El riesgo oculto de usar la Inteligencia Artificial para todo: qué le pasa a tu cerebro cuando la usás, según expertos

La tecnología nos hizo más rápidos, pero no necesariamente más profundos. El teclado nos alejó de la escritura manual; los buscadores nos enseñaron a recordar solo dónde está la información; ahora la inteligencia artificial nos propone respuestas sin que hagamos el esfuerzo. No es nostalgia: es un salto cualitativo y una pregunta filosófica urgente: ¿seguimos siendo soberanos de nuestra propia mente?

29 de julio, 2026 | 07.00

Antes de que la Inteligencia Artificial nos resuma textos, ocurrió un reemplazo silencioso y pernicioso: la pantalla y el teclado se comieron al cuaderno. Estudios neurocientíficos confirman que escribir a mano activa redes neuronales más complejas que el mero tecleo. No se trata de una anécdota de colegio: la escritura manual impacta en la memoria, la comprensión y la síntesis. Ganamos velocidad a mano y perdimos profundidad a golpe de tecla.

Más tarde llegó el "efecto Google": recordamos dónde encontrar los datos, no los datos en sí. Pagamos el precio de la inmediatez con una memoria más frágil. La inteligencia artificial profundiza esa distorsión. Si la IA me da una respuesta completa sin que yo la procese, no aprendo, solo consumo. El esfuerzo cognitivo se diluye y con él, la capacidad de filtrar, dudar y construir pensamiento propio. No es ignorancia; es otra forma de dependencia.

El problema no es que usemos más tecnología

El salto cualitativo reside en que, por primera vez, una máquina es capaz de redactar informes, resolver problemas y argumentar posturas sin nuestra intervención consciente. Delegamos el pensamiento crítico en nombre de la productividad. La pregunta no es si la herramienta es útil, sino qué parte del proceso mental estamos cediendo y a qué costo.

La inteligencia artificial no es mala por sí misma; su riesgo lateral es volvernos más perezosos. Si ante la primera duda pedimos una respuesta instantánea sin reflexión, el músculo cognitivo se atrofia. Es como manejar con GPS todos los días y después no saber leer un mapa de papel. Las generaciones futuras tal vez dominen herramientas sofisticadas pero no comprendan de fondo lo que hacen. 

No hay respuesta fácil. Volver al papel no alcanza, desenchufarse un rato tampoco. El fondo del problema es filosófico y también doméstico: ¿queremos seguir siendo dueños de nuestros procesos mentales o preferimos el confort de la respuesta rápida? La tecnología no retrocederá, pero aún podemos elegir qué conservar. Si la IA piensa por nosotros, va a llegar un momento en que nos preguntemos para qué carajo queremos un cerebro.

El desafío inverso: cuando la máquina se parece a nosotros

El Dr. Luis Ignacio Brusco, Neurocientífico, Prof. Titular y Decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. plantea una inversión en el diagnóstico. Frente a la pregunta de si estamos entrenando a nuestro cerebro para que se parezca a una máquina, el especialista responde con una perspectiva diferente: "Creo que la IA va a poder empezar a tener alguna cuestión de subjetividad. Nosotros estamos poniendo subjetividad (...), el problema es que están entrando procesos cognitivos complejos en la IA que simulan una subjetividad o que se parece mucho a la subjetividad". El riesgo, advierte, no es solo que nosotros nos volvamos máquinas, sino que las máquinas se acerquen peligrosamente a simular lo que creíamos exclusivamente humano.

Sobre la diferencia entre recibir una respuesta automática de una IA y procesarla sin esfuerzo, Brusco es categórico: "Sí, se parecen bastante, pero no es sobre la metacognición, es otra cuestión. Tenemos procesos que son automáticos: el 95% de los procesos son inconscientes y automáticos". El problema, entonces, no es la automaticidad en sí misma —el cerebro humano ya opera mayoritariamente por debajo del umbral de la conciencia— sino la creciente delegación de funciones que antes requerían elaboración consciente. La pregunta por la soberanía cognitiva no es nueva, pero la IA le da una urgencia inédita.

La tecnología como un nuevo proceso cognitivo, no una pérdida

Frente a la preocupación por lo que se pierde cuando dejamos de escribir a mano o de redactar textos, la mirada del decano desdramatiza sin ingenuidad. "No creo que se pierda parte de ello. Yo creo que es otro proceso cognitivo diferente por la tecnología. Eso fue pasando con cada revolución cognitiva que hubo en el humano, desde el manejo del fuego hasta el manejo de las lanzas, hasta la revolución industrial". La clave no está en la nostalgia por lo que se va, sino en entender qué nuevo tipo de relación con el pensamiento estamos instalando y a qué costo.

La manipulación algorítmica, que Brusco analiza en su libro “Homo IA” como "big nudging", es para él una de las expresiones más concretas de la pérdida de soberanía cognitiva. "Sin duda, realmente estos procesos de big data generan alteraciones del libre albedrío con intervenciones de la tecnología sobre nuestras tomas de decisiones". Y más adelante es aún más preciso: "Se disminuye la toma de decisión. La autoría de la toma de decisión, obviamente. Cuanto más intervengan los procesos de conocimiento sobre nuestras actitudes y personalidades, se sabe más". El algoritmo que anticipa nuestros clics no solo nos conoce: nos precede y, en cierta medida, nos determina.

Cuando se le pregunta por el límite infranqueable entre el Homo sapiens y el "Homo IA", Brusco no duda en señalar el cuerpo. "La diferencia más importante reside en las sensaciones corporales que no son propias de la máquina, como por ejemplo situaciones autonómicas: taquicardia, sudor, angustia". Esa indiferencia corporal, advierte, no es solo una limitación técnica: "La tornan indiferente, pero quizás también más peligrosa por consecuencia, porque es una sensación que tienen también las personas antisociales, por ejemplo, que no sienten las emociones ante el mal del otro". El cuerpo, con sus señales involuntarias y su capacidad de sufrir, sigue siendo el territorio que la IA no podrá habitar. Y ese es, paradójicamente, el ancla de nuestra soberanía.

