La clase media va al paraíso

Aunque el alivio externo por la vía comercial, la diversificación sectorial y la incorporación de nuevos proveedores de divisas constituyen una buena noticia, la pregunta de fondo sigue siendo si alcanzará, dado que el comercio de bienes es solo una parte del balance de pagos. 

09 de julio, 2026 | 00.05

Una anécdota ya lejana. Escena: una charla con economistas amigos a fines de 2023, en la que hacíamos pronósticos. Casi todos eran partidarios del peronismo, algunos más liberales que otros. Dejando de lado los avatares del internismo de entonces y el peso de los activos tóxicos que arrastraba el movimiento durante el gobierno que terminaba, el contexto estaba dominado por la queja generalizada por la mala suerte de la sequía y por no haber impulsado un plan de estabilización después de la derrota aplastante en las elecciones legislativas de 2021. También se lamentaba no haber podido salir de la trampa electoral y terminar con una inflación anual de tres dígitos, un legado que sería enrostrado durante años.

Hasta aquí los recuerdos son los esperables. Pero la preocupación principal de la conversación era otra: “Estamos dejando todo listo para el boom exportador de los próximos años. Van a tener dólares para estabilizar y seguro que atrasan el tipo de cambio. Van a contar con los mercados a favor y la clase media que sobreviva estará feliz. Haciendo muy poco les alcanzará para quedarse ocho años”.

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La anécdota no es un recurso expositivo: ocurrió realmente y la conclusión fue compartida por todos los presentes. El pronóstico era sombrío, seguramente influido por la reciente derrota electoral. Sin embargo, hoy, con algunos matices, aquello comienza a verificarse. Las exportaciones crecen con fuerza y, combinadas con la caída de las importaciones, generan un saldo comercial de bienes en niveles récord. Si el análisis se limita a las variables macroeconómicas, está ocurriendo exactamente lo que esperaban quienes consideraban que el principal problema de la economía argentina era la escasez de dólares –antes de discutir qué hacer con ellos, un problema posterior– y, como consecuencia, la imposibilidad de que el peso recuperara su función como reserva de valor.

Para quienes discutían con el falso ambientalismo, un prohibicionismo de actividades productivas profundamente enquistado en el discurso del gobierno del Frente de Todos, también se verifica otro fenómeno positivo. El agro comienza a perder el monopolio de la generación de divisas. Ahora el comercio exterior también descansa sobre la energía, a través de los hidrocarburos, y, en menor medida, sobre la minería, mediante las exportaciones de oro y litio. Aunque el agro sigue siendo el actor principal, ya no es el único jugador relevante. Las clases dominantes con capacidad para condicionar las políticas económicas se diversifican, un efecto también deseable desde la perspectiva de la restricción externa.

Recorriendo los números, según la reseña del último informe de la consultora PxQ, en los primeros cinco meses de 2026 el superávit comercial de bienes acumuló 11.890 millones de dólares. El buen desempeño exportador se explicó, en parte, por una mejora del 8 por ciento en los precios internacionales, impulsada principalmente por la guerra en Medio Oriente, pero también por un aumento del 16,4 por ciento en las cantidades exportadas. Del lado de las importaciones, los precios crecieron apenas 2,8 por ciento, mientras que las cantidades cayeron 10,3 por ciento. Este retroceso respondió a la recesión de los sectores vinculados al mercado interno, especialmente la industria, pero también a la sustitución de importaciones energéticas.

Sin embargo, estos son datos agregados. Lo verdaderamente relevante no fue solo el mejor desempeño exportador, sino el cambio en la composición de las ventas externas, dominado por el efecto Vaca Muerta. Aunque todavía se ubica por debajo del complejo cerealero-oleaginoso, el sector energético ya explica cerca de la mitad del superávit comercial.

Cuando se observa el detalle de las exportaciones, se destaca el petróleo crudo, cuyas ventas al exterior crecieron más del 40 por ciento durante los primeros cinco meses del año, una expansión que continúa.

Otro sector de fuerte crecimiento fue el de las MOI, las Manufacturas de Origen Industrial. A primera vista podría parecer una disonancia con la situación que atraviesa el resto de la industria. Sin embargo, la explicación es otra: dentro de este rubro se contabilizan las exportaciones mineras, hoy dominadas por el oro y el litio, más precisamente por dos productos formalmente clasificados como MOI: el oro para uso no monetario y el carbonato de litio. Siempre considerando los primeros cinco meses del año, las MOI crecieron 26,7 por ciento y representaron el 27 por ciento del total exportado.

Dentro de las MOA, las Manufacturas de Origen Agropecuario, también sobresalió el desempeño de la carne bovina, cuyas exportaciones alcanzaron niveles récord, impulsadas tanto por mejores precios como por mayores cantidades, además de la reducción de retenciones y la apertura de nuevos mercados, entre ellos Estados Unidos e Israel.

Las importaciones, por su parte, se ubican todavía un 28 por ciento por debajo de los máximos registrados, en promedio, entre 2011 y 2014, antes del estancamiento económico asociado, entre otros factores, al inicio del déficit externo. Parte de esa retracción respondió a la caída de la demanda de la industria orientada al mercado interno, pero también a la sustitución de importaciones energéticas, especialmente de combustibles y lubricantes. En contraste, aumentaron las compras de bienes de consumo y, sobre todo, las importaciones de servicios de courier, favorecidas por la flexibilización de las restricciones.

Aunque el alivio externo por la vía comercial, la diversificación sectorial y la incorporación de nuevos proveedores de divisas constituyen una buena noticia, la pregunta de fondo sigue siendo si alcanzará, dado que el comercio de bienes es solo una parte del balance de pagos. Dicho de otra manera, el interrogante es si los dólares comerciales bastarán para afrontar las obligaciones externas hasta las elecciones. El primer dato favorable para el oficialismo es que el Gobierno logró refinanciar 6.000 millones de dólares con vencimiento hasta 2027 y trasladarlos a 2028, ya durante el próximo período presidencial. De ese modo postergó una fuente de presión cambiaria que habría pesado sobre el año electoral. Resta todavía la demanda de divisas asociada a la dolarización de carteras, un fenómeno habitual en la antesala de las elecciones. En el corto plazo, sin embargo, los dólares necesarios para sostener un mercado cambiario estable y un tipo de cambio apreciado parecen estar disponibles.

Quienes todavía integran la clase media, es decir, quienes conservan un excedente una vez cubiertos sus gastos corrientes, saben que a fin de mes disponen de muchos más dólares que hace apenas unos años. Eso les permite, entre otras cosas, viajar al exterior para festejar in situ los goles mundialistas de Argentina. Con un dólar barato, la clase media va al paraíso. Todo lo demás, mientras Vaca Muerta compense las divisas que se van por turismo, no importa nada.-

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Claudio Scaletta

Lic. en Economía (UBA). Autor de “La recaída neoliberal” (Capital Intelectual, 2017).