En los primeros meses de 2026, el planeta nos envió señales no muy alentadoras. Incendios en África, Asia, América del Norte y Australia (además de los que devastaron grandes áreas en Argentina y Chile) consumieron más de 150 millones de hectáreas de vegetación, un 50% más que el promedio reciente y un 20% más que cualquier año anterior desde que comenzó el seguimiento satelital global en 2012. Las temperaturas de la superficie del mar se acercan a valores récord. El hielo marino del Ártico alcanzó sus mínimos históricos por segundo año consecutivo. Y sobre todo esto, se escuchan voces advirtiendo que habría altas probabilidades de que en la segunda mitad del año se desarrolle un “Super El Niño”, el mayor fenómeno natural de variabilidad climática originado por el calentamiento de las aguas del Pacífico tropical, que se da cuando las temperaturas superficiales del océano superan la media en 2°C o más. Desde 1950, solo cuatro episodios cruzaron ese umbral: en 1972/73, 1982/83, 1997/98 y 2015/16. El evento de 2023/24 llegó al límite exacto de 2°C.
Medios de todo el mundo se hacen eco de esta preocupación porque las proyecciones actuales de los principales modelos de predicción estacional sugieren que el pico del evento 2026/27 podría ubicarse entre +2,5 y +3°C. “En este momento hay una probabilidad de entre el 20 y el 30% de que tengamos un El Niño fuerte –dijo la doctora Friederike Otto, profesora de Ciencias del Clima en el Centro de Política Ambiental del Imperial College London y cofundadora de World Weather Attribution, la iniciativa científica que analiza el vínculo entre eventos extremos y cambio climático, en una rueda de prensa convocada esta semana para presentar sus implicancias–. Pero hay otra cosa por tener en cuenta: nosotros encontramos que el cambio climático antropogénico tiene una influencia mucho mayor que El Niño en la intensidad de eventos extremos. Así que, si en el segundo semestre efectivamente éste se produce, hay altas chances de que genere eventos extremos que no fueron observados con anterioridad”. Entre ellos, destacan, las sequías e incendios.
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Sin embargo, no todos son tan enfáticos. Leandro Díaz, del Centro de Investigaciones del Mar y la Atmósfera (CIMA) de la Facultad de Ciencias Exactas de la UBA, aclara que “si bien existe en los pronósticos la posibilidad de un Niño muy intenso, los modelos que predicen esto todavía tienen una dispersión grande de escenarios posibles. Además, estamos en una época del año donde estos tienen menor capacidad para predecir lo que va a pasar en los próximos meses. Dicho esto, sí es cierto que las observaciones ya están yendo en dirección a un Pacífico tropical más caliente. Acerca de lo que todavía no tenemos tanta confianza es sobre su intensidad”.
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Marisol Osman, también investigadora del CIMA, es explícita: “No me gusta el uso del término ‘Súper El Niño’. Tenemos bastante certeza de que se va a producir [este fenómeno], pero un poco menos sobre su magnitud. ¿Hay chances de que sea un Niño fuerte? Sí, es importante prepararse, pero me parece incorrecto asumir un tono catastrófico”.
Para los expertos internacionales, con El Niño en desarrollo, el mayor peligro potencial es la multiplicación de incendios y las regiones de mayor riesgo para el segundo semestre son Australia, el noroeste de Estados Unidos y Canadá, y la Amazonia. En estas zonas, el fenómeno tiende a generar condiciones de calor y sequía extremos que podrían promoverlos.
Para la Argentina, afirman, las consecuencias más probables incluyen una acentuación de las condiciones de sequía en la región pampeana y el norte del país, con impacto directo sobre la producción agrícola y ganadera, olas de calor más frecuentes e intensas, y un mayor riesgo de incendios forestales en la Patagonia y en las provincias del Norte, donde los últimos años ya mostraron temporadas de fuego severas.
El Súper El Niño produciría en la Argentina fases cálidas acompañadas de lluvias por encima de lo normal en el Litoral, pero simultáneamente generaría déficit hídrico en la región andina y la Patagonia y favorecería el desarrollo de tormentas severas con granizo y vientos extremos en la zona central del país. Sin embargo, Osman puntualiza que “las inundaciones en el Este durante la primavera son la señal más clara, pero es raro que un Niño dé zonas secas en nuestro país”.
Díaz opina que si se diera un evento muy extremo, no tenemos muchos registros históricos para comparar. “Lo que en general sabemos es que, en promedio, según la intensidad que tienen los eventos El Niño (medida por el grado del calentamiento en el Pacifico Tropical), se acentúan sus efectos –explica–: condiciones más húmedas en el sudeste de Sudamérica (este de Argentina, sur de Brasil), que pueden dar lugar a fenómenos más severos de precipitación/granizo, condiciones más secas en la región andina y el oeste de la Patagonia, que pueden favorecer la aparición de incendios si se dan otras condiciones, y sequías en la zona amazónica que también pueden ocasionarlos. Los impactos, acá, dependen de la interacción de este fenómeno con otros, que pueden acentuarlos o moderarlos”.
También Matilde Rusticucci, investigadora del Conicet y profesora del Departamento de Ciencias de la Atmósfera de Exactas/UBA, aclara que lo que está comprobado es que en primavera (octubre, noviembre y diciembre) "lo que se da [cuando hay un Niño] es un exceso de precipitaciones, principalmente en la Mesopotamia, asociado con frío en el resto del país. En invierno, generalmente hace más calor en el Norte, con lluvias".
