Volver a 2016: por qué la nostalgia busca lo verdadero en tiempos de inteligencia artificial

El trend, viral en redes sociales, reivindica un tiempo en el que no existía la economía del like ni sentíamos el peso constante del algoritmo o de la necesidad de una marca personal. En un mundo en el que la Inteligencia Artificial volvió dudosa toda imagen, se vuelve al pasado en busca de lo verdadero.

24 de enero, 2026 | 19.00

En las últimas semanas, con la llegada del año nuevo, las redes sociales se colmaron de fotos, posteos, historias y relatos que hacen referencia a recuerdos de hace exactamente una década atrás. El trend “volver a 2016” se popularizó y convocó a millones de usuarios en todo el mundo a compartir selfies ligeramente borrosas, encuadres torcidos, filtros saturados que hoy resultarían poco atractivos, videos en baja calidad, imágenes para muchos vergonzosas, y canciones o memorias que parecían archivadas. En pocos días una consigna que podría haberse perdido entre tantas otras que tratan de instalarse todos los días prendió, resonó fuerte y se convirtió en un gesto colectivo. 

Lo que llama la atención es que dicho año no representa un momento particularmente especial, una efeméride histórica o un aniversario redondo. Tampoco se explica la tendencia como un capricho generacional o de un sector social en especial que buscaba viralizarse particularmente. Por el contrario, se gestó como un fenómeno cultural que atraviesa plataformas, edades, lenguajes, naciones e ideas políticas. El interrogante es, entonces: ¿por qué volver a 2016 y por qué ahora? La clave de la respuesta no está en ese año sino en este presente. La hipótesis es clara: en un mundo prefabricado por algoritmos, en el que la inteligencia artificial volvió dudosa a toda imagen y frágil a la experiencia de lo real, una parte creciente de la cultura, del deseo genuino, del ser social vuelve, aunque sea por un rato, al pasado en busca de lo verdadero.

2016: último año antes del quiebre epocal

La nostalgia que circula es sintomática del proceso sociocultural y político que atraviesa el mundo. Si bien las redes sociales como Facebook y la fotografía de la selfie ya estaban en plena expansión para 2010, el 2016 podría leerse como una frontera temporal o umbral simbólico: el último momento antes de una serie de transformaciones y crisis profundas que reconfiguraron, para siempre, la vida cotidiana y los lazos sociales. No porque en el pasado todo haya sido mejor o más fácil, sino porque todavía teníamos contacto con lo real, no estaban completamente consolidadas la economía del like, ni sentíamos el peso constante del algoritmo omnipresente o la lógica de la marca personal como mandato en nuestras vidas ordinarias.

En el 2016 el territorio y nuestra existencia física todavía primaba por sobre nuestros andares en el mundo digital. La vida cotidiana, los vínculos, las experiencias, los consumos, viajes, trabajos y comidas no estaban del todo colonizadas por la optimización constante, la cultura de la autoexplotación y el hiperrendimiento, y la necesidad de monetizar cada gesto. Desde ese lugar, las fotos de 2016 funcionan como pruebas materiales de un mundo “antes de”: menos mediado, menos calculado, menos performático. La sensación es la de extrañar un mundo más real, más humano, más auténtico y libre de ataduras tecnológicas, que supimos habitar y construir.

En este caso la nostalgia no es necesariamente una forma romántica de huida o evasión de la realidad, sino un síntoma de un contexto que de tan abrumador, vertiginoso y escandaloso, no nos da la posibilidad, ni el tiempo y el espacio para imaginar o soñar con un futuro mejor. No se activa porque el pasado haya sido objetivamente mejor, sino porque el presente se volvió difícil de habitar y el futuro impensado. Múltiples crisis encadenadas, futuro clausurado, sobreexigencia y aceleración permanente configuran un clima en el que mirar hacia atrás aparece como un refugio.

Este regreso insistente al pasado también se ancla en una crisis más profunda: la de los relatos colectivos de futuro. Durante buena parte del siglo XX, la promesa de progreso y ascenso social organizaba imaginarios sociales, expectativas y proyectos de vida. Hoy, en cambio, el futuro aparece clausurado, capturado por narrativas de colapso, catástrofe o distopía. Cambio climático, precarización estructural, automatización del trabajo, guerras mundiales, genocidios a cielo abierto y aceleración tecnológica alimentan un clima donde cuesta imaginar un mañana deseable y un mundo habitable. Cuando el futuro deja de funcionar como horizonte compartido, el tiempo social se repliega hacia atrás. La nostalgia no es entonces un gesto conservador sino una forma de orientación: si no hay utopías hacia adelante, se buscan anclajes hacia atrás, momentos que ofrezcan al menos la ilusión de sentido, continuidad y verdad frente a un porvenir que se percibe como una amenaza.