El salto cualitativo: cuando la computadora entendió nuestro idioma

Diego Fernández Slezak, Doctor en Ciencias de la Computación, investigador del CONICET y director del Laboratorio de Inteligencia Artificial Aplicada, ubica el punto de inflexión en noviembre de 2022. “La inteligencia artificial pegó un salto extraordinario. Lo que hizo principalmente fue el acceso masivo a una tecnología que antes era accesible únicamente a personal técnico que supiera muy bien programar, que supiera muy bien hacer estadística”. Eso cambió con Chat GPT. “Ahora el ingreso a la inteligencia artificial es con el lenguaje escrito, el lenguaje natural sencillo”, explica. Y la consecuencia es profunda: “la computadora ahora es capaz de comprender el lenguaje natural de los humanos y procesar estructuras del pensamiento a partir de lo escrito”. Por primera vez, una máquina puede operar sobre el mismo idioma que usamos para pensar.

La deuda cognitiva: el músculo que no se ejercita se atrofia

Esa facilidad, sin embargo, tiene una contracara. “Si nosotros podemos expresar algunos de nuestros pensamientos en lenguaje, podemos transferirlo a la inteligencia artificial para que siga operando en lugar de nosotros. Y eso genera lo que se conoce como deuda cognitiva”, advierte el especialista. El concepto es simple: cada actividad cognitiva que realizamos implica un esfuerzo. Ese esfuerzo nos entrena. “Si uno empieza a acumular deuda cognitiva porque deja de entrenar esa capacidad de describir pensamientos, anidar pensamientos, ser crítico o tener introspección sobre sus propios pensamientos, por supuesto perdemos también el entrenamiento y esa capacidad se va atrofiando”. Fernández Slezak es gráfico: “Es exactamente lo mismo que en la actividad física. Músculo que no entrenamos, músculo que se va atrofiando, se va achicando y eventualmente perdemos movilidad”. A este proceso lo denomina “sedentarismo cognitivo”, un término que tomó de Santiago Bilinkis y Mariano Sigman.

¿Hay evidencia concreta de estos cambios? El investigador responde que sí, pero con matices. “Hasta ahora la evidencia muestra que hay cambios cerebrales entre gente que usa masivamente estas tecnologías respecto a gente que no usa estas tecnologías. Eso no quiere decir que sea ni mejor ni peor. Hay cambios fisiológicos, eléctricos en el cerebro debido al uso y abuso de este tipo de tecnologías. Pero no es cierto que haya evidencia de que sea peor, tampoco de que sea mejor”. Lo que sí está claro es que el uso de la IA “genera cierto entrenamiento cognitivo que cambia la estructura del pensamiento y que eso es medible eléctricamente en el cerebro”. La tecnología nos está reprogramando, aunque aún no sepamos bien hacia dónde.

El sesgo de la credulidad tecnológica

Uno de los riesgos más inmediatos es la sobreconfianza. Fernández Slezak recuerda que los humanos tenemos sesgos cognitivos bien documentados. “Uno de los sesgos que ya es recontra conocido es un sesgo en donde tendemos a darle veracidad y creerle muy rápido a una respuesta dada por un artefacto tecnológico”. Ese sesgo, advierte, se está exacerbando con la IA. “Hoy en día mucha gente confía por demás en estas inteligencias artificiales y por ende le acuña verdad a cosas que no están contrastadas y que están evidentemente mal, pero que nadie se tomó el trabajo de leer, releer o poner a prueba”. La velocidad y la facilidad de la respuesta inhiben el pensamiento crítico, y la verdad se vuelve, a menudo, un reflejo de la pereza cognitiva.

“Estamos empezando a delegar y a no tener control sobre la información que manejamos. Eso genera deuda cognitiva, genera sedentarismo cognitivo”. Y reconoce que “hoy efectivamente se están viendo tasas de ansiedad, de depresión y otro tipo de enfermedades de salud mental exacerbadas”. Sin embargo, advierte contra la atribución directa a la IA. “La inteligencia artificial hoy juega un gran rol dentro de ese escenario porque es la inteligencia artificial la encargada de proponer contenido nuevo. Indirectamente está contribuyendo, pero la asociación principal se encuentra con la incorporación de los dispositivos más que con la masificación de los chatbots”. El problema no es solo la máquina que responde, sino el ecosistema que nos vuelve adictos a la pantalla.

El diagnóstico de ambos especialistas converge en una misma preocupación, aunque desde distintas orillas. Brusco señala el cuerpo como el territorio irrenunciable de lo humano, el ancla que la IA no podrá simular porque no puede transpirar, mover aire ni angustiarse. Fernández Slezak aporta el concepto de "deuda cognitiva": cada vez que la máquina piensa por nosotros, nuestro cerebro deja de hacer una serie de conexiones que, si no se ejercitan, se atrofian. No se trata de condenar la tecnología ni de idealizar un pasado sin pantallas. 

Se trata de entender que la soberanía cognitiva no es un estado, sino una práctica que se ejerce o se abandona. Si la IA nos ahorra el esfuerzo de pensar, el riesgo no es que las máquinas se vuelvan demasiado inteligentes, sino que nosotros nos volvamos demasiado cómodos. La pregunta que abre esta nota no tiene una respuesta definitiva, pero sí una urgencia: antes de delegar la próxima tarea, conviene preguntarse si ese esfuerzo que estamos por ceder es justo el que nos mantiene soberanos en nuestro pensar.