Guerra en Medio Oriente: shock externo que desnuda la imprudencia cambiaria de Milei

Milei y Caputo despreciaron la acumulación de reservas y dejaron al Banco Central sin poder de fuego. El resultado es un shock externo que desnuda la fragilidad de la estrategia cambiaria y anticipa más ajuste sobre salarios y consumo. El petróleo más caro puede aportar dólares extra por exportaciones, pero también dispara combustibles y presiona sobre la tasa de inflación. 

04 de marzo, 2026 | 00.05

Un conflicto bélico como el que se despliega en Medio Oriente altera la economía global. Los países reciben un shock externo negativo y la calidad de la gestión de gobierno se observa en la capacidad de haber construido con anticipación mecanismos de defensa. Esos amortiguadores no evitan los costos ineludibles del descalabro económico-financiero global, pero sí los amortiguan.

El gobierno de Javier Milei ha cometido un error insólito. Despreció la posibilidad de acumular reservas internacionales en el Banco Central, el instrumento básico de defensa ante cualquier evento disruptivo, local e internacional. El economista Mariano Kestelboim detalló cinco impactos de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, que se transmiten por distintos canales:

  1. Suba de precios de combustibles y más inflación.
  2. Desvalorización de activos nacionales.
  3. Mayor caída del consumo.
  4. Suba de las tasas de interés.
  5. Aumento del riesgo país.

Concluye que estos efectos negativos “no van a ser algo efímero, nadie piensa que el conflicto vaya a resolverse en menos de un mes”.

El inmenso costo interno de la guerra en Medio Oriente

El impacto positivo es que puede haber un ingreso de dólares adicionales por las exportaciones de petróleo. La escalada bélica en Medio Oriente, con ataques sobre infraestructura energética y la amenaza de interrupciones en el estrecho de Ormuz, empujó el precio del crudo a valores que no se veían desde 2024. El Brent se acercó a la zona de 82–85 dólares por barril.

Es cierto que el alza del precio internacional de la energía mejora, por precio, el ingreso de divisas de un sector que hoy es uno de los pocos capaces de generar dólares adicionales. En 2025 las exportaciones de petróleo rondaron los 6.700 millones de dólares, apalancadas por el boom de Vaca Muerta.

Pero la misma suba del petróleo empuja al alza los costos internos, y lo hace con una velocidad mayor que en el pasado por una decisión política deliberada. Milei y Caputo “internacionalizaron” el precio doméstico de la energía. La convergencia hacia paridades de importación o exportación, presentada como señal “pro mercado”, convirtió al surtidor en una ventanilla directa del Brent. Expertos del sector calculan que si el crudo sube 10 dólares, los combustibles pueden trepar entre 3% y 4% si las petroleras trasladan ese aumento.

Ese traslado a precios impacta en la cadena productiva y de abastecimiento. Suben los costos de la logística y los fletes. Esta crisis elevó también los precios internacionales del gas, con saltos muy fuertes en Europa, y agregó ruido al mercado de GNL por la suspensión de exportaciones desde Qatar. Argentina puede ser exportadora neta en el balance anual, pero todavía enfrenta picos estacionales de demanda. Si el invierno obliga a importar GNL, el shock se traduce en más salida de dólares y también en más presión tarifaria, porque el Gobierno trasladó “precios internacionales” al sistema energético local.

Hay, además, otros canales negativos que suelen subestimarse en el debate local. Uno de ellos es el impacto sobre el comercio mundial. La tensión en el Golfo afecta seguros, rutas marítimas y costos de transporte. El conflicto elevó riesgos sobre el tránsito por Ormuz, por donde pasa una porción clave del comercio global de petróleo y gas natural licuado, y encareció fletes. Eso termina filtrándose en precios de insumos importados, desde químicos hasta bienes intermedios.

La escalada bélica en Medio Oriente, con ataques sobre infraestructura energética y la amenaza de interrupciones en el estrecho de Ormuz, empujó el precio del crudo a valores que no se veían desde 2024.

El impacto por el costado financiero

Existe también una dimensión financiera de la crisis. En escenarios de guerra, los fondos globales suelen pasar del “apetito por riesgo” al “modo refugio”. Dirigen sus capitales hacia activos seguros, se fortalece el dólar y se encarece el financiamiento para los países periféricos. Argentina no tiene margen. Cada salto de la incertidumbre global se traduce en una suba de la tasa para refinanciar vencimientos (alza del riesgo país), caída de precios de bonos y presión sobre el tipo de cambio.

En ese contexto, el shock combina deterioro de términos del intercambio, presión de costos y volatilidad financiera. Lo insólito es que todo esto ocurra con un Gobierno que se jactó de no necesitar reservas internacionales. Milei repitió, en más de una ocasión, que el Banco Central no debía comprar dólares porque emitir pesos para hacerlo “genera inflación”, y que por eso no acumularía reservas. 

Desde la crisis del Tequila, en 1995, los países emergentes aprendieron a golpes que la primera línea de defensa frente a un shock externo es la liquidez en moneda dura. La experiencia acumulada desde entonces, y la bibliografía del propio FMI, remarcan la lógica de las reservas como auto-seguro: no evitan la crisis, pero reducen la destrucción que deja a su paso.

¿Por qué Milei y Caputo no acumularon reservas?

Hay reglas simples aprendidas sobre el manejo de las reservas internacionales. Una de las más citadas es la de contar con reservas suficientes para cubrir los vencimientos de la deuda externa de corto plazo. Otra  es la de tener cubiertos cierta cantidad de meses de importaciones. No son fórmulas mágicas. Son umbrales prudenciales para países que no emiten la moneda en la que se endeudan, y que pueden sufrir un corte abrupto del crédito o un salto del precio de la energía por una guerra.

Por eso la cuestión no pasa por si “conviene” o “no conviene” acumular reservas. El debate es qué tan caro puede salir no tenerlas cuando llega un “cisne negro”. En las finanzas globales, los cisnes negros no son una rareza. No se pueden evitar, pero sí tener preparados amortiguadores para enfrentarlos.

Las reservas brutas del Banco Central llegaron a superar los 46.600 millones de dólares a fines de febrero, el mayor nivel desde 2019. Pero el dato relevante es el de reservas netas, el que descuenta pasivos de corto plazo y muestra la fortaleza real del balance. Y, según estimaciones privadas, siguen siendo negativas.

En este año el Gobierno empezó a apurar compras, pero lo hace tarde. El interrogante de esta impericia es política y también técnica. ¿Por qué la dupla Milei-Caputo no acumuló reservas cuando el contexto internacional era favorable? Se pueden presentar las siguientes hipótesis: 

  • Anteojeras ideológicas, porque prefirieron la coherencia doctrinaria antes que el seguro prudencial.
  • Soberbia, porque confundieron relato con realidad.
  • Ignorancia, porque desprecian una bibliografía abundante sobre crisis externas y amortiguadores.
  • Irresponsabilidad, porque jugaron con el margen de maniobra del país como si fuera un experimento de laboratorio.

Se puede concluir que hay un poco de cada una, y el costo de semejante ineptitud será pagado por la mayoría de la población con un todavía mayor deterioro de las condiciones de vida cotidiana.