundarias; postas de salud especiales para personas con discapacidad; centros recreativos con piletas de natación y otros deportes: así fue la obra de Milagro que destruyeron deliberadamente”, decía al comienzo el documento de la Mesa de Organismos de Derechos Humanos que leyó al final del recorrido María Elena Naddeo, integrante de la APDH, quien llevó también el abrazo de Taty Almeida y Estela de Carlotto.
En la Plaza Moreno se colgaron de los árboles algunas fotos de esas obras, de gente trabajando bajo el sol del noroeste, donde el celeste de una pileta para refrescarse parece un espejismo. Esa ilusión que hizo real esta mujer a la que llaman “la flaca”, dura para resistir el hostigamiento, los obstáculos, incluso la pérdida de un hijo y de su compañero de vida durante estos diez años de cautiverio.
“Quienes sostuvimos el reclamo por Milagro —dice Naddeo— visitamos a Alberto Fernández para pedirle el indulto y no se animó. Los sectores populares vieron esa falta de coraje de la dirigencia política y eso generó una gran desmoralización”. Un efecto colateral del lawfare, del uso de las herramientas judiciales, pero sobre todo de jueces y fiscales dispuestos a forzar la prueba y la ley para perseguir a líderes políticos populares: una estrategia que está más viva que nunca.
“Cuando pensamos en esto no podemos dejar de ver en paralelo la debilidad para defenderse y el crecimiento de las extremas derechas. El uso del Poder Judicial para debilitar las democracias es evidente. Ahora está Cristina Fernández de Kirchner presa, como antes estuvo Lula, y ahora llegamos a extremos como el uso de la fuerza directa que acaba de ejercer Trump en Venezuela”, completa Estela Díaz.
Milagro Sala está ahora internada en un hospital de Gonnet, cerca de La Plata, la ciudad a la que logró ser trasladada durante el primer mandato de Axel Kicillof para atender una trombosis severa y otras enfermedades concomitantes que debilitan su resistencia, pero no la agotan. “¿Cómo pasaron estos diez años? ¿Cómo puede ser que no hayamos podido liberarla?”, dice una mujer abrazada a la hija de Milagro, Claudia.
Algunas respuestas están en ese debilitamiento de las democracias y del Estado de Derecho, en la impotencia que tuvo un gobierno popular para enfrentar con decisión a los poderes que la encarcelaron, en todo eso de lo que se habla mientras se camina y se reclama.
Aunque esta misma caravana por la libertad de Milagro —que arrancó en la Casa de las Madres, frente al Congreso, y terminó frente a la catedral de La Plata— sea una muestra de que resignarse no es una opción, con resultados o sin ellos.
