Magalí de Diego (Agencia CTyS-UNLaM)- La vocación científica tiene sus propios laberintos. Cuando pisó por primera vez las aulas de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires, el interés de María Eugenia Dieterle apuntaba a la ecología y las salidas de campo. Sin embargo, el contacto con la biología molecular torció el rumbo. Así, reemplazó las botas de exploradora por las pipetas y se sumergió en el universo de los fagos para sus tesis de grado y doctorado. Ese fue el primer paso de un largo camino para la bióloga nacida en la localidad bonaerense de Sierras Bayas, un trayecto que la llevaría a combatir pandemias en el hemisferio norte y, finalmente, a volver a su país para enfrentar las amenazas locales. Entre ellas, el hantavirus.
Hoy doctora en Ciencias Biológicas, Dieterle es la flamante directora del nuevo Laboratorio de Virus Emergentes de la Fundación Instituto Leloir (FIL). Llegada de Estados Unidos, en donde investigó en el Albert Einstein College of Medicine de Nueva York, la científica pasó por un riguroso proceso de selección institucional para liderar su propio grupo. El foco principal estará puesto en los bunyavirus, el conjunto más grande de virus de ARN al que pertenece el hantavirus.
“Yo siempre quise volver y sabía que iba a trabajar con hantavirus, había una decisión bien marcada desde el principio”, destacó la investigadora, en diálogo con la Agencia CTyS-UNLaM. “En el caso de este virus no hay vacunas ni terapias y, si bien se encuentra en otros lados, las cepas de Europa y Asia no tienen esta tasa de letalidad tan alta como la nuestra”, precisó.
Herramientas locales para llegar antes
Frente a una problemática de salud que impacta de lleno en el territorio argentino y que requiere soluciones urgentes, la experta enfatiza la necesidad de cimentar primero el conocimiento básico. Según su visión, resulta imposible desarrollar herramientas aplicadas eficaces si no se comprenden a fondo los mecanismos moleculares del patógeno y qué es exactamente lo que se busca inhibir.
Esa urgencia no es solo académica, sino profundamente social, como lo pudo comprobar la investigadora en su vuelta al país. “Cuando se anunció la apertura del laboratorio en redes sociales, aparecieron comentarios de personas contando historias de familiares que habían pasado por esta enfermedad. Hay un pedido de soluciones detrás de historias de vida concretas”, reflexionó la investigadora.
Actualmente, el laboratorio avanza en proyectos de diagnóstico en colaboración con la doctora Daiana Capdevila, también del Leloir. “La idea es basarnos en tiras rápidas para que uno pueda detectar los anticuerpos de una forma veloz. Buscamos garantizar el acceso a herramientas de diagnóstico en aquellos lugares remotos donde la logística es más compleja. Esto permite, a su vez, tomar decisiones epidemiológicas en tiempo real”, explicó Dieterle.
A la par de estos test de seroprevalencia, el equipo también busca adelantarse a la respuesta inmune del paciente. “Apuntamos a desarrollar un diagnóstico para detectar directamente el antígeno, en este caso la nucleoproteína, de forma mucho más temprana. Si logramos hacer esto a bajos costos, ayudaría a tomar medidas clínicas anticipadas”, añadió.
El capítulo de Estados Unidos en la carrera de Dieterle había comenzado en 2018. Ese año, atraída por las investigaciones en virología molecular, se sumaba al laboratorio de Kartik Chandran, un destacado virólogo y profesor titular del Departamento de Microbiología e Inmunología en el Albert Einstein College of Medicine en Nueva York. Allí pudo estudiar cómo el hantavirus ingresa a las células. No obstante, la irrupción del SARS-CoV-2 obligó a recalcular los planes.
“Dejamos el laboratorio en pausa por un par de años y un grupo de nosotros trasladó los conocimientos que teníamos para otro virus a lo que era el COVID”, recordó la bióloga sobre aquella vorágine. Ahí desarrollaron un ingenioso modelo para agilizar los estudios. ¿Qué hicieron? Tomaron el virus de la estomatitis vesicular, le quitaron su propia proteína de superficie y le colocaron la llamada “protein spike” del coronavirus. “Era una herramienta que simplificaba mucho el trabajo. Podíamos trabajar en laboratorios con menores requisitos de bioseguridad y permitía hacer testeos de anticuerpos y antivirales de manera mucho más rápida”, detalló.