Lo viejo funciona, Juan

El relato que se construye en torno a 2016 lo presenta como el último año “normal”: antes de la pandemia, antes de la precarización del trabajo, antes de que todo pareciera urgente y provisorio al mismo tiempo, antes de que los smartphones se volvieran omnipresentes y omnipotentes en la vida de todos nosotros. En ese momento las fotos no eran más auténticas en sí mismas, pero el paradigma actual y el avance de tecnologías las vuelven auténticas, frescas, más espontáneas, por contraste. En un presente donde la vida se vive como preproducción permanente de contenido y cada sujeto esta empujado a vivir y mostrarlo para convertirse en una "marca personal”, optimizar circulación y monetizar, esas imágenes y recuerdos aparecen como registros no guionados. Un tiempo donde alcanzaba con vivir las cosas, y no exhibirlas, para que fueran reales.

El trend no se limita a las redes ni a las fotos viejas, sino que se inscribe en una serie de tendencias y prácticas culturales “analógicas” que refuerzan la misma hipótesis: la vuelta de las cámaras de fotos con rollo que revalorizan la paciencia, el tiempo de espera, los errores posibles, las fotos únicas, la sorpresa al momento de revelarlas y su imposibilidad de edición infinita; la revalorización y boom de ventas de celulares como el Nokia 1100 que ha comenzado a recuperar presencia y popularidad entre los usuarios. En Noruega por ejemplo ha crecido el consumo de teléfonos convencionales, con una funcionalidad básica sin aplicaciones ni redes, para promover la reducción del tiempo de uso de pantallas e impulsar un estilo de vida más equilibrado y saludable.

También se observa en el regreso del vinilo, de la escritura a mano, de los relojes analógicos o incluso del efectivo frente al pago digital permanente. Hay en esos pequeños gestos una búsqueda persistente: reencontrar espacios y tiempos donde lo vivido no esté mediado por algoritmos ni optimizado para rendir, donde la experiencia vuelva a sentirse propia y, sobre todo, verdadera.

Antes de la lógica algorítmica y el imperio de la IA

A eso se le suma hoy una capa decisiva: 2016 es parte de una época pre inteligencia artificial. Un mundo que funcionaba sin la masificación de sistemas capaces de crear imágenes, escribir textos, responder preguntas para todo, hasta crear canciones o poemas. Si la IA se transforma en un guía asistencial para todas las decisiones de la vida, el sujeto finalmente desaparece. Entonces la imagen todavía remitía con mayor claridad a una experiencia vivida sin filtros, retoques o decisiones no humanas. Hoy, en cambio, vivimos atravesados por la irrupción de deepfakes, filtros inteligentes, imágenes falsas, caras perfectas y edición automática. Frente a esa desconfianza generalizada y un proceso de deshumanización cada vez más profundo, las fotos de 2016 se leen como huellas, presencia, cuerpo, vida. No es un detalle menor, ya que pone en evidencia el deseo de una existencia menos editada, menos optimizada, menos intervenida; y un cansancio frente a la hiperconectividad, la pose permanente con un fin instrumental.

Sin embargo, el gesto sigue quedando en el universo de lo testimonial, de lo colorido, de la estética compartida, de la tendencia en redes sociales. La escena es paradójica: se viralizan fotos de cuando no todo era viral y se usan las herramientas del presente para añorar y engrandecer un mundo previo a ellas. La nostalgia circula exactamente por los mismos canales que producen el malestar que intenta aliviar. Ahí aparece el límite del fenómeno, y el desafío más grande que hoy tiene la humanidad. Porque mientras la vuelta a 2016 se agota en un inofensivo y simpático recuerdo, no puede disputar ni cuestionar las condiciones materiales que nos trajeron a este presente saturado, sospechoso, exigente, olvidable. Funciona más como alivio social que como motor de cambio. Falta entonces el salto concreto: transformar la nostalgia por el pasado en esperanza por el futuro, el hartazgo en conflicto, la búsqueda en una disputa por el sentido del tiempo, el trabajo y la vida, y el trend en un programa político.