“¿Demasiado feminismo?”: pensar la política feminista entre el Estado y la calle

“No se mata tan fácil a una peste como esta”, dice Agustina Paz Frontera en esta entrevista sobre su libro “¿Demasiado feminismo?”, publicado por Siglo XXI. El ensayo analiza la relación entre el movimiento feminista, el Estado y la ofensiva de las derechas. En esta entrevista reflexiona sobre el ciclo abierto por Ni Una Menos, los límites de la institucionalización y las preguntas que atraviesan hoy al feminismo frente al avance de la ultraderecha.

08 de marzo, 2026 | 00.05

¿Demasiado feminismo?” La pregunta que da título al libro de Agustina Paz Frontera es una provocación que prende rápido. Puede leerse en distintos tonos; incluso se completa si se escucha el modo en que se la pronuncia: provocativamente, con cansancio o directamente sin los signos de interrogación.

A sabiendas de que lo escribió una feminista, la respuesta corta sería “no”. Pero Paz Frontera se toma su tiempo para analizar en este ensayo “la política feminista entre el Estado, el activismo y la batalla cultural de la derecha radical”, que se ha llevado puestas muchas de las políticas públicas de ese campo. Todo esto empujado por ese movimiento social que el 9M tomará las calles en Buenos Aires y en muchas ciudades del país y del mundo para hacer visible el Paro Internacional Feminista, que le devolvió su carácter combativo al Día Internacional de las Mujeres, el 8M.

En esta edición publicada por Siglo XXI, la autora —periodista y, como quien firma esta entrevista, parte del grupo fundador del colectivo Ni Una Menos— dialogó con funcionarias de Chile, Argentina, Uruguay, Brasil y España en busca de las estrategias que tuvieron que poner en juego para no convertir los puestos a los que llegaron en “cuartos propios”, sino más bien en oportunidades de impulsar políticas públicas y también transversalizar la perspectiva de género para cambiar la política. Tarea ardua y muchas veces decepcionante, ya que, como plantea “¿Demasiado feminismo?”, no es lo mismo una feminista en el poder que una feminista con poder.

¿En qué momento se empezó a pensar este libro?

—Este libro se empezó a pensar en la pandemia, en 2020, cuando empezaba a funcionar el primer Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad, en ese contexto tan complejo en el que la presencia del Estado resultaba fundamental. Las primeras preguntas que surgieron eran obvias: ¿qué puede hacer el Estado?, ¿qué necesitamos del Estado? Y se formulaban al mismo tiempo que la pandemia nos sacaba a las activistas de las calles.

También es el momento en que empieza a verse más nítido el avance de la ultraderecha y el antifeminismo.

—Sí. 2021 es año de elecciones de medio término y esa ola gigante de los movimientos feministas callejeros que empieza en 2015 con Ni Una Menos y sigue con las movilizaciones por el aborto y la sanción de la ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo empezaba a deshilacharse.

Me acuerdo que en ese momento trabajé en Ojo Paritario, una campaña para monitorear la paridad de género en el Congreso, y me encontré con Marcela Durrieu, una peronista histórica que se quejaba de que los feminismos callejeros no habían reparado en la labor de las mujeres políticas. “Yo tuve que ponerme minifalda para que me den bola y me escuchen”, me decía. Y ahí me quedé rumiando con esa relación entre la calle y quienes están en la política formal.

Vos hablás de feminismo político en el libro. ¿Podrías definirlo? Porque queda flotando la idea de que habría un feminismo no político.

—Es una definición a los fines del libro y la clausuro ahí, porque también creo que el feminismo fuera de las instituciones estatales obviamente también es político. Pero la caracterización refiere más a recuperar la historia de las discusiones que se dieron en los ’70 entre un feminismo más “puro”, por fuera de las organizaciones políticas, y el que está vinculado a los partidos y las instituciones.

Yo sigo por ese último, observando también esas experiencias híbridas de mujeres como Fernanda Miño, por ejemplo, que construyen su liderazgo en la comunidad y saltan a la función pública o, en otros casos, a la labor legislativa.

 

El ministerio de mujeres que disolvió Javier Milei es un caso paradigmático para ver esta relación, ¿verdad? Porque no era una demanda del movimiento feminista y entonces, más que un lugar de llegada o un “cuarto propio”, pareció un dispositivo que encerró al feminismo en un cuarto.

—Cuando se dice que fue demasiado, se pasaron tres pueblos: ¡hasta un ministerio les dieron! La pregunta que sigue es ¿qué más quieren? Como si las inequidades estructurales se disolvieran por la existencia de una ley, que en definitiva no es más que un instrumento que puede no usarse, como vemos ahora a diario.

Pero en relación al ministerio, ¿cuál hubiera sido la alternativa frente a una demanda tan concreta que había construido el feminismo desde las calles? El libro tiene una perspectiva crítica, pero lo cierto es que había un reclamo a las instituciones para que dieran respuesta. Y nos podemos preguntar si esa era la respuesta.

