Expertos advierten que los sistemas humanos no están adaptados para el Súper El Niño

Especialistas del CONICET advierten que el calentamiento del Pacífico ya es visible y alertan por el riesgo extremo en Resistencia, Clorinda y Reconquista si los ríos superan los niveles de defensa actuales. De darse este fenómeno, la agricultura, la ganadería, la forestación y el turismo serían gravemente afectados.

27 de mayo, 2026 | 06.00

El océano Pacífico empieza a calentarse, las computadoras de los centros climáticos del mundo empiezan a proyectar escenarios y los especialistas argentinos ya hablan de un evento que podría ubicarse entre los más intensos de las últimas décadas: "Súper el Niño". 

La pregunta que atraviesa a meteorólogos, productores agropecuarios y gobiernos provinciales es una sola: ¿estamos ante el regreso de este fenómeno, con todo lo que eso implica en lluvias históricas y crecidas de ríos? Las señales térmicas actuales lo advierten y existen antecedentes devastadores en los años 1997-98. En medio de el vaciamiento de los organismos oficiales, expertos analizan lo que se espera para las regiones más vulnerables del país.

El calentamiento no es caprichoso: es el motor que enciende los modelos climáticos globales. Programas informáticos de centros como la NOAA, la Universidad de Columbia o el centro europeo ECMWF procesan millones de datos y coinciden en una tendencia: durante los próximos meses, esa masa de agua caliente podría expandirse y consolidar un fenómeno de El Niño de intensidad por lo menos moderada, aunque algunos escenarios ya barajan la posibilidad de un evento "muy fuerte" o "súper".

Los antecedentes más temidos están grabados en la memoria del Litoral argentino. En 1997‑98, un Súper Niño anegó cerca del 35% del territorio correntino, dejó 32.800 evacuados y afectó a 290.000 personas. Las crecidas del Paraná, el Paraguay y el Uruguay convirtieron extensas zonas en una palangana de agua. No es certeza, pero el margen de error se achica semana a semana.

El problema no es solo el agua que baja de los ríos. En las ciudades construidas sobre llanura, como Resistencia, Clorinda o Reconquista, las defensas (murallones, terraplenes, sistemas de bombeo) fueron diseñadas para una creciente como la de 1997‑98. Pero si el río supera ese umbral, o si las lluvias intensas coinciden con la crecida, el drenaje se vuelve crítico. Además, el agua no respeta rutas, alcantarillas o desagues: muchos caminos se cortan, puentes se descalzan y el transporte de medicamentos, alimentos o combustible se complica. La agricultura, la ganadería y el turismo, pilares de la economía regional, pueden quedar paralizados durante semanas.

Paradójicamente, los ecosistemas naturales están mejor preparados que los humanos. Los extensos humedales del Iberá, los pajonales y los bosques de sauce y aliso soportan cientos de días de inundación sin sufrir daños irreversibles. La verdadera vulnerabilidad está en lo que el hombre construyó: calles que se anegan, residuos que tapan desagües, provisión de energía eléctrica que falla y sistemas de agua potable que se contaminan. Los gobiernos nacional, provincial y municipales deben repasar los protocolos de crisis, y cada familia, especialmente aquellas con niños, adultos mayores o personas con medicación de por medio, necesita tener un plan básico: medios alternativos de transporte, reserva de insumos y atención a los alertas oficiales. El fenómeno todavía no está confirmado en toda su magnitud, pero los modelos ya nos están pidiendo que no miremos para otro lado.

La advertencia de expertos: "Los sistemas humanos no están adaptados"

Distintos modelos internacionales anticipan la consolidación de un fenómeno de El Niño de gran magnitud, que podría ubicarse entre los más intensos de las últimas décadas. El Dr. Juan José Neiff, investigador principal del CONICET y profesor de la Universidad Nacional del Nordeste, confirma que las señales ya son visibles. "En el Pacífico ecuatorial, ya hay temperaturas entre 0,5 y 2 grados mayores que las que se dan en la capa superficial del océano Pacífico en la zona ecuatorial", explica. Y va más allá: "Creemos que puede ser un Súper Niño semejante a los que ya hemos tenido en 1982-83 o en 1997-98".

