La aprobación de la reforma laboral es el prefacio al tercer año consecutivo de ajuste del gobierno de Javier Milei, que tendrá esta noche, en el Congreso, su farsa inaugural. La pérdida de empleos formales y el cierre de empresas se aceleró desde el triunfo del oficialismo en las elecciones de medio término y seguirán marcando la tónica en 2026. Los salarios también caen. A partir de octubre las consultoras registran, incluso, una caída en los niveles de remuneración pretendida: los salarios están hundidos, las expectativas más aún. La inflación va a permanecer alta por lo menos durante la primera mitad del año. Y va a haber un puñado de personas y empresas que van a llevarse una torta de plata.
1.
En Estados Unidos se habla de PBI fantasma para referirse a un fenómeno novedoso, de la mano del rápido despliegue de la inteligencia artificial. El crecimiento vertiginoso de sectores hiperconcentrados (en este caso, específicamente, las empresas que son dueñas de los modelos más avanzados de inteligencia artificial) causa un efecto estadístico que figura como crecimiento en los papeles pero no se vuelca en más empleo, mejores salarios ni alimenta el consumo. No hay efecto multiplicador. No hay derrame ni viento de cola ni bonanza económica, sólo ganancias extraordinarias en la punta de la pirámide.
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Cuando Milei celebra que el PBI argentino creció 4,4 por ciento el año pasado, pero al mismo tiempo hay menos trabajo, menos empresas y peores salarios, estamos presenciando un fenómeno similar. Unos pocos se están quedando con todo ese crecimiento y además con un pedazo de la porción que antes le correspondía a los trabajadores. Hay una economía que crece: la de los hidrocarburos, los intereses financieros extraordinarios y el campo, cuando el clima acompaña. Mientras tanto, los motores que hacen funcionar un país de casi 50 millones de habitantes juntan polvo y herrumbre. No hay dos velocidades, hay ganadores y perdedores.
Las estadísticas oficiales están manipuladas y distorsionadas para mostrar que la economía no cae sino que sigue estancada, flotando apenas a unas décimas o milésimas del cero. Eso es lo mejor que pueden dibujar. Si estuvieran un poco más ajustadas a la realidad las estadísticas dejarían en evidencia que llevamos dos años de recesión, es decir de caída de la actividad. El único amago de recuperación, a comienzos del año pasado, se quedó sin dólares demasiado pronto y sólo el compromiso del FMI y del gobierno de Estados Unidos evitaron que todo terminara en una debacle. Desde entonces, línea plana.
Esas mismas estadísticas, en cambio, sin el efecto del PBI fantasma, es decir limpiando la distorsión estadística de una buena cosecha de trigo contra la peor sequía en un siglo, descontando el efecto de los intereses ridículos que paga el estado argentino impulsando al sector financiero, y dejando de lado la excepción de Vaca Muerta, la única luz verde en un mapa rojo, mostrarían una bruta depresión que nunca se recuperó del shock inicial de diciembre de 2023 y que no tiene de dónde agarrarse para reactivar. De los anuncios y promesas del gobierno sólo puede desprenderse que los próximos dos años no van a ser mejores.
Los trabajadores argentinos estamos doblemente expuestos a dos olas que seguramente cambiarán otra vez, para peor, nuestras condiciones de vida, aunque en qué grado y de qué manera es difícil predecir. Una es global y tiene que ver con el avance de la tecnología y la transformación del capitalismo de la que estamos siendo testigos en vivo y en directo. Mientras el mundo se refugia ante la tormenta, Milei sale a correr en bolas por el campo con un pararrayos en la mano. La otra es local y son los efectos de todas las reformas de los últimos dos años, que en este contexto, potencian la desprotección.
2.
En las últimas semanas la agenda global fue copada por un discurso: la posibilidad concreta de que las máquinas reemplacen en el corto plazo, de meses o pocos años, a una buena parte de la fuerza de trabajo que aún compone la maltrecha clase media: administrativos, ventas, legales, contadores, márketing... Mustafa Suleyman, jefe de IA de Microsoft, dijo que en 18 meses todo el trabajo de oficina va a estar automatizado. Geoffrey Hinton, Nobel de Física por su investigación pionera en redes neuronales y deep learning, advirtió que este mismo año veremos cómo la tecnología adquiere la habilidad para reemplazar varios trabajos.
