“Me preguntan por qué no cierro estas heridas y la realidad es que no tengo interés en que cierren. Necesito que se vean, que esta sangre no sea olvido sino presente”, se escucha decir con firmeza a Hipólito Atilio Valverde, hijo de un asesinado por el terrorismo de Estado durante el último golpe cívico militar en Argentina. No duda un segundo en pronunciar esas palabras ni tampoco en continuar, aún después de haber hallado a su papá, la lucha que atravesó toda su vida. Pero sus dichos no son aislados ni tampoco únicos. El mensaje de las diferentes familias que lograron identificar a desaparecidos asesinados en el ex centro clandestino de detención “La Perla”, ubicado en la provincia de Córdoba, es el mismo: si bien hay un círculo que llega a su fin, la sensación es que “acá no se terminó nada” sino que se debe seguir con más fuerza por los que todavía faltan.
Oscar Omar Reyes de Paniconi nació en la localidad bonaerense de Banfield, en noviembre de 1931. Al momento de su desaparición, por la tarde del 18 de octubre de 1977, se encontraba en Córdoba, trabajando como obrero de la empresa FIAT. Era ingeniero mecánico, padre de cinco hijos y militaba en el Partido Comunista. Su hijo, Rodolfo, tenía 6 años cuando lo vio por última vez. Para ese tiempo, ya no vivía con ellos por temor a un posible ataque.
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En diálogo con El Destape recordó los allanamientos en su barrio y cómo su mamá, quien murió cuando tenía 16 años, “se ponía delante nuestro para protegernos y nunca lloraba” frente a la presencia de militares. Dijo que se daba cuenta de lo que pasaba, incluso logró atar cabos cuando su madre le contó lo sucedido. Pero a pesar de todo, Rodolfo seguía siendo un niño y la angustia y los temores salían a flote constantemente. Tanto es así que, cuando tenía 12 años, un niño de su escuela pasó unos días secuestrado y tras su liberación, citaron a su mamá. El apellido, desconocido para él y su familia hasta ese momento, era Reina. “No me buscaban a mí, te buscaban a vos”, lanzó el nene en un llanto desconsolado. Y el mundo, se cayó a sus pies.
La desaparición de Oscar dejó una ausencia imborrable a lo largo de sus 55 años. Su hermano mayor se convirtió en la figura paterna faltante y los principios que este les dejó, se transmitieron a lo largo de todas las generaciones. El militar con el objetivo de buscar una Argentina “mejor y para todos”, fue la principal causa a la que ninguno renunció. “Perdí a mi papá de chico, no tuve la oportunidad de estudiar porque tuve que salir a trabajar a los 14 años para ayudar a mamá. Cuando vos sacás a un padre de una familia, más en aquella época, lo sacás todo. El ejemplo, el sostén… Nos robaron todo”, manifestó.
En medio de una lluvia de recuerdos, aparece el hallazgo y el sacudón de una noticia inesperada. Contactaron a su hermana mayor, Patricia, quien creyó que se trataba de una estafa. “No sabíamos nada del hallazgo, no habíamos visto los medios, pero al momento supe que si nos citaban era para darnos aviso de que habían encontrado al papi, ella no lo creía”, dijo sobre las primeras horas. ¿Y los sentimientos? Todos se repiten: tristeza, llanto y alegría. “Alegría por encontrarlo, tristeza por confirmar la muerte y el sentimiento de no saber cómo reaccionar”, sumó. Rápidamente, aceptaron dar a conocer su identidad: “Quiero que todo el mundo sepa que Oscar Reyes fue encontrado y por qué lo mataron”.
Los pasos siguientes no fueron fáciles, aunque lógicos: el aviso al resto de los hermanos. El mayor, quien tenía más vínculo con su papá, atraviesa problemas respiratorios y su otra hermana también; ambos tienen más de 70 años. La emoción no tardó en impactar a toda la familia; tampoco faltaron los abrazos, los mates y las charlas para recordar a Oscar, más presente que nunca. “Dejamos de ser hijos de desaparecidos y ahora somos hijos de un asesinado por la dictadura. Voy a tener, en mis bajones, dónde hablar o con quién… Aunque sea un pedacito de tierra, será nuestra pequeña sepultura”, remarcó.
Cuando Rodolfo habla de su papá, no tiene dudas al describir sus sentimientos. “En el juicio, uno de los presos liberados enumeró todas las torturas por las que pasó y mi papá nunca abrió la boca. Sentí alegría y orgullo, él nunca iba a traicionar a nadie”. Y sentenció: “No sé la cantidad que pueden haber rescatado de papá, no creo que sea mucho, pero lo poco que sea servirá para tener algo suyo y eso, para nosotros, eso es un montón”.
