Cada 30 de noviembre se conmemora el Día de la Lucha contra los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), una problemática de salud que afecta a millones de personas en el mundo y, según diferentes estudios, tiene un fuerte impacto, particularmente, en Argentina. Pero en 2025, además, la jornada adquiere una nueva complejidad en el marco de un aumento sostenido de las consultas, la aparición de casos a edades cada vez más tempranas, y el daño que genera la presión estética como consecuencias de las imágenes y discursos que circulan en redes sociales y plataformas.
Paradójicamente, mientras estos padecimientos crecen, el país sigue sin contar con estadísticas oficiales actualizadas que permitan dimensionar con precisión la magnitud del problema y generar una respuesta sanitaria adecuada. Como explican Carola Pechon y Clara Roqué, psicólogas especializadas en la temática, fundadoras de Tándem psicoterapia, las cifras no oficiales que se manejan advierten que entre el 10 y el 15 por ciento de la población padece algún TCA, lo que posiciona a Argentina en el segundo lugar del ranking mundial, “pero la epidemiología en salud mental es casi nula en nuestro país por lo que se termina recurriendo a distintos estudios que se fueron realizando por parte de universidades o centros de investigación”.
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En relación a los factores sociales y culturales que explican este fenómeno a nivel local, y su prevalencia entre mujeres y adolescentes, la psicóloga Clara Roqué, psicoterapeuta en Terapia Cognitivo Conductual y en el Modelo Sistémico Estratégico, y coordinadora del abordaje de los Trastornos de la Conducta Alimentaria, explica que vivimos en una cultura donde el valor de una mujer todavía está muy asociado a su cuerpo, a su delgadez y a su apariencia, mandato que funciona como un caldo de cultivo perfecto para los TCA: “En Argentina, en particular, la presión estética es altísima y aparece en publicidades, redes sociales, filtros, algoritmos que muestran siempre los mismos cuerpos y una asociación directa entre ser delgada y ser valiosa - analiza - Estos grupos sociales son los que sufren en primera persona la exposición permanente a mandatos de belleza imposibles, un proceso de sexualización temprana, la evaluación social permanente, discursos que equiparan delgadez con éxito, presión en redes, comparación constante, y un entorno que les enseña desde muy chicas que su cuerpo ‘está en juicio’".
Ambas coinciden en que se trata de una forma matizada de disciplinamiento estético dado que “no solo se trata de mirar ciertos cuerpos, sino que para alcanzarlos se necesita una cantidad enorme de tiempo, energía mental, recursos económicos y culpa, lo que mantiene, sobre todo a las mujeres, ocupadas, vigiladas y evaluadas. Y eso, lejos de ser superficial, es político”.
Lo que se ve en consultorios: señales tempranas y un cambio generacional
Más allá de la falta de datos certeros, sí resulta indudable la percepción extendida, entre profesionales de la salud, sobre una profundización, a partir de la pandemia, de un problema serio de salud pública que requiere mejores registros, políticas coordinadas y una lectura más profunda de los determinantes culturales que la alimentan. Nutricionistas, psicólogos, psiquiatras y trabajadores de la salud coinciden en identificar un aumento en las consultas y la aparición en edades cada vez más tempranas. A los consultorios acuden jóvenes, sobre todo chicas, desde los 11 años con conductas restrictivas y dañinas. Al respecto la Licenciada en Nutrición Fiorella Scozzafava (matrícula 9311) explica que la tendencia predominante en consultorio es de mujeres y a edades muy tempranas: “en general las primeras señales son a partir de los 13, 12 años. Aparece una dismorfia, una mala percepción de la imagen corporal, que es lo primero que se instala sin que todavía pase a otros síntomas un poquito más específicos, más profundos”.
La licenciada Pechon, quien se entrenó en el Instituto Behavioral Tech (EE.UU) en Terapia Dialéctico Comportamental (DBT), explica que la preadolescencia, etapa vital en la que puede ser riesgoso iniciar dietas, es un momento de extrema vulnerabilidad, identidad frágil, alta sensibilidad al entorno y mucha necesidad de pertenecer. Por eso es importante que los adultos a cargo presten atención a las señales de alarma, vinculadas a “cambios significativos y repentinos en su forma de alimentarse, descenso de peso a una edad que se espera que aumente, verbalizaciones sobre que ‘son gordos’, que se burlan de ellos, que no les gustan partes de su cuerpo, o cuando profesionales de la salud les indican restringir la alimentación de sus hijos porque ‘están en un percentil por arriba del promedio’”.
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Redes, filtros y algoritmos
La pandemia marcó un punto de inflexión en las formas de sociabilidad y los vínculos: más aislamiento, más pantallas, más exposición a vidas ajenas, y una comparación constante con ideales corporales irreales. Y hoy esos efectos se sienten con fuerza. Las nuevas plataformas, redes sociales y medios digitales no solo muestran cuerpos “deseables”, sino que son los encargados de producirlos en el marco de un proceso más amplio de disciplinamiento social y estético. Tal como explican las coordinadoras de Tandem, los algoritmos “privilegian ciertos tipos de cuerpos, repiten esas imágenes miles de veces y hacen que parezca ‘natural’” mientras los filtros “actúan como una especie de edición permanente del yo y te devuelven un cuerpo que no existe, pero que después empezás a perseguir en la vida real”. Esa distancia entre el cuerpo real y el cuerpo filtrado es el caldo perfecto para el descontento corporal.
Si bien lo que sucede en el territorio digital no es la única causa del aumento de los TCA, puede definirse como el ecosistema perfecto para que el malestar circule más rápido y la violencia estética se asiente sobre los cuerpos individualizados y aislados. La multiplicación de filtros que afinan cuerpos, los algoritmos que premian la delgadez, los famosos “body checks” en el espejo disfrazados de empoderamiento, los challenge virales que comparan cinturas o caderas, las cuentas de influencers sin formación que comparten dietas extremas y formas de alimentación restrictivas, y las comunidades que lo dramatizan aparecen una y otra vez en el relato de los pacientes adolescentes.