El antecedente que genera alerta en el Litoral es el "Súper Niño" de 1997-1998. En aquella oportunidad, provocó el anegamiento de cerca del 35% del territorio correntino y una inundación histórica en la ciudad de Goya. Aquel fenómeno tuvo un fuerte impacto en Argentina, con 32.800 evacuados y 290.000 personas afectadas por el desborde de ríos. Neiff advierte que, si se repite la magnitud, las ciudades construidas en llanura son las más expuestas. "Las ciudades construidas en llanura, como Resistencia o Clorinda o Reconquista, tienen mayor riesgo, debido a que ya han sido amuralladas con defensas y pueden ocurrir lluvias intensas. En este período, obligando a desagotar con bombas, como ya se ha hecho anteriormente en los Niños que hemos tenido", detalla.

¿Están preparadas las defensas? El especialista reconoce que el sistema de protección tiene un límite claro. "El sistema de defensas está construido para superar una creciente como la de 1997-98. En tanto, el río no supere estos niveles, estamos protegidos", afirma. Sin embargo, aclara que ciudades como Resistencia enfrentan una complejidad adicional. "Resistencia tiene una situación aún más crítica porque hay un río que atraviesa la ciudad que es el río Negro. La provincia del Chaco ha construido un sistema para desviar las aguas del río Negro al río Salado cuando se producen crecientes extraordinarias. Todos estos sistemas tienen que estar funcionando perfectamente bien".

El problema no es solo el agua que viene de los ríos. Neiff también alerta sobre los efectos en la infraestructura vial, que muchas veces quedan fuera del foco mediático. "Las rutas resultan exigidas, generalmente por el escurrimiento del agua, que algunas veces las corta o puede descalzar alcantarillas y puentes", señala. Y advierte que los sistemas humanos son los más frágiles frente a la naturaleza. "Las condiciones críticas son los sistemas humanos que no están adaptados. Por ejemplo, la agricultura, la ganadería, la forestación, el turismo, que en un evento de gran magnitud resultan paralizados en alguna medida".

Los ríos tienen sus propios tiempos. El investigador del CONICET explica que la cuenca del Plata no responde como un bloque uniforme, sino que cada río tiene su dinámica. "Los ríos de la cuenca del Plata, el Paraná, el Paraguay y el Uruguay, tienen su eje de escurrimiento en sentido norte-sur y recogen toda el agua que almacenan las lluvias en el Pantanal y en la alta cuenca del río Paraná y del Iguazú. Tienen regímenes diferentes", detalla. "Paraguay es más gradual por la amortiguación que produce el Pantanal de Matogrosso en la alta cuenca. En el caso del río Uruguay, las pendientes del terreno son mayores. Entonces el agua se concentra y escurre en tiempo más corto, lo que hace que las crecientes sean más rápidas y más difíciles de prever a lo largo de los días".

Los ecosistemas naturales están preparados. Los humanos, no. A diferencia de las ciudades y la producción, la naturaleza del Litoral tiene una memoria evolutiva que le permite soportar estos fenómenos extremos. "Los sistemas naturales están muy adaptados a los eventos El Niño extraordinarios. Los árboles de sauce y de aliso soportan más de 1000 días de suelo inundado durante una creciente grande. Los pajonales pueden quedar totalmente tapados de agua y se recuperan sin problemas. Los grandes humedales como el Iberá tampoco sufren los fenómenos de inundación", explica Neiff. El problema, insiste, es lo que el hombre construyó. "Obviamente, los sistemas urbanos son vulnerables: la circulación en las calles, el taponamiento de las vías de desagüe con residuos domésticos, la provisión de energía y a veces hasta de agua potable".