Una incertidumbre que duele en medio de la certeza
Algunas familias lograron un cierre tras los hallazgos en “La Perla”, al menos desde un aspecto personal y separado de lo que simboliza la lucha colectiva. Pero para la familia Carranza, los restos encontrados en Loma del Torito no son la respuesta esperada. Allí, un diente perteneciente a Adriana o Cecilia -conocidas como Las Mellis- confirma que estuvieron cautivas en el centro clandestino cordobés luego de su secuestro en mayo de 1976. Lo que no se puede comprobar es a cuál de las dos pertenece.
“Tal vez nunca sepamos de quién es ese diente, pero para gran parte de la familia esto es un cierre. Para quienes estamos mas 'enroscadas', no. Pero no se puede hacer más por el momento. Incluso pueden seguir apareciendo restos pero no podemos saber a cuál de las dos pertenecen porque ninguna tuvo hijos. Lo único que nos ayudaría a decir 'encontramos a las dos' es si aparece la misma pieza dental”.
“Mis tías eran mellizas, las secuestraron juntas cuando tenían 18 años y entendemos que todo lo que les pasó de ahí en adelante, también les pasó juntas. Era un caso familiar cerrado en el sentido de: ‘Bueno, acá están las nenas, les pasó esto, tal día se las llevaron; la familia se entrevistó, viajó, el abuelo vendió la casa para conseguir información’. Nadie se quedó sentado, donaron sangre al Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), pero un día dijeron ‘esto es lo que pasó, esto lo que se hizo, ya no se puede hacer más que esperar’”, contó Mariana Sanmartino, sobrina de ambas. Cuando sus tías fueron secuestradas, ella tenía un año y todos los recuerdos pertenecen a sus tres hermanas mayores.
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La postura familiar provocó enojos, tal vez, durante su juventud pero lejos está de juzgarlos hoy, a 50 años del golpe. Con el tiempo, Mariana entendió que “cada uno hizo lo que pudo, desde el lugar que pudo” aunque a ella, siempre le faltó algo más. Junto a su hermana Marcela retomó la búsqueda hace casi dos décadas, lograron contactarse con gente que las conoció y aprendieron sobre la vida y militancia que llevaban. “La esperanza estaba ahí, pero cuando te dan la noticia se te remueve todo. Me llamaron desde el Juzgado al teléfono fijo, cosa que pocas personas conservan en estos días… ¿Y qué sentí? Nunca me desmayé pero creía que lo iba a hacer. Tuve un hormigueo fuerte y pinchudo en brazos y piernas que no había sentido nunca. Me faltó el aire, tenía un nudo en la garganta y no sabía si iba a vomitar todo como poseída. No pasó -aclaró entre risas- pero me quedó esa sensación, fue todo junto y todo fuerte”.
Mariana es investigadora del CONICET, doctora en Ciencias de la Educación -misma disciplina que su tía Cecilia- y especialista en Sociales; previo a ello, se recibió de bióloga en la UNC. Es una mujer de la ciencia y si bien no cree en las casualidades, se animó a pensar que en estas últimas semanas existió algo más: el mismo día en que fue citada al Juzgado, tenía pasajes para viajar a Córdoba donde daría una charla sobre Chagas. “Conté lo que me había pasado, puse una foto de mis tías sobre el escritorio y di la clase, no tengo idea cómo lo hice… -dijo entre lágrimas-. Una chica que conozco y estaba presente ató cabos y me dijo que había un hilo”. Ese hilo vigente refleja el legado que le dejaron sus tías, incluso sin que ella lo notara antes.
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Pero las casualidades no sólo la atravesaron a ella sino también a su mamá, quien durante la semana pasada cumplió 88 años. Al igual que muchos otros casos, ella brindó su sangre al Banco de Datos y esperó -según cuenta Mariana- ‘cumplirle a los viejos el llevarle a las nenas a la tumba’. Por ahora desconocen cuánto se puede perder en el proceso de análisis genético, pero la esperanza de mantener la promesa sigue viva. “Cuando recibió la noticia estaba junto a sus otros dos hermanos vivos… De pura casualidad, no viven en el mismo lugar, estaban todos muy cerca. Se juntaron a tomar mates y hablaron de todo, las recordaron. Me dijo que fue como hace uno en los velorios”, contó. Como, por fin, tener el velorio que les negaron.
“Más allá de lo que nos entreguen, lo simbólico está. Nos van a dar la posibilidad de ir, mostrarnos donde las encontraron y hacer los rituales que necesitemos. Mamá quiere agarrar un poco de esa tierra y llevársela a la tumba a los abuelos. Me dijo que con eso, ella cierra un círculo y la admiro mucho por eso”, dijo emocionada.
