Hay canciones que se convierten en verdaderos fenómenos culturales, piezas capaces de modificar el paisaje cotidiano de un país. En la década dorada del folklore argentino, existió una zamba que tuvo la fuerza de un huracán: fue la responsable directa de que las guitarras se vendieran como pan caliente en todas las casas de música. Esa obra era Angélica, y su historia combina el romance, la audacia compositiva y el ojo clínico de Horacio Guarany.
El cerebro detrás de este clásico fue Vicente Cambareri, nacido el 16 de agosto de 1925 en Balcarce. Cambareri pasó su niñez en Los Toldos, provincia de Buenos Aires, y desde muy chico sintió el llamado de la poesía: a los 12 años ya escribía sus primeros versos en secreto, "detrás del almanaque, para que nadie los viera", según evocaría décadas más tarde. Con el tiempo, se convirtió en guitarrista, autor y compositor.
Durante una de esas largas giras antes de comenzar los años 60, Horacio Guarany lo escuchó tararear una melodía en el fondo del colectivo. Impresionado, el cantor le dijo sin vueltas que eso era "un zambón" y que la iba a grabar. Guarany no solo cumplió su promesa en 1959, sino que además rebautizó al creador con el nombre que pasaría a la posteridad: Roberto Cambaré.
Durante años, el público se preguntó si la mujer y el paisaje de la canción eran reales o meras herramientas de la imaginación. En marzo de 1963, en una entrevista concedida a Bernardo Noel para la célebre revista Folklore (Nº 40), el propio Cambaré disipó las dudas: "Todo es rigurosamente cierto, aunque magnified por el recuerdo. Quien ama exagera tanto los dones como el desdén de la amada cuando convierte su recuerdo en poesía".
El autor relató que vivió en Salsipuedes —el pueblito cordobés que menciona la letra— hacia principios de los años 50. Siendo soltero, conoció allí a una joven veraneante: "Una niña morocha, de cabellos largos flotando sobre la espalda, no muy alta, delgada, un lindo tipo de criollita. Nos entendimos con los ojos, más que hablarnos". El idilio duró apenas un mes debido al regreso de ella a Buenos Aires. Aunque no hubo un conflicto formal, la distancia enfrió la relación. El nombre de aquella musa era, efectivamente, Angélica.
La canción no nació en las sierras cordobesas, sino en Mar del Plata, en el paraje "El Gaucho", donde Cambaré había construido una casa con sus propias manos. Fue en el otoño de 1958, cerca de las diez de la mañana. Mientras su madre le cebaba mates, el músico compuso el tema casi de un tirón. Curiosamente, la primera auditora de la obra no quedó conforme: A su madre no le gustó el tema y hasta le aconsejó que no lo mostrara.
Pese al augurio materno, Cambaré confió en su creación, la cual había sido diseñada bajo un estricto y curioso plan técnico. El compositor se había propuesto el desafío de escribir una zamba con versos terminados en palabras esdrújulas, lo que forzaría la creación de una melodía diferente y sincopada. Las dos primeras palabras que surgieron en su mente fueron Angélica y Córdoba. A partir de una pequeña lista de términos con esa misma acentuación, fue moldeando la letra y la música en simultáneo.
Tradición, evolución y éxito masivo de la zamba
El lanzamiento de Angélica no estuvo exento de la polémica habitual de la época. Los sectores más ortodoxos del folklore la criticaron argumentando que rompía con las formas clásicas de la zamba. Ante esto, Cambaré se defendió con una lucidez conceptual impecable: "Yo no hago folklore, sino música popular de raíz folklórica. Creo que lo que no evoluciona se parece a una laguna y lo que evoluciona, a un río. La laguna tiene las aguas estancadas. El río renueva su caudal". Para el autor, los creadores de su tiempo generaban "retoños nuevos en una planta cuya raíz está metida en el folklore".
El tiempo le dio la razón. Tras el estreno inicial de Horacio Guarany para el sello Record, la canción se transformó en un clásico instantáneo que rompió todas las barreras comerciales. Prácticamente todos los sellos discográficos de la época registraron la obra a través de sus artistas más importantes: Los Andariegos, Los Cantores de Quilla Huasi, Jorge Sobral, Carlos García, Los Chalchaleros y Los Fronterizos, entre muchos otros.
Aunque Roberto Cambaré legó otras grandes páginas a la música popular argentina —como Del algarrobo al ombú, Mi luna cordobesa, Paisaje sureño, Provinciania o Tú (muchas de ellas en colaboración con firmas de la talla de Oscar Valles o Víctor Velázquez)—, ninguna alcanzó la categoría de mito de aquella composición nacida entre mates y recuerdos de un amor de verano.
