Hasta hace unos meses atrás, Lucía Solla Sobral vivía una vida atravesada por la literatura pero únicamente como lectora. Sin embargo, tras publicar su novela Comerás Flores, todo trascendió. No solo empezó a ser escritora, sino que se convirtió en la revelación literaria del año, respondiendo a una necesidad que no sabía que tenía el público lector: entender la violencia psicológica desde el lugar de una víctima que, desde el estereotipo, tiene todo para no serlo. Pero en esta vorágine de lograr que su libro llegue a todo el mundo, la autora reflexionó: "Me cuesta reconocerme como escritora porque siento que todavía tengo mucho que demostrar".
Comerás Flores es un libro fuerte pero necesario, de esos que por el horror que narran no se pueden leer de un tirón. Los que generan la sensación de querer entrar en la historia y rescatar a la protagonista, liberarla del dolor. Marina es una joven de 25 años que acaba de perder a su papá y, en su estado de vulnerabilidad, conoce a Jaime, un hombre 20 años mayor que ella que la conquista. Sin embargo, lo que en un principio parece un vínculo perfecto empieza a mostrar su lado oscuro. Ese hombre que parecía ser la pareja perfecta poco a poco se mete en la mente de Marina, manipulándola a su gusto y haciéndola olvidar quién es, cuál es su esencia.
"El primer personaje que tuve claro fue Marina porque se nos suele hablar de una víctima muy prototípico como aislada, totalmente cegada, sin recursos económicos, sin formación, y ella es todo lo contrario", confesó la autora en diálogo con El Destape. Asimismo, sumó: "Mis amigas no son así, muchas de las mujeres a las que he ido conociendo que sufrieron violencia de género no son así. Hay tantos perfiles como mujeres. Entonces me interesaba precisamente crear un personaje que pudiese ser cualquiera, que pueda ser cualquiera de nuestras amigas o incluso nosotras mismas". Marina es una chica con formación feminista, un círculo de contención y mucha información a su alcance; sin embargo, cae en la manipulación de Jaime. Esa "paradoja" que puedo sorprender a muchos es la pura realidad, pero no tiene que ver con ella, sino con cinismo de su pareja.
Sobre esto, Lucía confesó: "Ya cuando tenía este personaje, que no es una caricatura como nos suele vender en prensa, creé a Jaime un poco según las aspiraciones y los deseos o las ambiciones de Marina. Pues no me servía un chico de su edad que esté en un momento precario también en la vida, porque ella aspira a resolver esta situación. Tiene que ser un hombre súper creativo y fresco porque ella ya viene de relaciones aburridas, tenía que ir un poco en contrapunto a lo que ella había vivido. También enfatizó: "Y sobre todo sin caer en esa caricatura de ser siempre muy violentos desde el principio, muy brutos. Incluso te dibujan a alguien analfabeto o migrante. Con este personaje masculino nos damos cuenta que el violento puede ser cualquiera, hasta un señor súper culto con muchísimo capital cultural o simbólico".
Los desafíos de escribir una historia que reposicione a la víctima y al victimario
Escribir una historia así no es fácil, más que nada porque es imprescindible sacar el foco de la mujer y dejar de analizar cómo llegó a esa relación. La tarea es otra: hay que enfocarse en ellos, en su culpa. Así lo trabajó Lucía desde su escritura: "Desde el principio quería que supieses hacia dónde va, pero que a la vez entendieses por qué Marina, pese a esas primeras pistas, da los pasos hacia esa relación, por su contexto, por sus necesidades o lo que ella cree que necesita. Marina siente mucha culpa. Le da culpa que con todo lo que ella sabe, con toda la información que tiene, le esté pasando eso. Todas sabemos que el foco está en nosotras, entonces si nos pasa, es mucho más difícil hablarlo porque crees que todo el mundo te va a decir, 'pues es tu culpa por no haberte dado cuenta'. Puedes ser la persona más culta o la más ignorante y eso no te va a hacer responsable de lo que un agresor decide hacer contigo". También puntualizó: "Desde fuera es muy fácil, la teoría la sabemos todas, pero una vez que estás dentro es difícil porque él no te está diciendo desde el primer momento que es horrible. La violencia tiene múltiples formas. Por eso es tan importante hablarlo y tenerlo en el entretenimiento también porque ayuda mucho más a identificarlo".
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Lo que tiene de particular la historia de Marina es que habla de un síntoma de época que es la necesidad de encontrar el amor. Centrar nuestra vida en las relaciones es un problema social que muchas veces termina borrando nuestros propios límites. "Esto también es la consecuencia de cómo entendemos el amor romántico. Lo entendemos como un fin, o sea, como una meta de la vida. Y eso es un problema porque si te pones el amor romántico como una meta, hace que te saltes más límites para conseguirlo", puntualizó la autora sobre este tema.
En tiempos donde las conversaciones sobre violencia de género muchas veces quedan atrapadas entre consignas y teorías, Comerás Flores logra algo más difícil: traducir esas violencias a una experiencia emocional concreta. Mostrar cómo funcionan desde adentro, desde la culpa, la necesidad afectiva y la manipulación cotidiana. Tal vez por eso la novela encontró tantos lectores: porque más que explicar la violencia, logra que se entienda.