La hipótesis no es nueva, entonces, ¿por qué ahora se habla tanto de eso? Hubo una novedad en los últimos dos meses que revolucionó el campo de la inteligencia artificial casi tanto, o tanto, como el primer lanzamiento de ChatGPT. Voy a tratar de explicarlo brevemente. Lo que llamamos inteligencia artificial es en realidad una categoría de herramientas muy amplia, que va desde la computadora que le ganó un partido de ajedrez a Kasparov hace treinta años hasta el GPS que usás todos los días para fijarse cómo volver a tu casa. En 2022 empezamos a adoptar a los chatbots, con los que podíamos interactuar mucho más ampliamente.
Ahora esos mismos chatbots, aunque tengan los mismos nombres (ChatGPT, Gemini, Claude, Grok, etc.) se están convirtiendo en una herramienta distinta. Antes "creaban" cosas: texto, código, imágenes, video, música… Ahora pueden "hacer" cosas. ¿Qué cosas? Navegar software. Tomar decisiones. Completar tareas complejas. Un ejemplo sencillo: antes, para revisar y corregir un documento debías subirlo a la IA, que te devolvía como resultado un documento nuevo o una lista de cambios. Ahora, con una sola instrucción, busca el documento, accede, lo lee, detecta los errores, los corrige en el momento y te avisa cuando terminó.
Imaginense eso pero programando millones de líneas de software ultracomplejo durante horas o días. Piensen en una IA programando las futuras versiones de sí misma. Los modelos actuales son mejores programando que haciendo otras tareas porque así fueron diseñados, justamente para que puedan ayudar en su propio desarrollo. Y hoy, por 100 dólares al mes, podés contratar Claude Code, o Codex (de OpenAI), que programan mejor que el 95 por ciento de los programadores humanos por una fracción ridícula del costo y del tiempo, sin pausas para descansar y con la posibilidad de hacer varias tareas en simultáneo.
Pero una vez que se alcanza un punto, al que estamos llegando, o acabamos de pasar —está pasando todo demasiado rápido como para dar más precisiones—, esos mismos modelos pueden aprender a velocidad asombrosa cómo hacer otras tareas con un nivel de maestría similar. Así, a un ritmo casi diario, aparecen actualizaciones que sacuden industrias enteras. Un día Claude lanzó un plugin de expertise en asuntos legales. Puede reemplazar un estudio entero de abogados por una computadora. Las acciones de las firmas que ofrecen software para asesoramiento legal se hundieron.
Al día siguiente lanza otro sobre finanzas. Un piso o dos de un rascacielos de Wall Street lleno de tipos que cobran millones por año ahora entran en una Mac mini. Claude aprende a leer COBOL, un lenguaje ultracomplejo y viejísimo con el que se operan los cajeros automáticos de buena parte del mundo. IBM tenía el monopolio y hacía millones dando ese servicio. Sus acciones se desplomaron 13 por ciento en un día. Al día siguiente salió un plugin de contabilidad. Después uno de ciberseguridad. Así fue la semana pasada, día tras día. Esta semana, ¿quién sabe qué puede pasar?
Ya no se trata solamente del futuro del trabajo. No son solamente los puestos de trabajo que se van a perder o ya se están perdiendo (el creador de Twitter echó a la mitad de los empleados de Block, su empresa, y las acciones subieron un 20 por ciento). Lo que vemos es un cambio histórico en la historia del capitalismo: empresas históricas, algunas de ellas de tamaño colosal, y hasta sectores enteros de la economía pueden caer o ser absorbidas por las Big Tech que saquen ventaja en la carrera algorítmica y se comporten como un agujero negro económico que atrae todo a su alrededor de forma irresistible. La concentración definitiva.
3.
Uno de los efectos secundarios de esta crisis fue la proliferación en las redes de artículos de tono apocalíptico que presagian una utopIA o distopIA express, que va a desarrollarse de manera lineal e irreversible en el futuro inmediato. Un empresario comparó este momento con los días previos a la pandemia. Otro se aventuró a hablar de que la inteligencia artificial creará una "clase alta permanente" y una "clase baja permanente" y da consejos sobre cómo ascender socialmente antes de que sea demasiado tarde. Una influyente consultora publicó un escenario futurista de 2028 en el que la IA dispara una inmensa crisis global por desocupación masiva.
El error que cometen tanto los pronósticos entusiastas como los augurios más alarmistas es el mismo: se encuentran tan fascinados con la posibilidad técnica que se olvidan de evaluar las condiciones políticas. O, para decirlo con otras palabras: si efectivamente las computadoras fueran a reemplazar a la clase media a la velocidad que predicen estos expertos, es probable que empecemos a ver con más frecuencia episodios de sabotaje de infraestructura crítica, hackeo ciudadano, vandalismo contra empresas y gobiernos y, eventualmente, algún tipo de organización política en torno a un proyecto que se oponga al avance irrestricto de esa tecnología.
