En primer plano, unas formas montañosas menores de intenso y variado colorido definen un paisaje excepcional. El poblado de Purmamarca se encuentra a 2.275 metros de altura, en la vaguada del río homónimo, rodeado de los cerros Morado, Verde y Rojo que le otorgan una postal única en el mundo. Este destino constituye un caso típico de pueblo de encomienda fundado en el siglo XVI y asentado, probablemente, en el mismo lugar que el poblado prehispánico, lo que le otorga una continuidad histórica que pocos lugares pueden presumir. La iglesia y su atrio frente a la plaza sirvieron de modelo geométrico para su lenta modificación urbana, marcando el ritmo de un crecimiento que nunca perdió su esencia colonial.
No se sabe a ciencia cierta en qué momento se produjo su rectificación general, pero es significativo que en 1858 se realizara el "amojonamiento y deslinde del pueblo de Purmamarca". Se habían utilizado para la construcción materiales y técnicas locales junto con otras importadas de Andalucía, por lo que las edificaciones blanqueadas y techos de torta de barro introdujeron un fuerte contraste con el paisaje natural. Las viviendas, edificadas sobre la línea municipal, en general cerraron sus huertas y corrales a la calle con tapias continuas, creando una fachada uniforme que caracteriza al pueblo. La arquitectura doméstica mostraba una notable regularidad, con predominio de fachadas encaladas y aberturas pequeñas, una estética que se mantiene hasta hoy.
El agua y la vida en el pueblo
Con sólo 300 mm de lluvias anuales concentradas en el verano, la provisión de agua se debió, hasta hace poco, a vertientes nacidas de los pies de los cerros principales y a una cuidadosa red de acequias. De ahí que, desde el asentamiento primitivo, seguramente irregular, el caserío compartiera la casa con la huerta y el corral, una organización que permitió la subsistencia en un entorno de extrema aridez. Este sistema de riego, que data de la época colonial, sigue siendo parte fundamental de la vida en Purmamarca y refleja la sabiduría de sus pobladores originarios para adaptarse al entorno.
La excepción a la uniformidad arquitectónica es la casa de la familia Patagua, que colocó en su esquina frente a la plaza una puerta esquinera, un dispositivo hispanoamericano propio de los comercios que rompe la monotonía de las fachadas encaladas. El otro edificio civil singular, también frente a la plaza, es el llamado "Cabildo", por sus arcadas a la calle según los modelos de Jujuy y Humahuaca, que se mantiene como un testimonio vivo de la administración colonial.
El crecimiento y la preservación patrimonial
Hace 50 años, la habitaban en forma permanente 150 personas. Desde entonces, la población creció hasta los 1.000 habitantes, un aumento significativo que trajo consigo cambios en los usos del suelo y el paisaje urbano. Pese a que el turismo impulsó transformaciones que alteraron la dinámica del pueblo, sus valores patrimoniales sobreviven y siguen siendo el principal atractivo para quienes buscan un viaje al pasado. La llegada de visitantes no logró modificar la esencia de Purmamarca, que conserva su trazado original y su arquitectura típica.
Caminar por sus calles empedradas es como retroceder tres siglos en el tiempo. Las fachadas encaladas, los techos de torta de barro y las acequias que aún surcan el pueblo son testigos mudos de una historia que se niega a desaparecer. Purmamarca no es solo un destino turístico, sino un verdadero museo a cielo abierto que invita a los viajeros a desconectarse del mundo moderno y sumergirse en un paisaje donde el reloj parece haberse detenido hace 300 años.
