En el Care for Wild Rhino Sanctuary, en Sudáfrica, hay una escena que desarma incluso a los conservacionistas más experimentados: Daisy, una cría de rinoceronte blanco, y Modjadji, una cebra de llanura, pasan los días corriendo juntas, jugando con una pelota o durmiendo acurrucadas, como si siempre hubieran formado parte de la misma especie.
“No te puedes imaginar lo adorables que son estas dos”, resume Petronel Nieuwoudt, fundadora del santuario, quien estuvo a cargo de su rehabilitación. La imagen resulta aún más conmovedora cuando se conoce el origen de esta amistad improbable: ambas llegaron al mundo completamente solas.
Modjadj fue encontrada en el Parque Nacional Kruger tras una fuerte tormenta. Estaba sola, débil y sufría anemia transmitida por garrapatas, una condición potencialmente mortal. Su nombre no es casual: lleva el de la diosa local de la lluvia, en homenaje al clima extremo que marcó su rescate.
Pocos días después, los guardabosques dieron con Daisy. Tenía apenas 12 horas de vida, aún conservaba el cordón umbilical y padecía una infección grave. Todo indica que su madre fue víctima de la caza furtiva, una de las principales amenazas que enfrentan los rinocerontes blancos. Separadas, difícilmente habrían sobrevivido. Juntas, con el acompañamiento humano, tuvieron una segunda oportunidad.
Un vínculo que reemplazó a las madres ausentes
Aunque los rinocerontes blancos y las cebras no suelen interactuar de forma estrecha en la naturaleza, Nieuwoudt decidió juntarlas para que recibieran el consuelo físico y emocional que les faltaba. “A ellas les encantaba tocarse mientras dormían”, cuenta. “Es esa sensación de saber que hay otro pequeño aliento y otro latido al lado”.
Desde el punto de vista científico, la decisión tuvo sentido. Según explica Terri Roth, especialista en rinocerontes del zoológico de Cincinnati, el juego y la socialización temprana son claves para el desarrollo físico y emocional de los animales huérfanos. “Ayuda a aprender límites, habilidades sociales y destrezas que serán fundamentales en la adultez”, señala.
En libertad, los territorios de cebras y rinocerontes se superponen: ambos son herbívoros de sabana y comparten zonas de alimentación. Además, pertenecen al mismo grupo zoológico, los perisodáctilos, lo que los hace más cercanos de lo que parece.
“Taxonómicamente, están más emparentados que muchas otras especies”, explica Roth, lo que ayuda a entender por qué un rinoceronte puede convertirse en un compañero sustituto para una cebra y viceversa.
Crecer para volver a ser libres
A medida que pasan los meses, los caminos de Daisy y Modjadji empiezan a diferenciarse. La cebra necesita aprender la jerarquía de su manada, un sistema social complejo en el que las hembras dominantes guían al grupo. Por eso, Modjadji ya pasa más tiempo con otras cebras en un área protegida, aunque todavía regresa al santuario para dormir una siesta junto a Daisy.
Daisy, en cambio, continúa en el centro, donde aprende a relacionarse con otros rinocerontes huérfanos. Algunas habilidades, como encontrar charcos de barro o fuentes de agua, solo pueden aprenderse junto a individuos de su especie.
El objetivo final es el mismo para ambas: volver algún día a la vida salvaje. Nieuwoudt imagina ese futuro con esperanza, quizás pastando cerca una de la otra, como cuando eran pequeñas y se necesitaban para sobrevivir.
