De la pileta a las pantallas: cómo cambió el verano de los niños con el encierro digital

Mientras el verano solía ser sinónimo de calle, movimiento y juego compartido, hoy para millones de niñas, niños y adolescentes se transforma en tiempo de encierro, pantallas y sedentarismo. Un análisis sobre cómo el corrimiento del cuerpo hacia lo digital redefine el descanso, el aprendizaje y los vínculos en las infancias contemporáneas.

14 de enero, 2026 | 16.47

Durante décadas en Argentina, el verano estuvo asociado a un imaginario social casi automático: pileta, plazas, bicicletas, clubes de barrio, playa, guerra de bombuchas, calles repletas de chicos y chicas, juegos al aire libre, cuerpos en movimiento constante. Las vacaciones representaban para los pibes y pibas la posibilidad de vivir nuevas aventuras e historias extraordinarias que quedaban guardadas en la memoria para siempre. El verano era el momento del año para explorar y experimentar sin límites, sin horarios fijos, sin responsabilidades.

Esa imagen repetida, algo nostálgica para quienes nacieron y crecieron a fines del siglo pasado, hoy no logra representar ni de cerca lo que efectivamente sucede en el verano contemporáneo. En muchos hogares, sobre todo en las áreas metropolitanas, las altas temperaturas, las formas que han adquirido los vínculos sociales, la trama urbana gris, la inseguridad y una situación económica que achica las oportunidades y consumos, han convertido a las vacaciones en tiempo de encierro, rutinas fragmentadas y pantallas como respuesta a todo: celulares, tablets, consolas y TV.

Durante las vacaciones millones de familias deben reorganizar sus rutinas y dinámicas sin escuela, y sin la estructura cotidiana que, durante el año, ordena buena parte del tiempo y las actividades de las infancias. Es por eso que en esos meses de receso, atravesados por fuertes desigualdades materiales y simbólicas, se consolida un fenómeno cada vez más visible: el aumento sostenido del uso de pantallas por parte de niñas, niños y adolescentes.

El fenómeno se inscribe en un contexto más amplio donde las tecnologías digitales y dispositivos tecnológicos ya forman parte del entramado ordinario, teniendo en cuenta que, según un estudio de la UNESCO en conjunto con la Universidad de San Andrés, más del 90 por ciento de los hogares cuenta con al menos un teléfono celular con acceso a internet,  y 9 de cada 10 de niñas, niños y adolescentes usa dispositivos de manera cotidiana. Diversos estudios realizados muestran que existe una relación directa entre el crecimiento del tiempo entre cuatro paredes frente a pantallas, y la disminución del juego corporal, el movimiento o la vida compartida con otros. En vacaciones de verano, cuando se amplía el tiempo libre, ese desequilibrio se profundiza. 

Pediatras, psicomotricistas, y especialistas en crianza advierten que el problema no radica únicamente en la cantidad de horas expuestas a pantallas, sino en las consecuencias que eso genera a largo plazo: menos juego con el cuerpo, menos interacción cara a cara, menos diálogos y conversaciones, menos movimiento y coordinación, más sedentarismo y por ende riesgo de sobrepeso y otras condiciones de salud, más soledad y mayores dificultades para relajarse y conciliar el sueño, especialmente en adolescentes cuando el uso de dispositivos se extiende hasta altas horas de la noche.

El cuerpo infantil como territorio de control

El impacto del uso intensivo de pantallas no se limita a lo cognitivo o emocional. Involucra de manera directa al cuerpo infantil, las acciones y comportamientos posibles. Siguiendo a Foucault, es posible leer este fenómeno como parte de una transformación más amplia en las formas contemporáneas de control: ya no se trata de imponer disciplina a través de la prohibición, sino de administrar conductas y subjetividades, incluso en el tiempo libre y a temprana edad.

El cuerpo infantil que históricamente fue ruidoso, móvil, imprevisible, contingente , se vuelve un cuerpo a gestionar, a controlar, como un tamagochi de carne y hueso. Menos libertad de moverse y experimentar, menos ocupación y uso del espacio, menos interrupción del orden adulto y el mandato de la productividad. Las pantallas operan como dispositivos silenciosos que organizan el tiempo y el cuerpo sin necesidad de coerción explícita. Capturan la atención, inducen quietud, reducen el desborde, creando pequeños soldados reproductores del sistema.

El filósofo Byung-Chul Han describe, en La sociedad del cansancio, el pasaje desde una sociedad disciplinaria hacia una sociedad del rendimiento, donde los sujetos se autoexigen de manera permanente bajo la ilusión de libertad. Las infancias no quedan al margen de este proceso. Las pantallas no imponen quietud mediante castigos, sino a través de la seducción permanente y el entretenimiento. El resultado es una paradoja cada vez más extendida: cuerpos inmóviles y psiquismos hiperactivados. La pérdida del juego físico, del contacto con la otredad y del movimiento no aparece como un daño colateral, sino como una consecuencia coherente con un modelo social que prioriza la competencia, la previsibilidad y la eficiencia.