Lo que hace el libro es rastrear esas experiencias para pensarlas, porque el ministerio viene de recomendaciones de la cooperación internacional. Por eso casi al mismo tiempo aparecen en Chile, en Brasil, en Uruguay. Ahora, ¿para qué se usó eso? ¿Cuál era la alternativa?

Puedo imaginar otras, pero tampoco hubo consultas…

—¿Te acordás cuando empezó Ni Una Menos que también nos reclamaban que dijéramos qué era exactamente lo que estábamos pidiendo? Y hubo que hacer cinco puntos de demandas.

Para mí ese fue un momento de clivaje político interesante, porque es pasar de una situación más ideológica, emocional, superantisistema, radical, a pensar de forma integral cómo transformar y traducir eso en cinco líneas concretas.

Y bueno, lo pensamos de manera institucional: ¿qué tiene que hacer el Ministerio Público Fiscal?, ¿qué tiene que hacer el Ministerio de Salud?, ¿qué tiene que hacer Desarrollo Social? Fue esforzado y también forzado, pero hubo que pensarlo.

Pero en ese momento se trató de algo bien concreto relacionado a prevenir y erradicar los femicidios, aunque también tenía la radicalidad de una puesta de límites. El deseo de cambiarlo todo, como también sostenemos, implica una perspectiva interseccional: denunciamos los femicidios a la vez que la jubilación para amas de casa, por poner un ejemplo. Ahora mismo el 8M reclama contra la reforma laboral, la ley de glaciares, la baja de edad punible, las condiciones materiales de la vida. ¿Cómo ves ese proceso?

—Me cuesta hacer esa lectura porque no estuve participando de las asambleas, pero lo que veo es que lo que decantó de ese feminismo masivo y organizado de la ciudad de Buenos Aires —como para ponerlo en un territorio— es mucha presencia de organizaciones políticas, sindicales y sociales con referencias concretas que participan de ese espacio.

Pero en un contexto de urgencia económica, emocional y política, con mucha necesidad de contener esa urgencia y esa violencia que viene desde el poder y que busca impedir que se piense más allá del discurso defensivo, eso va cercando a quienes no están ya organizadas. Es más difícil ahora esa efervescencia de quienes salían con su cartelito a narrar su bronca, a veces por primera vez en su vida.

Y es que no podemos negar que la derecha extrema, el fascismo en el gobierno, afecta la vida de las mayorías, especialmente de los sujetos que históricamente representa el feminismo.

Pero también me pregunto: ¿de qué nos sirvió ser tantas en la calle?

Yo creo que nos sirvió y mucho para contagiar, transmitir la potencia de transformar injusticias estructurales desde un movimiento transversal, social…

—Hay algo que me dijo Nayla Vacarezza, una investigadora que escribió Las pasiones alegres del feminismo. O cómo agitar la política contemporánea (Siglo XXI), un libro que me gustó mucho, para discutir con la idea de derrota de los feminismos. Muchas nos posicionamos ahí porque enfrente está Milei, porque globalmente se puso de moda ser un hijo de puta homofóbico, negacionista, y nos hemos quedado sin casi ningún espacio de institucionalidad; cada vez estamos menos en los medios incluso. Nos apapachamos, no podemos, sentimos impotencia.

Y ella me decía: “El feminismo, a lo largo de la historia, tuvo un montón de momentos de subida y de bajada, como de olas. El problema es que la última ola todavía nos está tocando los talones: sentimos el agüita fresca pero la masividad parece perdida. Bueno, es cuestión de deconstruir la idea de que estar en el poder o tener un ministerio es lo épico y construir más capilarmente en instituciones más pequeñas, en grupos más pequeños, en comunidades”.

Pero no se trata de derrota, porque el feminismo es como un Aleph: está concentrado todo el universo ahí. Vos cuando mirás el Aleph ves todo. Y eso también es apabullante.

Te referís a ver las opresiones, supongo.

—Ves todas las opresiones, no solo las nuestras —de determinado tipo de mujeres, de determinado tipo de lesbianas— sino también la del compañero, la del portero del edificio, la del trabajador informal, la del pibe en la calle. Empezás a tejer ahí y entendés el mundo desde otro lugar.

Me parece que de eso se trata el contagio del que vos hablabas. Porque en las escuelas la perspectiva de género sigue estando, en las salitas de salud también. Hay algo ganado ahí.

Por eso es tan agresiva la famosa batalla cultural, porque tienen que meterse también capilarmente y lo hacen con políticas punitivas sobre quienes están en espacios comunes, docentes, sistema de salud…

—Sí. De todas maneras, sigo pensando que tenemos mucho ganado, que hay que desmontar la idea de que si no volvemos a meter un millón de personas en la plaza el feminismo perdió su potencia.

No se mata tan fácil a una peste como esta.