La guerra en Medio Oriente amenaza con desatar una crisis inflacionaria y recesiva de proporciones en la economía global. Entre los especialistas en mercados energéticos existe consenso: los daños ya provocados en la infraestructura petrolera de las naciones del Golfo implicarán una restricción persistente de la oferta. En el mejor de los casos, esa restricción mantendría el precio del barril de crudo, hoy por encima de los 100 dólares, en niveles superiores a los 80 durante un período prolongado, probablemente mayor a un año.
El peor escenario, desde luego, se materializaría si se intensifican las acciones bélicas. En ese caso, el precio del crudo podría quedar sin techo. No le conviene a ninguna de las partes, aunque las dinámicas de las conflagraciones suelen desbordar la racionalidad.
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Aun descartando este extremo, para países como Argentina el panorama no luce de inmediato apremiante e incluso podría derivar en un shock exportador impulsado por precios. Sin embargo, una recesión global, siempre difícil de anticipar, podría agravar las fragilidades existentes. En ese contexto, con la excepción de hidrocarburos y fertilizantes, los precios de las commodities tenderían a la baja, contrarrestando cualquier mejora en la restricción externa y, lo más preocupante, endureciendo las condiciones de refinanciación de la deuda.
No obstante, la guerra continúa siendo un dato coyuntural. Antes de los primeros bombardeos sobre Irán, el mundo discutía los efectos de la globalización. Una parte de las economías avanzadas comenzó a consolidarse la idea de que la deslocalización productiva constituía un problema, con China como uno de los principales beneficiarios. En consecuencia, ganó terreno la necesidad de proteger industrias locales. La relación entre desarrollo industrial y empleo volvió a ocupar un lugar central, mientras que la confianza en los servicios como principal motor de absorción de mano de obra y en la “destrucción creativa” schumpeteriana empezó a perder fuerza. La política de aranceles para todos y todas impulsada por Donald Trump fue la expresión más clara de este giro.
Una vez más, Argentina marchó a contramano. Mientras diversas economías comenzaron a revalorizar la protección de sus industrias, el país avanzó en sentido inverso. La combinación de contracción de la demanda agregada, apertura comercial y apreciación cambiaria impactó de lleno sobre el entramado industrial. Ya en el mes 30 de la administración de Javier Milei, los números resultan elocuentes: de acuerdo con el último informe del Observatorio Industrial de la consultora Audemus, en el primer bimestre de 2026, la producción industrial acumuló una caída del 10,7 por ciento respecto de igual período de 2023. Entre noviembre de 2023 y enero de 2026 cerraron 2.894 empresas industriales y se perdieron 79.150 puestos de trabajo registrado. Durante los primeros dos meses del año, el uso de la capacidad instalada promedió el 54 por ciento, el nivel más bajo de los últimos 11 años.
Siempre según el Observatorio de Audemus, sobre la base de datos del Indec, el deterioro alcanzó a 14 de 16 ramas industriales y a 18 de 19 ramas del empleo. Los sectores más golpeados fueron el complejo metalmecánico, la industria textil y de indumentaria y la automotriz y autopartista. En contraste, solo la refinación de petróleo y la industria química registraron resultados positivos.
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A pesar de tratarse de un gobierno que avanzó con medidas orientadas a incentivar la inversión, desde el RIGI hasta la híper flexibilización laboral, la inversión bruta interna fija no mostró signos de recuperación y se mantuvo, en términos reales, por debajo de los niveles de 2022. En los últimos tres trimestres de 2025 la tendencia fue negativa. En paralelo, la sustitución de equipamiento nacional por importado se profundizó en todas las categorías.
Finalmente, en la comparación internacional, la performance industrial de Argentina ocupó, junto con Hungría, el peor lugar en una muestra de 80 países (según la Organización de las Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial). En contraste, la mayoría de los países de la región, entre ellos Chile y Brasil, mostraron crecimiento. En este marco, el reemplazo de “mermelada por huevos” vía destrucción creativa no parece responder a una adaptación virtuosa a las transformaciones del capitalismo global, sino a un fenómeno de carácter puramente local.