Mauricio Saldívar escribe en Meteored que "En el verano 2026-2027, cuando El Niño esté plenamente activo, el núcleo lluvioso cubrirá Corrientes, Entre Ríos, Santa Fe y el noroeste bonaerense, con excesos que rondarán los 60 mm o más en todo el trimestre. Para el agro, eso puede ser alivio en zonas con déficit, pero también riesgo real de inundaciones en áreas pampeanas ya saturadas, el mismo patrón que en 1982-83 y 2015-16 dejó pérdidas agropecuarias multimillonarias. Y la ganadería deberá tomar medidas de precaución, especialmente aquella que se lleva a cabo en los humedales del delta del Paraná. Las ciudades tampoco quedan al margen. Es el momento de revisar o adquirir las bombas de drenaje para mitigar el riesgo de inundaciones".
Fuera de este fenómeno en particular, los expertos convocados por el Imperial College son enfáticos sobre otro punto: las fluctuaciones naturales empeoran por el calentamiento global subyacente. “El Niño va y viene –comentó Otto–. El cambio climático, en cambio, empeora en tanto no dejemos de quemar combustibles fósiles. Esa es la razón de fondo para preocuparse".
Jemilah Mehmood, directora ejecutiva del Centro Sunway para la Salud Planetaria, subrayó que la Organización Meteorológica Mundial viene advirtiendo que el planeta se encuentra “en un desequilibrio mayor que en cualquier momento de la historia observada. Cada vez con mayor frecuencia se registran eventos que habrían sido considerados estadísticamente improbables hace apenas una generación.
En los Estados Unidos, la ola de calor de marzo fue catalogada como la geográficamente más extensa de la historia del país. En España, enero y febrero fueron los más lluviosos en casi medio siglo, apenas después de la sequía más pronunciada en 1200 años. Groenlandia vivió su enero más cálido desde que hay registros. En Australia, las temperaturas superaron los 40°C y dispararon incendios. En la India, el termómetro llegó a 46°C. En Brasil, varios estados registraron el mes más lluvioso de su historia, con inundaciones y deslizamientos mortales”.
Y agregó: “El calor no inspira titulares como los desastres. No produce imágenes que originan financiamiento de emergencia. Mata silenciosamente en las casas, en espacios abiertos, a los trabajadores que no tienen otra opción más que estar en el exterior. Cada año, 546.000 personas mueren por causas vinculadas con el calor (y deben estar subestimadas por deficiencias de los registros, especialmente en países de ingresos medios y bajos). Normalizamos una emergencia de salud pública evitando nombrarla. Y aquellos que menos contribuyeron a crear esta crisis son los que pagan los mayores costos en salud. Un día caluroso se convierte en una semana calurosa, que se convierte en una estación calurosa, que se convierte en la nueva normalidad. Y nos adaptamos. Y nos adaptamos y nos adaptamos, hasta que el daño acumulado es irreversible y la ventana de acción se cierra. El cuerpo humano puede regular su temperatura dentro de un rango muy estrecho. Cuando la medida combinada de calor y humedad alcanza los 35°C o más durante seis horas, el cuerpo promedio ya no puede enfriarse por sí solo. Sobreviene la falla orgánica, el daño cerebral y muerte. No es alarmismo, es fisiología. Y alrededor del 30% de la población mundial ya está expuesta a esas condiciones al menos 20 días al año. Con la trayectoria actual, ese porcentaje podría llegar al 74% para 2100. El humo de los incendios forestales no es contaminación ordinaria. Y el calor no actúa solo: deteriora la calidad del aire, amplifica las enfermedades respiratorias y desencadena eventos cardiovasculares. En el sudeste asiático, esta convergencia ya se siente de manera aguda. Todos hemos visto la neblina tóxica. Sabemos lo que les hace a las escuelas, a los hospitales, a los pulmones de los niños (…) Pero el daño va mucho más allá de los pulmones. Estamos documentando enfermedades cardiovasculares, afecciones neurológicas, agravamiento de la diabetes, enfermedad renal y, cada vez más documentados, impactos en la salud mental: ansiedad, trauma, el costo psicológico de ver arder tu entorno [por incendios], desaparecer tu hogar, derrumbarse tu comunidad. El objetivo [de presentar estos datos] no es aterrorizar, sino impulsarnos a planificar ahora en lugar de reaccionar después. La ventana de adaptación se está cerrando, y el tiempo para las respuestas graduales ya pasó”.
Otto y los otros especialistas señalaronn con inquietud el retroceso político reciente: varios gobiernos redujeron sus compromisos climáticos, se alejaron de los objetivos de cero emisiones netas y redujeron inversiones en adaptación, justamente cuando los impactos del calentamiento ya alcanzado (todavía por debajo de los 1,5°C) son devastadores en la práctica cotidiana.
"Debemos entender que la acción climática no es un costo, sino una inversión –planteó la embajadora Patricia Espinosa, exsecretaria ejecutiva de la Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático–. ¿Qué hay que hacer? Necesitamos ser más ambiciosos en las contribuciones de cada país y en nuestras metas. Y estar dispuestos a tomar decisiones valientes”.
