Técnicos de la Fundación Macá Tobiano realizaban tareas de monitoreo ambiental en la Meseta del Lago Buenos Aires, en el noroeste de Santa Cruz, cuando se toparon con un ejemplar de jabalí.
El registro, inesperado pero no sorprendente para quienes siguen la expansión de especies invasoras en la Patagonia, encendió las alarmas: el animal, catalogado entre las diez especies más dañinas del planeta, avanza sobre uno de los ecosistemas más frágiles y menos intervenidos de Argentina.
La presencia del jabalí (Sus scrofa) en la estepa patagónica no es un hecho aislado. Según advirtió hace meses el veterinario Ignacio Celedon, especializado en Inocuidad y Calidad Agroalimentaria: “Hoy está en casi un 60 o 70% del país. El avance que está haciendo es tremendo”. El especialista explicó que, al aumentar la población en un lugar determinado, los animales se desplazan en busca de alimento y refugio. “Como tienen gran capacidad de adaptación a todo, donde hay agua el chancho va”, señaló.
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Un impacto ecológico y económico devastador
El jabalí es una especie exótica invasora con alto impacto ecológico y productivo. Su expansión en Argentina se aceleró en las últimas décadas sin que los mecanismos de control lograran contenerla de manera efectiva. Prefiere ambientes con agua y cobertura vegetal: vegas, mallines y zonas cercanas a cursos y cuerpos de agua. Precisamente, los ecosistemas más sensibles y productivos de la Patagonia, donde la biodiversidad nativa es más vulnerable.
Las cifras son contundentes. Según estimaciones especializadas, las pérdidas económicas vinculadas al jabalí en todo el país oscilan entre 900 y 1.400 millones de dólares anuales. Ese rango incluye daños a cultivos y granos almacenados, depredación de ganado ovino y caprino, deterioro de infraestructura rural y costos de control.
Para Santa Cruz, donde la ganadería ovina es un pilar histórico de la economía regional, el avance del jabalí representa una amenaza concreta.
La Meseta del Lago Buenos Aires: un escenario de alto riesgo
La Meseta del Lago Buenos Aires no es un área cualquiera. Alberga uno de los lagos más grandes de la Patagonia austral y una red de mallines y vegas que generan exactamente las condiciones que el jabalí busca para establecerse y reproducirse.
La detección temprana en este entorno es, al mismo tiempo, una oportunidad y una advertencia: aún puede tratarse de un ejemplar aislado, pero si la especie logra consolidar su presencia, la capacidad de control se vuelve exponencialmente más difícil y costosa.
Un llamado a la comunidad
Desde la Fundación Macá Tobiano remarcaron que la respuesta efectiva requiere articulación entre organismos provinciales, productores rurales, organizaciones de la sociedad civil y comunidades locales. La detección temprana es la herramienta más valiosa.
Por eso, la fundación realizó un llamado directo a la comunidad: cualquier persona que observe un ejemplar de jabalí en territorio santacruceño debe reportarlo a las autoridades competentes.
Una expansión imparable
A escala nacional, el jabalí registra una expansión territorial sostenida que avanza desde el centro y norte del país hacia latitudes más australes. La Patagonia, durante mucho tiempo considerada una barrera natural por sus condiciones climáticas extremas, dejó de ser inmune. La estepa presenta características que en apariencia no favorecen al jabalí, pero los corredores de mallines, vegas y cursos de agua actúan como rutas de penetración.
El ecosistema de la estepa patagónica alberga una biodiversidad única y altamente vulnerable. Especies endémicas, aves amenazadas —como el propio macá tobiano, emblema de la fundación que realizó el hallazgo— pueden verse afectadas de manera irreversible si el jabalí se establece como especie residente.
El jabalí llegó a la Patagonia austral. La pregunta ahora es cuán rápido responde el sistema de control para evitar que se instale definitivamente.
