El cartel, una sábana pintada con aerosol que los jugadores de la selección nacional desplegaron tras el triunfo futbolístico contra la selección británica, puso en agenda, al menos por un rato, la cuestión Malvinas. También volvió a poner en primer plano que el sentimiento nacional y la conciencia de la ocupación ilegal de las islas siguen tan vivos como en 1982, el año de la guerra, aunque no hayan tenido traducción en los climas electorales.
Al mismo tiempo, resultó evidente que para el gobierno de Javier Milei se trató de un momento de gran incomodidad. Fue bochornoso que los funcionarios libertarios describieran ese gesto de reivindicación histórica —que primero intentaron evitar— como un acto de descortesía y mala conducta de los jugadores. La crítica oficial fue que se estaba “metiendo la política” en una fiesta deportiva popular. El gobierno de Gran Bretaña seguramente estuvo de acuerdo.
Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.
Pero mientras en Argentina el mileísmo le baja el tono a la reivindicación de soberanía —aunque haya intentado contrarrestarla mintiendo sobre una potencial recuperación cercana con la ayuda benevolente de Donald Trump—, Gran Bretaña y el gobierno isleño siguen avanzando en la profundización de la única soberanía que realmente importa: la económica. Y lo hacen, además, frente a la manifiesta impotencia argentina, agravada por un gobierno que parece desesperado por exhibirse como amigo de sus adversarios.
La tarea que el gobierno de ocupación de las islas lleva adelante es casi un ejemplo para quienes habitan en el continente. Consiste, sencillamente, en profundizar la explotación eficiente de los recursos del mar argentino. El proceso comenzó con la venta de permisos de pesca, lo que significó una transformación radical de la economía isleña, que no solo se enriqueció, sino que dejó de depender de la ayuda económica del Reino Unido. Ahora, en una segunda ola de consecuencias mucho más difíciles de revertir, avanzará también sobre la explotación petrolera offshore. Lo hará a través del proyecto Sea Lion, cuyo socio mayoritario es la empresa israelí Navitas. Dicho de otra manera, el robo de los hidrocarburos argentinos será llevado adelante por una empresa del país al que el presidente argentino rinde una pleitesía sin límites.
Vale recordar, aunque sea como nota de color, que cuando un gobierno argentino intentó avanzar en la explotación petrolera offshore se levantaron en contra desde voces de la propia fuerza política —los insólitos ambientalistas populares— hasta multinacionales del falso ecologismo como Greenpeace, acompañadas por una constelación de ONG europeas con presencia local que lucran con la temática. Y vale agregar, también como nota de color, que hoy no se ve a ninguna de esas organizaciones quejarse por el potencial “empetrolamiento” de las playas patagónicas, pese a que Sea Lion se desarrolla a una distancia similar de la costa que las exploraciones realizadas frente a las playas bonaerenses.
Volviendo al punto central, Sea Lion no es una promesa, sino un emprendimiento que ya está en marcha. Comenzó la construcción, ya se contrataron los servicios de perforación, el desarrollo de la infraestructura submarina y la construcción de la unidad flotante de producción, almacenamiento y descarga (FPSO). La financiación también está confirmada. La producción inicial estimada será de 55.000 barriles diarios, aunque ya se proyectan ampliaciones que podrían elevarla hasta los 150.000 barriles por día.
Para tener una referencia de magnitudes, Argentina produce hoy niveles récord cercanos a los 900.000 barriles diarios, de los cuales poco más de 600.000 provienen de Vaca Muerta. Las exportaciones, también récord, rondan los 300.000 barriles diarios, aunque se espera que para 2027 asciendan a unos 500.000. Sea Lion no es un yacimiento menor y nada indica que vaya a ser el único que termine explotándose en la zona.
El impacto sobre la economía de las islas será inmenso. Y no solo en términos de ingresos fiscales y autonomía financiera, sino también por el mismo efecto multiplicador que tantas veces se destacó al analizar el potencial de la explotación offshore en la Argentina: desarrollo de capacidades logísticas, infraestructura y servicios portuarios, disponibilidad abundante de energía e impulso a una red de proveedores especializados. Las islas ingresarán en una nueva etapa de desarrollo económico, serán un nuevo mundo.
Un dato no menor es que el operador del yacimiento será la firma israelí Navitas Petroleum, propietaria del 65 por ciento del proyecto. La británica Rockhopper Exploration (RKH en la Bolsa de Londres) conserva el 35 por ciento. Fue la empresa que realizó el descubrimiento, pero, sin recursos suficientes para desarrollarlo, terminó asociándose con Navitas. Según señala el exministro Matías Kulfas, uno de los principales directivos de Navitas —una firma privada, no estatal— es Yacob Katz, quien fue director general del Ministerio de Infraestructura, Energía y Agua de Israel, un cargo de gran relevancia. Posteriormente, Katz participó en numerosas iniciativas vinculadas al desarrollo energético israelí.
MÁS INFO
Dado el estrecho vínculo histórico entre ambos Estados, la situación resulta particularmente incómoda. Vale recordar que la Argentina de Juan Domingo Perón fue, en 1949, el primer país de América Latina en abrir una embajada en Israel y que, desde entonces, ambas naciones desarrollaron una relación bilateral muy estrecha, sin necesidad siquiera de considerar el alineamiento del presente. Kulfas señala también que “resulta llamativo que una compañía controlada por empresarios estrechamente vinculados al sector energético israelí avance en la explotación de recursos cuya titularidad corresponde a la República Argentina. Los recursos naturales de Malvinas no pertenecen al Reino Unido ni al Gobierno de Ocupación Ilegal de Malvinas”.
A lo que se asiste, entonces, es a la consolidación de un escenario de muy difícil reversión para la recuperación de la soberanía sobre las islas usurpadas. No es lo mismo reclamar y negociar por unas tierras lejanas y yermas, barridas por las tempestades, escasamente habitadas y salpicadas por alrededor de medio millón de ovejas, que además requerían el sostenimiento económico de la Corona, que hacerlo por un enclave petrolero multimillonario donde convergen intereses estratégicos de varios Estados poderosos. Si todo sigue su curso, y no parece haber muchas fuerzas en contrario, el único consuelo patriótico serán los eventuales triunfos deportivos y el testimonio de seguir cantando “el que no salta es un inglés”. ¿Habrá que empezar a cantar también “el que no salta es israelí”?