Toda esa adrenalina y el aprendizaje intensivo hoy nutren una de las líneas más innovadoras de su nuevo laboratorio porteño. “Tenemos datos preliminares que son muy alentadores sobre nuevos anticuerpos monoclonales que funcionan dentro de las células”, reveló Dieterle. “Llevará tiempo porque hay mucho trabajo de base para entender cómo es ese mecanismo molecular, pero la idea es responder esas preguntas acá”, aclaró.
Capitalizar la experiencia y apostar por la ciencia
Para la flamante directora del laboratorio, la clave reside en escalar lo aprendido para aplicarlo a patologías regionales. “Se trata de aprovechar toda esa materia prima y el know-how que ya existe en instituciones como el Instituto Leloir y el ANLIS Malbrán”, señaló la experta.
Al reutilizar estas plataformas tecnológicas, el laboratorio no solo ahorra tiempos de desarrollo. También asegura que la inversión realizada durante la pandemia deje una huella permanente en la soberanía sanitaria del país. De esta forma, permite una respuesta mucho más robusta frente a los virus que circulan habitualmente en las provincias argentinas.
Por otra parte, la instalación de este moderno laboratorio fue posible gracias al financiamiento internacional del programa Pew, que aporta fondos específicos para la repatriación de científicos. A eso se le suma el subsidio de movilidad de la ONG argentina Fundación Williams. Más allá de su caso en particular, la científica también alerta sobre el dramático escenario que atraviesa la ciencia nacional.
“Sin financiamiento, el sistema está prácticamente paralizado y, sin ciencia, me cuesta ver el futuro del país de acá a diez años”, alertó la especialista. Ante la falta de recursos, sostuvo que la independencia tecnológica es innegociable: “Si dependemos de insumos que vengan de afuera pagamos otros valores, mientras que la capacidad y el conocimiento para desarrollar tecnologías existen acá”.
Más allá de los reactivos y la infraestructuras, la mayor preocupación de Dieterle reside en el capital humano y la falta de perspectivas para las nuevas generaciones de profesionales. “Queremos formar personas porque son la base de la ciencia, pero hoy resulta complejo encontrar jóvenes que quieran sumarse. El financiamiento es poco, las becas son escasas y a los investigadores les cuesta vivir con esos salarios tan escuetos, lo cual genera un desmantelamiento muy doloroso. Pese a todo, tenemos mucha energía para empezar y por eso voy a abrir un llamado pronto para sumar nuevos investigadores al equipo. Seguir apostando es la única forma de defender el sistema”, concluyó.
Qué es el hantavirus
Transmitido principalmente por la inhalación de aerosoles provenientes de la saliva, orina o heces de roedores silvestres infectados -como el ratón colilargo-, el hantavirus es una enfermedad zoonótica endémica en varias regiones de Argentina. Este patógeno afecta principalmente el sistema respiratorio humano y puede desencadenar el severo Síndrome Pulmonar por Hantavirus (SPH). Además, se caracteriza por su rápida evolución clínica y una preocupante tasa de mortalidad.
Dieterle advirtió que el hantavirus “es un virus difícil de estudiar, replica lento y necesita sistemas de bioseguridad alto”. Al respecto, contextualizó: “Históricamente, el financiamiento para el estudio de estos virus ha sido limitado, pero es probable que brotes como el que acaba de ocurrir en el Crucero MV Hondius, donde ya se confirmaron ocho contagios y tres fallecidos, cambien el interés global hacia estos virus causantes de fiebres hemorrágicas”.
La científica aclaró que, si bien hay evidencias del virus Andes de contagio persona a persona, no lo hace de forma eficiente y ocurre de forma esporádica, por lo que el riesgo de un brote más amplio es bajo.
Con información de la Agencia CTyS.