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"Las redes juegan muchísimo, no solo por lo que se ve, estos ideales de belleza acompañados de felicidad, alegría constante, gente sin problemas, sino también por el tiempo que los adolescentes están en contacto con esto - advierte la licenciada Scozzafava - ahí es donde buscan la información, es un algoritmo justamente que se empieza a armar, es lugar de consulta de todo y además los influencers empiezan a ser, por ejemplo, palabras autorizadas, y eso es un peligro".
La nueva máscara de los TCA : la alimentación "saludable”
A eso se suman las nuevas corrientes estéticas como ayunos, dietas “clean”, y desafíos virales, que bajan a edades cada vez más chicas sin mediación adulta. No casualmente los profesionales describen un aumento de casos vinculados a tendencias como la ortorexia, vigorexia o la búsqueda compulsiva de un ideal “fitness” que más que salud promueve control. “Esto de las modas alimentarias impacta mucho en las dietas, los ayunos, el detox, pero también empieza a pasar muchísimo que se suman la alimentación ovolacto vegetariana como también las intolerancias, o el SIBO - indica la nutricionista - En realidad ahí es donde, en casos sin diagnóstico, se esconden los TCA, donde pueden justificar algunas acciones ultra restrictivas”.
Pechon denuncia que una de las novedades de los trastornos alimentarios es que pueden enmascararse en “lo saludable”, “lo sano”, palabras que el trastorno robó para hacerlas propias y resignificarlas. “En el inicio de la adolescencia cuando se dan ciertos factores de temperamento asociadas al perfeccionismo las posibilidades que realicen cambios alimentarios ‘para que sea más saludable’ es altamente probable que suceda en forma extrema y lleve a ser un factor central para que se desencadena un TCA - explica Pechon - Ortorexia y vigorexia son diagnósticos que en definitiva son adolescentes cumpliendo al pie de la letra lo que la sociedad le pide”.
Crisis socioeconómica y aumento de los trastornos
Diferentes estudios e investigaciones muestran que quienes crecen o habitan en contextos de privación económica, fragmentación social y dificultades financieras presentan más probabilidades de desarrollar conductas alimentarias desordenadas, insatisfacción corporal, y otros padecimientos de salud mental. Esa vulnerabilidad no proviene solo de un ideal estético, sino de las condiciones estructurales deficientes y un escenario de estrés permanente en el que la vida cotidiana se vuelve más incierta.
La relación es directa y cada vez más visible. “Los TCA no aparecen de la nada sino que necesitan un evento estresante y una dieta restrictiva que genere descenso de peso, eso junto pone en marcha el circuito del trastorno alimentario. Pero ese inicio ocurre dentro de un contexto. Y ahí entra la precarización: más malestar familiar, más incertidumbre emocional, más tensión en la convivencia, más chicos y adolescentes pasando tiempo solos, menos contención, menos presencia adulta y menos espacios de regulación - analiza la psicóloga Clara Roqué - En ese escenario, una dieta restrictiva aparece como una forma rápida de recuperar control, un poco de ‘alivio’, en un mundo donde nada parece controlable”.
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Justamente por eso cuanto mayor es la precarización económica y el estrés cotidiano, más adolescentes y jóvenes quedan vulnerables a caer en discursos y practicar conductas que luego se transforman en trastornos alimentarios.
Entre la ley y la realidad: qué falta en el sistema de salud
Aunque Argentina tiene una ley específica, la 26.396, que declara de interés nacional la prevención y control de trastornos alimentarios y obliga a registrar y monitorear casos, su implementación nunca se tradujo en estadísticas nacionales públicas y periódicas. Y sin datos consistentes resulta imposible realizar un diagnóstico real que permita diseñar y planificar políticas de prevención, fortalecer redes de atención o identificar zonas con mayor riesgo. El abordaje sigue dependiendo, en gran medida, del compromiso de equipos interdisciplinarios o entidades privadas.
Lamentablemente el sistema de salud público argentino hoy no está preparado para recibir la demanda de consultas por TCA. De hecho, hay más opciones en el ámbito privado y generalmente se concentran en las grandes ciudades. Según explican las especialistas de Tandem, la falta de políticas específicas se vincula con la ausencia de estos temas en la currícula de carreras como psicología, nutrición y medicina: “La capacitación de los profesionales de la salud es clave para modificar esta situación, y se encuentra en manos de quienes están liderando la gestión de servicios de salud. La capacitación se puede realizar en un trimestre, la implementación de los tratamientos es posible y los resultados son muy buenos”, señala Pechon.
En Tándem psicoterapia vienen trabajando, a través del posgrado en TCA, en la formación y capacitación de profesionales de Argentina y América Latina para que puedan ser capaces de detectar a tiempo y ofrecer tratamiento. “Desde el inicio, una de nuestras metas fue llegar a capacitar a profesionales del ámbito público dado que es una necesidad imperiosa. En el ámbito público cuentan con algo fundamental: la multidisciplina si a eso le suman la capacitación, estaríamos más cerca de una solución a algo tan doloroso”, advierten.
Por eso, más que repetir cifras dudosas e indignarnos con un ranking exógeno, este 30 de noviembre el objetivo debe ser insistir en lo que sí está claro: Argentina necesita un mapa actualizado de TCA, financiamiento público para equipos interdisciplinarios, formación específica para profesionales de la salud, campañas escolares que integren mirada de salud mental y alfabetización digital, y regulaciones que protejan a las infancias del contenido que hoy circula sin filtros.
