Platón: "No debemos preocuparnos tanto por lo que diga la mayoría de nosotros, sino por lo que diga el experto en cosas justas"

La célebre reflexión del filósofo ateniense en el Critón pone bajo la lupa la influencia de la opinión pública sobre las decisiones morales. La vigencia de un debate iniciado tras la condena a muerte de Sócrates.

27 de julio, 2026 | 18.11

Existen postulados nacidos hace más de dos milenios que continúan resonando con fuerza en los debates contemporáneos. Entre los más trascendentes se encuentra aquel que advierte sobre los peligros de dejarse arrastrar por la postura de las mayorías cuando se debate lo moralmente correcto. Aunque suele adjudicarse directamente a Sócrates, las palabras que perduraron hasta la actualidad corresponden a la pluma de su más célebre discípulo: Platón.

La emblemática cita pertenece al Critón, obra en la que el pensador ateniense recrea el diálogo mantenido entre el sabio y su allegado poco antes de la ejecución del maestro en el 399 a. C.: "No debemos preocuparnos tanto por lo que diga la mayoría de nosotros, sino por lo que diga el experto en las cosas justas e injustas".

La salvedad sobre la autoría resulta clave. Dado que Sócrates no dejó registro escrito alguno, la reconstrucción de su doctrina proviene de testimonios de terceros. Los especialistas en la materia señalan que estos escritos no constituyen transcripciones textuales, sino elaboraciones filosófico-literarias donde Platón utilizó la figura socrática para articular su propio sistema de pensamiento.

El marco dramático de la obra se sitúa en una celda de la capital griega. Sentenciado a la pena capital por supuestamente corromper a la juventud y deshonrar a las deidades locales, el filósofo aguarda la resolución de la condena. En ese trance recibe a Critón, quien ha estructurado una estrategia para facilitarle la huida hacia el exilio.

El escape era viable: la guardia carcelaria había sido sobornada y la logística estaba dispuesta para dejar la polis antes de la ejecución. Sin embargo, además de velar por la vida de su maestro, a Critón lo perturbaba la mirada social, temiendo que la ciudadanía lo juzgara por tacaño al no financiar la evasión.

Ante el peso del "qué dirán" exhibido por su interlocutor, Platón introduce una de las analogías más célebres del pensamiento clásico.

La analogía del deportista y la crítica al sentido común

Para desarticular la postura de su visitante, la narración apela al ejemplo de un atleta en preparación. La cuestión central pasa por definir si aquel deportista debe guiarse por los consejos de cualquier espectador casual o atender únicamente las directivas de un especialista en la materia, como un preparador físico o un médico.

Platón quedó marcado por la condena de Sócrates y señaló una cuestión incómoda: la mayoría puede equivocarse.

El razonamiento resulta categórico: nadie confiaría el cuidado del físico al número antes que al saber. Aplicado al terreno de la ética, el planteo sostiene que las definiciones sobre la justicia no pueden someterse al mero volumen numérico de quienes opinan, sino a la búsqueda del conocimiento verdadero.

Esta premisa contenía una potente crítica política para la Atenas del siglo IV a. C., cuya democracia definía asuntos de Estado por votación popular. Marcado por la sentencia judicial que condenó a su mentor, Platón dejó asentada una paradoja incómoda: el consenso mayoritario no es garantía de verdad ni de justicia. La intención no residía en clausurar la participación comunitaria, sino en alertar sobre el peligro de reemplazar la idoneidad y el análisis crítico por la simple suma de voluntades.

La célebre conversación culmina con una lección histórica de integridad. Pese a contar con las facilidades para huir de la prisión, Sócrates rechazó la evasión argumentando que el escape quebrantaría el ordenamiento legal de la polis bajo el cual se había formado y vivido.

Para el pensador, el hecho de haber recibido un fallo desacertado no justificaba cometer una contravención que minara las bases del derecho. En consecuencia, optó por acatar el veredicto y beber la cicuta, inmortalizando un testimonio de coherencia entre la teoría y la acción.