Para hablar de la leyenda del lobizón es necesario remontarse a la Rusia zarista. Por entonces existía la superstición de que el séptimo hijo varón de una familia estaba condenado a transformarse en un hombre lobo durante las noches de Luna llena. Con el paso del tiempo, esta historia cruzó el océano junto a las corrientes migratorias y en Argentina adoptó una identidad propia: la del lobizón.
Según la tradición, el temor hacia el séptimo hijo era tan grande que, en algunos casos, derivaba en situaciones de abandono e incluso en crímenes. Para combatir estas creencias, se cuenta que la zarina Catalina la Grande decidió convertirse en madrina de todos los séptimos hijos varones, una práctica que más tarde inspiraría costumbres similares en otros países.
En Argentina, el origen del padrinazgo presidencial se remonta a 1907, cuando Enrique Brost y Apolonia Holmann, un matrimonio de alemanes del Volga radicado en Coronel Pringles, provincia de Buenos Aires, tuvieron a José Brost, su séptimo hijo varón. Preocupados por las supersticiones que rodeaban a estos nacimientos, enviaron una carta al entonces presidente José Figueroa Alcorta para solicitarle que fuera padrino del niño. El mandatario aceptó y así dio inicio a la tradición que se mantiene al día de hoy.
Con el tiempo, esta costumbre primero se sostuvo de manera informal y luego fue incorporada a la legislación. Durante el gobierno de Juan Domingo Perón se impulsó el sistema de padrinazgo presidencial y finalmente quedó establecido por la Ley 20.843, sancionada en 1973. Desde entonces, el presidente o presidenta de la Nación puede apadrinar al séptimo hijo varón, sin que sea necesario que los nacimientos sean consecutivos.
Cómo es la leyenda del lobizón
En Argentina la leyenda del lobizón tuvo especial arraigo en provincias del norte y el litoral, como Misiones, Corrientes, Formosa y Chaco, donde las tradiciones europeas se mezclaron con relatos de origen guaraní. Según estas creencias, el séptimo hijo varón se transformaba en lobizón los martes y viernes por la noche.
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Las descripciones del lobizón varían según la región, pero en general se lo representa como una criatura de aspecto humano que, al caer la noche, adopta rasgos animales y deambula por descampados, cementerios y caminos rurales. Según la creencia popular, este regresaba a su hogar para devorar al resto de los niños de la familia.
