Después de apenas cinco días desde el comienzo de los bombardeos a Irán, la guerra en Medio Oriente ya derramó a una docena de países de la zona del Golfo Pérsico y comenzó a manifestarse en otros puntos del globo. No se trata de un conflicto encapsulado por un recurso o un pedazo de territorio, sino una guerra largamente anticipada entre actores que se perciben en riesgo existencial, y por lo tanto, a medida que la situación se hace más grave, los límites y las líneas rojas se borronean. En ese contexto, el gobierno de Javier Milei, alineado con las potencias agresoras, se (y nos) exhibe con imprudencia, invocando fantasmas que los argentinos conocemos muy de cerca.
Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Qatar, Jordania y Azerbaiyán: miembros fundadores del Consejo de la Paz y blanco de los misiles y drones iraníes en la última semana. El carnet al club de amigos de Donald Trump incluye entre sus beneficios volverse blanco de un conflicto de orden global, en el que las distancias no significan seguridad. La ampliación del campo de batalla es multidimensional; no sólo opera en el orden geográfico, sino también proyectando el conflicto en otros campos. Todo es un arma o puede ser un arma, todo es un objetivo legítimo o puede volverse uno: desde la provisión básica de agua, alimentos y energía hasta la infraestructura sobre la que hoy se sostiene la civilización.
Es el propio gobierno de Estados Unidos el que se encarga de llevar la guerra a todas partes: ayer un submarino de la Armada norteamericana hundió al buque de guerra iraní IRIS Dena, con 83 tripulantes a bordo, frente a la costa de Sri Lanka, a más de 3000 kilómetros del teatro de operaciones. El Dena había viajado a la India, otro país aliado de Trump y miembro del Consejo de la Paz, para participar de ejercicios navales. Una guerra en mosaico que se expande en todas direcciones: hacia el este, en Pakistán y Afganistán; hacia el sur, en Yemen; hacia el norte, en Azerbaiyán y el Kurdistán; y hacia el oeste Europa ya escucha el batir de tambores de guerra. Nadie sabe cómo sigue pero nadie está a salvo.
En ese contexto, mientras la enorme mayoría de los países de la región hacen llamados a desescalar, a tener cautela y a priorizar la vía diplomática, el gobierno de Javier Milei “celebró la operación que resultó en la eliminación del líder Alí Jamenei”, al que describió como “una de las personas más malvadas, violentas y crueles que ha visto la historia de la humanidad”. Hasta el gobierno de Venezuela, que tiene que pedirle permiso a Trump para comprar un container de trigo, sacó un comunicado más digno. Acá no hay sólo alineamiento automático sino también una sobreactuación que implica asumir riesgos innecesarios. Los frentes abiertos son demasiados y las consecuencias impredecibles.
El presidente argentino viajará nuevamente este fin de semana a Miami para volver a respaldar a Trump. A esta altura del partido no hay ningún otro jefe de Estado o líder en el planeta más identificado con las políticas de Estados Unidos e Israel que él. Por estas horas, el ministro de Defensa, Carlos Presti, participa de una cumbre de “seguridad hemisférica” junto a su par Pete Hegseth. Desde la Casa Rosada no descartan la participación directa de Argentina en el conflicto: el propio Milei ofreció a los cascos blancos en su último viaje a Mar-a-Lago. Ayer le preguntaron al canciller Pablo Quirno si hay alguna “previsión de involucramiento de tropas argentinas” y contestó que “todavía no”.