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Mariana remarcó la importancia de mantener la lucha en medio de los hallazgos. Dejó en claro que, al contar su historia, no sólo habla de sus tías sino de todos aquellos que fueron desaparecidos por la última dictadura y llamó a que quienes tienen un familiar desaparecido, sigan en la búsqueda incansable por la verdad. “Acá no se terminó nada. Se cierra un círculo, sí. Llegamos a un punto al que no pensábamos que íbamos a llegar pero ahora se sigue con más fuerza. Hay que hablar de los 30 mil y de todas las familias rotas”, cerró.
Heridas que no deben cerrar para mantener la memoria
Eduardo Jorge Valverde Suárez era “un hombre de Derecho”, según recuerda su familia. Nacido en Mendoza, estudió y se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) donde además fue delegado de la Federación Universitaria provincial y la Federación Universitaria Argentina (FUA) y hasta fundó la Agrupación de Abogados de Córdoba (ADA). Su vida estaba destinada a ayudar a propios y ajenos, pero también a ser el sostén de la familia que formaron con María Elena Mercado.
Sus dos hijos varones tenían uno y tres años al momento de su desaparición aquel 24 de marzo de 1976, día exacto en el que inició el golpe. Ninguno de ellos recuerda nada de Eduardo y la imagen que construyeron de él es la de sus primos, su mamá o sus tíos. “Lo que tengo yo es la figura y la tristeza de quienes lo conocían. Uno construye a través del otro, se apropia de algunas cosas… Y debe procesar, desde muy chico, que papá fue asesinado por quienes lo tendrían que haber cuidado; por un Estado que había abandonado todo tipo de cordura”, expresó su hijo Atilio en diálogo con El Destape.
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La vida de Atilio quedó marcada para siempre por aquella fecha. No sólo por los miedos y temores de la dictadura o la Guerra de Malvinas -como recuerda- sino también porque nació en él un ser muy politizado desde muy pequeño; algo que le agradece a su papá y entiende como su legado, a través del cual intenta honrarlo todos los días. “Obviamente, también está la ausencia de la figura paterna, las broncas que puede tener un niño -algo irracionales- de no entender por qué se quedó a luchar y no escapó. Su ausencia nos marcó pero también nos dejó muchas enseñanzas”, añadió.
El pasado se entrecruza con el presente cuando la pregunta del llamado proveniente del Juzgado N° 3 de Córdoba aparece en la conversación. Atilio sostiene que, a pesar de la incansable lucha, como familia no tenían esperanza de encontrar restos de su papá porque fue uno de los primeros desaparecidos y el accionar de los militares, a lo largo de esos oscuros años, fue cambiando: desde enterramientos en "La Perla", pasando por fosas comunes en San Vicente, las morgues y los vuelos de la muerte, entre otros. De todas formas, y ante lo remoto de la posibilidad, se presentaron ante el Banco de Datos Genéticos para dar su ADN.
“Cuando surge la noticia del encuentro en La Perla pensamos ‘qué bueno, hay personas que van a encontrarse con su familiar'. Nunca pensé que una de esas iba a ser yo… Pasaron miles de personas por ahí, se encontraron cientos de huesos. Era un quini, una en un millón... Y fue una en un millón”, admitió.
Las primeras horas fueron difíciles y recordar las sensaciones que lo traspasaron, aún algo más complejo de reproducir. “Floté un tiempo, quedé muy impactado. Yo sentía que no pisaba el piso. También mucha alegría, antes de conocer que era mi padre, por las familias que todavía buscan y por lo que trabajaron los profesionales. Hubo llanto, de lugares que uno no conoce, y mucha emoción”, enumeró. También señaló que fue, en parte, un reconocimiento para su mamá quien como mujer y abogada luchó incansablemente en la búsqueda propia y de ajenos. Y concluyó: “Lamentablemente esto no está cerrado, van a seguir apareciendo -incluso, restos de mi padre o la fosa definitiva donde fueron trasladados-. Yo necesito que la gente vea estas heridas y esta sangre. No es pasado, es presente y futuro de lo que le pasó a toda la Argentina”.
¿Tenés dudas sobre tu identidad? Comunicate con la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) que atiende todas las solicitudes voluntarias de quienes tienen dudas como las tuyas. O con Abuelas de Plaza de Mayo (hace click acá) donde van a asesorarte y a ponerte en contacto con la CONADI.
Para contactarte con el Banco Nacional de Datos Genéticos: llamá al (+54-11) 4891-8951 o mandá un mail al correo electrónico: info@bndg.gob.ar.