Cuerpo, movimiento y aprendizaje

Tal como plantea la cofundadora de Bienestar Digital, Lucía Fainboim, en el libro “Conectar en tiempos de pantalla”, publicado recientemente por Editorial Chirimbote, “los niños y niñas necesitan moverse y tramitar con el cuerpo lo que observan, experimentan, sienten y viven. El cuerpo baila al ritmo de la mente y esa combinación los vuelve muchas veces revoltosos, visibles y demandantes”. Características que, en este mundo adulto del híper rendimiento, suelen percibirse como un estorbo que pantallas pueden distraer, evadir o administrar.

Según la especialista en crianza digital los dispositivos fomentan “una quietud excesiva, un sedentarismo físico que convive con una excitación psíquica”. La mente híper estimulada sin pausa disociada de un cuerpo inmóvil genera escenarios que inquietan cada vez más a docentes, educadores, pediatras. El libro retoma el testimonio de un director de escuela primaria, participante de los talleres sobre bienestar digital, quien explica que luego de los recesos por vacaciones se observa de forma alarmante, en el nivel primario especialmente, “la torpeza, golpes exagerados o incluso lesiones se multiplican por lo hiperconectados que están durante el tiempo de vacaciones”. En la misma línea, una directora de un instituto educativo señala: “Vemos chicos desconectados de su cuerpo, sin saber manejarlo y con niveles de torpeza enormes, como nunca hemos visto”.

Estos hallazgos, analiza Fainboim, que son inadvertidos o minimizados por las familias, se expresan cuando el cuerpo empieza a manifestar estrés, irritabilidad, malestares posturales, fatiga visual o problemas de conducta: “aparece mucho bruxismo, rectificación cervical, cuestiones que antes no pasaban, muchos chicos comiéndose las uñas como nunca. Hay un estrés acumulado por un por una sobreestimulación que están viviendo pero no la están pudiendo expresar con el cuerpo”.

Hiperestimulación temprana y subjetividad fragmentada

El verano, históricamente asociado al descanso y al tiempo libre, deja de funcionar como pausa y espacio que despierta la imaginación para convertirse en otro incentivo de consumo ininterrumpido, de estímulos y captura constante de la atención. Este proceso no puede leerse de manera individual, ni moralizante, dado que la realidad socioeconómica no permite a todas las familias pagar colonias privadas, ir a clubes, organizar viajes o actividades al aire libre. Esto de profundiza en las áreas urbanas, como la ciudad de Buenos Aires, donde faltan espacios verdes e instancias recreativas, particularmente en los barrios más vulnerables. El ajuste, la precarización laboral y la desigualdad también atraviesan como se usa el tiempo libre y para muchos chicos y chicas el verano termina siendo de encierro, calor y pantallas como única posibilidad.

Asimismo, el aumento del tiempo frente a dispositivos fomenta procesos de hiperindividualización temprana y quiebre de lazos. Se debilita la socialización que históricamente se producía en la calle, la plaza, el club o el barrio. Se pierde experiencia de lo común, del conflicto compartido, de la negociación con otros cuerpos presentes. Conjuntamente el corrimiento hacia el territorio digital implica también una mayor exposición a discursos y opiniones peligrosa que circulan en redes sociales sin mediación adulta ni herramientas críticas. Allí se consumen sentidos comunes, estereotipos y narrativas que moldean subjetividades desde edades cada vez más tempranas.

Este repliegue del espacio público y del cuerpo colectivo termina reforzando un modelo de subjetividad funcional al paradigma que hoy impulsan los discursos y proyectos políticos de derecha a escala global: individuos más solos, menos organizados. Por eso, el escenario exige una discusión profundamente político sobre las infancias. Con más del 90% de los hogares con acceso a internet, el eje se desplazó y no es la brecha digital la que organiza la desigualdad. Hoy la nueva brecha, más silenciosa y efectiva, es la del acceso a la desconexión, al tiempo y aire libre, a espacios verdes de calidad, a la posibilidad de salir de casa y habitar la calle seguros, de ir a la plaza o hacer deporte en el club, y también al tiempo disponible de los adultos para acompañar todas esas vivencias. En un contexto de precarización laboral y ajuste, el tiempo se vuelve un bien escaso y profundamente desigual. Y esa desigualdad moldea cuerpos, subjetividades y trayectorias, determinando qué infancias pueden explorar, jugar y encontrarse con otros, y cuáles quedan confinadas al encierro y la hiperestimulación digital.