En los laboratorios neoliberales las cosas pueden funcionar de otra forma pero en el mundo real existe la fricción, algo que sabrían si hubieran prestado atención en la escuela. La fricción genera energía. Y la energía, bien canalizada, produce poder. Cada avance del algoritmo deja nuevos heridos y a esta altura del partido tenemos que asumir que, si los planes de esta gente tienen éxito, la "clase baja permanente" vamos a ser todos menos un puñado de tipos. Hay que repensar los marcos de referencia, forjar las alianzas necesarias, reescribir los manuales para hacer política entre las ruinas.
Yo coincido con los que dicen que en los próximos meses y años el mundo va a volverse irreconocible. Pero no creo que vaya a ser de forma lineal. Serán tiempos turbulentos, con avances y retrocesos, batallas grandes y otras silenciosas, de finales y nuevos comienzos. Tengo la certeza de que nosotros, los trabajadores, tenemos un rol que jugar en este proceso, una palabra que debe hacerse escuchar, una responsabilidad, con nosotros mismos y con los que no pueden hacerlo. Poner condiciones. Supervisarlo. Hacernos cargo de nuestro futuro después de muchos años, demasiados, de dejar esa tarea en otras manos.
4.
Hoy está más vigente que nunca la teoría del perrito chico y el perrito grande. ¿Se acuerdan del meme? Estaba el perro grande que no se hacía mucho drama por nada, iba al frente y resolvía, y el perrito chico al que todo le daba ansiedad. Bueno, el peronismo fue durante muchos años el perro grande en la política argentina. El partido del poder político. El que ordenaba. El que podía sentar a todos los actores en una mesa. En algún momento durante el primer mandato de CFK la narrativa mutó de poder a contra-poder, con buenos resultados tácticos: en las elecciones de 2011, haciendo campaña contra todos, se ganó con el 54 por ciento de los votos.
Después de la derrota contra Mauricio Macri en 2015, y muy a tono con una época que invitaba a ese juego, el peronismo empezó a sentirse más cómodo en el lugar de víctima. Ni poder ni contra-poder sino despoder. El perrito chico. Y no supo o no pudo o no quiso salir más de esa trampa. Desde hace demasiados años el peronismo está casi siempre confundido, impotente o resignado, con los brazos caídos. No sólo no puede sino que muchas veces ni lo intenta. Es espectador pasivo del sufrimiento de otros. Mientras la sociedad ya no sabe cómo decirle a los gritos a esa dirigencia que está esperando otra cosa. Que necesita otra cosa.
No puede ser que cuando se discute la ley de glaciares las dos posiciones que se encuentran en el debate público son a) desregular todo como boludos, ponerle un moño a los Andes y que los hagan pelota para llevarse todo afuera sin dejar ni una moneda o b) sentarse arriba de la montaña a contemplar el paisaje esperando que el país se desarrolle vendiendo pan relleno o que en un par de años vengan los yanquis o los chinos o los uruguayos a sacar los recursos estratégicos que con tanto amor y diligencia guardamos para ellos todo este tiempo. ¿Alguien puede pensar en el país? Esa ausencia enorme es la manifestación del vacío que deja el peronismo.
Pasa lo mismo, por tomar otro tema de actualidad, con los neumáticos. No es aceptable, ni mucho menos electoralmente atractivo, que la disyuntiva sea entre neumáticos chinos que revientan la industria y el trabajo nacional o neumáticos argentinos con 50 por ciento de sobreprecio. Ninguno de esos dos modelos es sostenible ni justo ni beneficia al país. La falta de una posición realista, nacionalista y estratégica en el debate público no es, evidentemente, un problema de un dirigente o de un sector sino una carencia generalizada: no hay nadie, en todo el universo opositor, que esté pudiendo, hasta ahora, instalar esa agenda.
Hace falta un perro grande, resuelto, con ideas muy nítidas y voluntad de llevarlas a cabo a pesar de todas las adversidades, que vuelva a marcar territorio y ponga límites al cuentapropismo, que defienda posiciones populares sin correr atrás de las encuestas, de la embajada o de las tendencias de X, que consiga hacerse escuchar, sepa poner al resto a discutir sus ideas y haga grietas en el sentido común sobre el que se sostiene el experimento libertario. Hay millones de personas esperando por ese liderazgo y el primer dirigente que sepa leer este escenario saldrá en pole position para ganarle a un Milei que va a llegar a 2027 con el país hecho pedazos.
