Los humanos pueden “sentir” objetos sin tocarlos: el estudio que amplía los límites del tacto

Un experimento científico realizado en Londres demostró que las personas pueden detectar objetos enterrados sin llegar a tocarlos. No es intuición ni casualidad: se trata de una forma poco explorada del tacto humano, respaldada por datos y modelos físicos.

09 de febrero, 2026 | 14.10

El tacto suele entenderse como un sentido que se activa solo cuando hay contacto directo: la piel presionando una superficie, los dedos rozando un objeto, la fricción que confirma que algo está ahí. Sin embargo, en la vida cotidiana ocurren situaciones que desafían esa idea: una mano que se frena justo antes de chocar con algo oculto, una resistencia inesperada bajo la arena, una sensación difícil de explicar que anticipa un obstáculo.

Durante años, estas experiencias se interpretaron como coincidencias o simples corazonadas. Pero una investigación reciente propone una explicación muy distinta, basada en evidencia experimental. El estudio fue presentado en el IEEE International Conference on Development and Learning y desarrollado por científicos de la Queen Mary University of London y University College London. Sus resultados sugieren que los humanos pueden detectar objetos enterrados sin llegar a tocarlos, gracias a una forma de sensibilidad táctil que actúa a muy corta distancia. No se trata de un nuevo sentido, sino de una extensión inesperada del tacto humano, documentada por primera vez de manera sistemática.

El desafío de encontrar lo que no se ve

Hasta ahora se sabía muy poco sobre cuán lejos puede anticiparse el tacto humano antes del contacto. Ese vacío es el punto de partida del trabajo científico. Tal como señalan los autores en el resumen del artículo: “Este estudio presenta un enfoque novedoso de localización basada en el tacto mediante un experimento en humanos con 12 participantes, diseñado para evaluar la sensibilidad de la yema del dedo a las señales táctiles de objetos enterrados”. El foco no está en tocar, sino en lo que ocurre justo antes.

Antes de experimentar con personas, los investigadores se apoyaron en estudios previos sobre animales. Algunas aves limícolas, como los correlimos, son capaces de localizar presas enterradas bajo la arena sin verlas ni tocarlas directamente. Lo hacen detectando pequeñas perturbaciones mecánicas en los granos de arena cuando hay un objeto sólido cerca.

Los humanos pueden “sentir” objetos sin tocarlos: el estudio que amplía los límites del tacto.

La hipótesis del equipo fue que los humanos podrían compartir parte de ese principio físico. No porque tengan órganos especializados como los picos de las aves, sino porque la mano humana podría ser mucho más sensible de lo que se creía a cambios mínimos de resistencia y desplazamiento del material granular.

No hay nada esotérico en el planteo. Todo se apoya en leyes físicas conocidas, modelos teóricos sobre cómo se transmiten las fuerzas en la arena y una pregunta central: ¿puede el sistema nervioso humano percibir esas señales débiles?

El experimento: detectar sin tocar

Para poner a prueba la hipótesis, el equipo diseñó un experimento controlado con 12 participantes. Cada persona introducía el dedo índice en una caja llena de arena seca y lo movía lentamente siguiendo una trayectoria indicada por luces LED. En algunos ensayos había un cubo enterrado; en otros, no.

El diseño eliminó pistas visuales y controló la velocidad del movimiento, un factor clave para que las señales mecánicas fueran comparables. Los resultados fueron contundentes: los participantes lograron anticipar la presencia del objeto con una precisión del 70,7% a una distancia promedio de 6,9 centímetros.

Los humanos pueden “sentir” objetos sin tocarlos: el estudio que amplía los límites del tacto.

El estudio también explica por qué esta capacidad es posible. Al mover el dedo por la arena, se genera una zona de desplazamiento delante de él. Si dentro de esa zona hay un objeto enterrado, la arena responde de forma distinta: cambia ligeramente la resistencia y la dirección de las fuerzas que llegan a la piel. Al modelar estos procesos, los autores concluyen que: “La mano humana es mucho más sensible de lo que se creía anteriormente”.

No hay nuevos receptores ni órganos desconocidos. Lo que ocurre es una combinación extremadamente eficiente entre mecanorreceptores cutáneos y procesamiento cerebral. El cerebro interpreta patrones de presión muy sutiles como una señal anticipatoria de contacto.