Son los animales que todos quieren a su lado, pero juntos son un peligro y generan preocupación en una provincia

El 93% de los establecimientos rurales de la provincia de Tiera del Fuego reporta su presencia. Estas cifras definen al invasor perfecto, mientras la amenaza crece a un ritmo alarmante (4%). 

05 de febrero, 2026 | 06.00

No son lobos, ni son simplemente perros callejeros. Se han convertido en algo distinto, un predador nuevo y letal que está reescribiendo las reglas de supervivencia en los ecosistemas argentinos, desde la Pampa hasta el confín de Tierra del Fuego: El problema va mucho más allá de las mascotas abandonadas y su ascenso preocupa a pobladores, productores agropecuarios y especialista. 

En el imaginario colectivo, el perro es el compañero leal, un invento de la humanidad. Pero hay una versión de este animal que ha roto el contrato doméstico y regresado a una vida libre, conformando jaurías que operan con una lógica distinta a la de cualquier otro cazador en nuestro territorio.

Este fenómeno ha dejado de ser una mera consecuencia del abandono urbano para entrar en una fase nueva y alarmante. En lugares como Tierra del Fuego, los registros científicos muestran que ya no se trata solo de perros que emigran desde las ciudades, sino de camadas que nacen, crecen y se reproducen en plena naturaleza, consolidando una población salvaje que se expande a un ritmo alarmante.

Lo que hace a estas jaurías particularmente peligrosas no es solo su número, sino un “error evolutivo”. Portan el instinto depredador de sus ancestros, pero diluido y desvinculado de la necesidad de alimentarse, lo que los vuelve perseguidores compulsivos e ineficientes. Atacan por el simple hecho de que la presa corre, en un reflejo genético que ya no les es útil, pero que para la fauna nativa resulta letal.

La evidencia apunta a que el origen de este depredador foráneo no es un proceso natural, sino un efecto colateral de una negligencia social masiva y cómoda: la de quien cree que su perro, solo por ser suyo, no es parte del problema. Mientras tanto, en el silencio del monte, la fauna autóctona—que nunca conoció un cazador en manada—paga las consecuencias de un conflicto que no creó.

Para entender en números por qué es importante hablar de este nuevo comportamiento depredador, basta con el perfil que traza la guia de Manejo de la Problemática de los Perros en la Pcia de Tierra del Fuego: las jaurías que deambulan por Tierra del Fuego están comúnmente formadas por 5 individuos, donde los perros de tamaño mediano (51%) y grande (39%) son abrumadora mayoría. Esta no es una amenaza dispersa, sino una realidad extendida: el 93% de los establecimientos rurales de la provincia reporta su presencia. Estas cifras definen al invasor perfecto: un depredador social, de porte considerable y de una distribución casi universal en el territorio, contra el cual la fauna nativa no tiene defensas.

"Un perro silvestre es un perro que no depende del ser humano para su sustento y reproducción. Es un animal doméstico de vida libre, es el término técnico. El mal manejo de residuos favorece la formación de grupos de perros que van a alimentarse de esos basurales. El principal problema que originan los perros asilvestrados es la mala tenencia de mascotas. La gente que no es responsable deja a sus perros sueltos y algunos escapan de la ciudad hacia los ambientes rurales" comenta a El Destape Adrían Schiavini, investigador CONICET, Dr. en Ciencias Biológicas y especialista en fauna silvestre. 

Las jaurías no tienen la estructura rígida de una manada de lobos, sino que son grupos "elásticos" donde los individuos entran y salen. Esta falta de estructura, sumada a su número, los hace impredecibles y particularmente peligrosos para una fauna que no evolucionó para enfrentarlos. Si hay un lugar donde la teoría se convierte en alarma tangible es en la isla grande de Tierra del Fuego. Aquí, el problema ha escalado a una nueva fase crítica: los perros ya no solo migran desde las ciudades, sino que están naciendo, criándose y reproduciéndose en plena silvestría, consolidando una población independiente.

El daño trasciende la mortalidad e implica un trauma evolutivo cuantificable. La fauna sudamericana, adaptada a depredadores solitarios como el puma, se enfrenta a una novedad letal: jaurías organizadas. Como advierte el especialista, "Las aves de Tierra del Fuego han evolucionado en ausencia de un predador en grupo... no están adaptados para soportar la predación grupal". Esta amenaza crece a un ritmo alarmante –4% mensual en un predio de la isla– y sus consecuencias son directas: ataques a guanacos y una depredación intensiva que reconfigura el ecosistema.

"El gran problema que tenemos en Argentina, en casi todo el cono sur, son los perros con dueño sin supervisión", comenta Bernardo Lartigau, especialista en Biodiversidad del programa de Conservación de la Fundación Vida Silvestre Argentina. Explica que estos núcleos salvajes, si bien son críticos en lugares como Tierra del Fuego, "están subsidiados por la gente, directa o indirectamente". Este subsidio involuntario opera a través de tres vías: la basura en basurales abiertos, el ganado que ofrece carne fácil y, sobre todo, "los perros sueltos de los pueblos y ciudades", que sean comunitarios, con dueño irresponsable o "de todos", nutren constantemente a las jaurías.

Esta dinámica crea un círculo vicioso donde el problema se percibe como externo, pero se alimenta desde cada hogar. "La gente reconoce a sus perros que se juntan con perros de otro vecino y salen al monte a matar fauna", relata desde su experiencia en terreno con cámaras trampa. El impacto de esta cadena de irresponsabilidad es "tremendo" y conduce, tal como él ha documentado, a "extinciones de poblaciones de especies como ñandú, de venado de las pampas, de un montón de especies amenazadas".

"Nuestra fauna silvestre sudamericana no evolucionó con fauna predadora que actúe en manadas, en jaurías". Mientras que en el hemisferio norte la fauna co-evolucionó con lobos, desarrollando resistencia a persecuciones largas, nuestros ciervos y otros herbívoros se adaptaron para escapar de depredadores solitarios y de emboscada como el puma o el yaguareté.

Frente a las jaurías de perros, que "rastrean y persiguen sostenidamente durante mucho rato y a lo largo de kilómetros", la fauna nativa sufre una "miopatía de captura" –un fallo muscular por agotamiento extremo– que lleva a la muerte a animales que "tal vez nunca son alcanzados". Este no es un depredador más; es un nuevo factor de selección para el cual la fauna local no tiene defensas.

Lartigau también señala el camino de la solución, y es coherente con su diagnóstico: debe comenzar en la tenencia responsable. Señala que existen "programas piloto de tenencia responsable" en zonas sensibles: "Cuando logramos implementar un programa donde el perro no puede salir al campo ahí la fauna silvestre nativa responde súper favorablemente".

Frente a este panorama, la definición técnica de Schiavini –un animal doméstico que recupera la vida libre– y el diagnóstico social de Lartigau –un predador “subsidiado” por el descuido humano– no son visiones contradictorias, sino los dos lados de una misma moneda. El perro que hoy persigue a un guanaco en Tierra del Fuego es, en su origen, el reflejo de una puerta que se dejó abierta, un alimento que se tiró donde no correspondía o la creencia de que el campo es un patio infinito. La solución, entonces, no está solo en el monte con programas piloto, sino en el gesto diario de quien decide ser, verdaderamente, un dueño responsable. El futuro de especies como el ñandú o el venado de las pampas no se juega únicamente en la vastedad de la Patagonia, sino también en el jardín de cada casa donde un perro espera, sin correa, para seguir su instinto más antiguo.