El lema de campaña que llevó a Clinton a la presidencia en 1992 y que se repitió desde entonces como un mantra de la realpolitik, “es la economía, estupido!”, parece no leer las elecciones en los países gobernados por progresistas en la región.
En el caso de Colombia, Gustavo Petro logró bajar los niveles de inflación, de dos dígitos anuales a menos de la mitad hacia final de mandato. Bajo también la pobreza y la desigualdad, además de mejorar los niveles de informalidad en uno de los países con mayor tasa de trabajo sin registrar de Sudamérica. Logró aprobar una reforma tributaria, una laboral y una previsional, todas de corte progresista. Sin embargo, los avances no alcanzaron y su sucesor, Ivan Cepeda, perdió contra el ultraderechista De La Espriella.
Resultados que no alcanzan
En el caso de Chile, Gabriel Boric había logrado estabilizar la economía post Covid, bajar la inflación a un tercio de lo que la recibió y logró aprobar cambios en la política previsional, que en el país hermano son completamente privadas, donde consiguió achicar las comisiones que cobran las Administradoras de Fondos de Pensiones (AFP) para mejorar los pagos a quienes se retiren (vale recordar que la apuesta era por un esquema mixto pero no se alcanzó). También logró la reducción de la jornada laboral a 40 horas y aumentó más de un 50% el salario mínimo. No alcanzó y perdió su sucesora, Jeanette Jara, contra el derechista Kast.
En octubre son las elecciones en Brasil y los resultados económicos del tercer mandato de Lula como presidente parecen no alcanzar. Con estos antecedentes en la región, desde el Centro de Investigación sobre la Macroeconomía de las Desigualdades (MADE) de la Universidad de São Paulo se propuso a investigar: ¿Por qué los buenos resultados macroeconómicos no implican una buena percepción sobre la economía?.
En el caso de Brasil, tenemos un crecimiento en el producto bruto interno (PBI), una baja del desempleo, de la inflación y de la pobreza. Sin embargo, la percepción sobre la economía es crecientemente negativa como muestra el siguiente gráfico, donde se compara la aprobación del gobierno de Lula (línea celeste) con el crecimiento de quienes responden que la economía está peor en el último año (línea roja) y baja, consecuentemente, quienes creen que la economía está mejor (línea verde).
El documento de trabajo menciona que si bien bajó el nivel de inflación anual, hay una persistencia del impacto de los mayores precios en la vida de las personas, es decir que no se terminó de mejorar el poder adquisitivo. Luego menciona un punto fundamental para pensar en los progresismos que sobreviven desde principios de siglo y tiene que ver con las expectativas. La comparación con los primeros dos gobiernos de Lula (2003 a 2010) muestran resultados magros. Si bien el PBI crece en la actualidad brasileña no lo hace como a principios de siglo, y si bien los ingresos mejoran tienen un recorrido más lento que en la década progresista de la región. Dicho simple, se esperaba más.
Un punto importante del trabajo, y es un punto exportable a los demás países, tiene que ver con los aspiracionales de la época. Encuentran en las redes sociales un aspiracional hiperconsumista, y con ello una frustración por imposibilidad, algo que no sucedía en los primeros gobiernos de Lula donde el horizonte para saber si se estaba mejor o peor era el círculo local y no globalizado como sucede ahora con las redes sociales, donde los aspiracionales parecen ser igual en todo el mundo occidental (marcas de lujo, viajes, lifestyle). En este sentido, ven en el creciente endeudamiento de las familias y en la expansión de las apuestas online síntomas de la brecha entre ingresos y aspiraciones.
MÁS INFO
Debemos sumar que efectivamente hay nuevas generaciones que van a la Universidad gracias a las políticas de los primeros gobiernos de Lula. Sin embargo, parece un diploma sin futuro ya que no consiguen un empleo a la altura de su formación, lo que redunda en una mayor frustración económica. Las personas lograron capacitarse pero no resultó en una mayor facilidad para conseguir empleos de calidad o mejores salarios; hay más trabajadores calificados mientras baja la diferencia salarial que refiere esa calificación.
Por todos estos motivos, la conclusión central del estudio es que, aunque el modelo produzca buenos resultados macroeconómicos, son insuficientes para generar una experiencia de prosperidad. Se combina una expectativa mayor hacía un Lula que transformó radicalmente la vida de las personas en sus gestiones anteriores con una economía con un nuevo mercado laboral donde no se premia como antes la calificación profesional y aspiraciones de consumo por fuera de las posibilidades latinoamericanas.
Ahora bien, los gobiernos gestionando por debajo de las expectativas parecen ser un denominador común en los casos de los progresismos latinoamericanos del presente. Podemos decir que se pide por encima de las posibilidades o podemos decir que se hace menos de lo que se necesita, ambos parecen tener razón. Sin intenciones de desayunar la cena, como piensa parte de la oposición argentina que se mide el traje a más de un año de las elecciones, es importante marcar que no es (solo) la economía, estupido, y que con la macro ordenada, e incluso creciendo, no alcanza.