El mensaje final del especialista: alertar sin alarmar. Ante la incertidumbre, Neiff propone una estrategia de preparación que involucra a todos los niveles del Estado y también a la ciudadanía. "Es muy conveniente alertar sin alarmar. Los gobiernos nacional, provincial y municipales deben estar preparados para gestionar situaciones de crisis, recogiendo la experiencia que hemos obtenido en situaciones relativamente recientes de fenómenos El Niño", sostiene. Y también se dirige a la gente de a pie: "Los ciudadanos deben posicionarse en lo que puede ocurrir: cómo tener medios alternativos de transporte, atención asegurada para los niños y adultos mayores, medicamentos e insumos que son de primera necesidad y no siempre fáciles de obtener durante períodos de crisis".

Queda una incógnita central por despejar: la intensidad final. Según la NOAA, la posibilidad de un El Niño muy fuerte (con el índice Niño-3.4 ≥ +2.0°C) depende de la continuación de las anomalías de los vientos del oeste. Neiff recomienda seguir de cerca las actualizaciones. "Debemos estar atentos a las alertas que genera el Servicio Meteorológico Nacional, y a la información que proviene de los centros internacionales de pronóstico, para estar al tanto de la evolución del clima, debido a la variabilidad que presentan estos fenómenos espacial y temporalmente". Los especialistas coinciden en que recién en junio, cuando los modelos superen la llamada barrera de predictibilidad, se podrá contar con estimaciones más sólidas. Hasta entonces, el alerta está encendida sobre el Pacífico.

Pero para que una advertencia sirva, alguien tiene que explicarla. Y ahí aparece otro problema: el vaciamiento del Servicio Meteorológico Nacional.

Sin Servicio Meteorológico Nacional no hay datos

Cindy Fernández, exvocera del Servicio Meteorológico Nacional, pone en el centro de la escena lo que pocos mencionan: el organismo que debería estar alertando a la población sobre un posible Súper Niño está siendo desmantelado. "Cuando hablamos del desmantelamiento del SMN, pensamos en pronósticos menos precisos o datos que faltan. Y sí, eso ya es grave: un país sin información toma decisiones a ciegas", advierte. Pero agrega que hay algo que se nombra menos: "el ataque a la cultura, la educación y la divulgación".

El Museo Nacional de Meteorología está por cerrar. Ubicado en Córdoba, en el mismo edificio donde se creó el SMN en 1872, recibía miles de visitas escolares cada año. Tenía una mini estación meteorológica donde los chicos podían jugar a ser observadores y medir. "Se perdió un espacio único para despertar vocaciones científicas y acercar la meteorología a la gente", lamenta Fernández. Junto al museo, la única biblioteca especializada en meteorología del país también está en peligro. Su acervo incluye documentación que no se encuentra en ningún otro lado y recibe consultas de todo el mundo. "Hoy no hay personal asignado para actualizarla. Está detenida en el tiempo, sin nadie que la mantenga ni responda consultas. Eso no es solo recorte. Es borrar memoria técnica y científica", sentencia.

La tercera pata del desmantelamiento es la comunicación. Hasta hace poco, el SMN tenía un equipo de comunicadores que traducía datos complejos a lenguaje sencillo en redes sociales. Explicaban por qué iba a llover, qué significaba una alerta naranja, cómo leer un radar. Llegaban a millones. Ese equipo ya no existe. "No quedan voceros ni CM. Los medios de comunicación ya no tienen a quién llamar para pedir una postura oficial o una explicación clara antes o después de una tormenta. Silencio absoluto", denuncia Fernández. Las redes sociales del organismo quedaron prácticamente muertas: publican cada tanto, sin criterio, sin respuestas, sin interacción. Antes eran un canal confiable y ágil. Ahora son un cementerio digital".

¿Qué implica esto en la vida real? Fernández es contundente: "Que la gente se informe por influencers, rumores o apps no oficiales. Que ante una alerta real, mucha gente no la vea o no la entienda. Que aumenten los riesgos evitables. Que se rompa el vínculo de confianza entre la ciencia y la sociedad". En medio de un posible Súper Niño que los modelos ya empiezan a anticipar, tener un SMN silenciado no es un detalle menor. No sirve de nada tener modelos que predicen una catástrofe si después no hay quien se la explique a tiempo a la gente que puede salvarse.