Parece desbordado Javier Milei. Se expresa con movimientos corporales y faciales todavía más espasmódicos que los habituales en cada una de sus últimas intervenciones públicas. No es el descontrol conocido de insultos y gestos obscenos a periodistas, economistas y políticos cuando era panelista, luego candidato y, finalmente, Presidente. Esto es otra cosa. Es un desequilibrio provocado por estar fracasando en aquello en lo que él cree ser el mejor. La economía real y financiera solo le muestra el fiasco de su teoría llevada a la práctica.
Después de poco más de la mitad de su mandato no puede mostrar un saldo positivo en alguna variable relevante para la vida cotidiana. La realidad está colisionando con los postulados económicos de su dogma. Y, para sumar al desencanto, Demian Axel Reidel, con quien estaba escribiendo la obra que iba a revolucionar la ciencia económica hasta llevarlo al Premio Nobel, está sospechado de avalar y/o usufructuar gastos personales lujosos con tarjetas corporativas de Nucleoeléctrica cuando estaba bajo su conducción.
Milei tiene motivos para estar irascible, como si atravesara una crisis existencial. La tasa de inflación no se desplomó, la actividad navega en aguas de estancamiento, el empleo y el salario están desmoronados sin señales de recuperación y, en especial, la mayoría de la población evalúa que el futuro económico próximo será peor. Milei se quedó sin la alquimia de la promesa de que el ajuste de hoy es la prosperidad de mañana.
En este escenario irrumpe el indicador que permite comprender el cambio de humor de parte de la sociedad frente al proyecto libertario: el incremento de la morosidad crediticia. No se trata solo de familias y empresas que dejan de pagar. Es la señal de que se quebró la expectativa de que el sacrificio presente iba a desembocar en una mejora futura.
La desilusión por la promesa de prosperidad de Milei
La aceleración de la mora en los créditos de familias y empresas expresa un profundo desajuste entre los ingresos y los gastos. El aumento de la morosidad forma parte de una secuencia que se viene desplegando desde el comienzo del gobierno de Milei.
El ajuste inicial, con una fuerte caída del salario y las jubilaciones, fue compensado por las personas con la utilización de ahorros disponibles. Se trató del denominado “canuto” de dólares —que alimentó la oferta de divisas en la primera etapa del plan económico— y del desahorro de colocaciones en pesos. Fue el momento de la apuesta social a la promesa de bienestar futuro.
Agotada esta instancia, las familias buscaron el endeudamiento bancario y con billeteras virtuales (fintech) para sostener niveles básicos de consumo. El crédito dejó de ser una herramienta de progreso y pasó a ser un mecanismo de supervivencia. Fue cuando el plan económico impulsó el crédito como el casi único motor del crecimiento, durante la mejor etapa del ciclo político libertario.
Pero los ingresos siguieron deprimidos porque Milei utilizó el ancla salarial como instrumento del plan de desinflación. Entonces, sin el aumento del poder adquisitivo, aparecieron las dificultades para hacer frente al pago de la deuda. Es el momento de la explosión de la mora y, por consiguiente, el de la desilusión con Milei.
Se quebró la expectativa de un futuro mejor
Uno de los aspectos relevantes de este proceso no es solo su dimensión estrictamente económica, sino su significado en términos de expectativas sociales. La morosidad no solo expresa una restricción presente, sino también una evaluación sobre el futuro.
Cuando una persona deja de pagar una deuda con el banco y/o la billetera virtual, no está simplemente evidenciando que no puede hacerlo en ese momento. Está, en muchos casos, tomando una decisión implícita sobre su horizonte económico. Está proyectando, en términos prácticos, que no espera una mejora suficiente de sus ingresos como para revertir esa situación en el corto plazo.
La morosidad funciona como un indicador adelantado de expectativas sociales. Si existiera una percepción extendida de recuperación, las familias tenderían a priorizar el cumplimiento de sus obligaciones financieras, aun a costa de recortar otros gastos. Mantener el acceso al crédito sería visto como una inversión en el futuro. Pero cuando esa expectativa no aparece, el incentivo cambia. El incumplimiento deja de ser una anomalía y pasa a formar parte de una estrategia defensiva frente a un contexto percibido como adverso.
Según el último Informe sobre Bancos del BCRA, con datos a febrero pasado, la morosidad en préstamos personales trepó al 13,8%, la línea más afectada dentro del crédito a los hogares, y la de tarjetas de crédito escaló al 11,6%, lo que refleja la presión sobre la capacidad de pago de las familias en las líneas de consumo masivo. La morosidad en billeteras virtuales y entidades no financieras alcanzó el 29,9%, de acuerdo con el reporte del Banco Central.
Salvataje de los deudores morosos
La mora crediticia se ubica cerca del máximo de las últimas dos décadas. Por ese motivo existen al menos 18 proyectos de ley para atender este problema. Uno de ellos propone un sistema administrativo gratuito para reestructurar deudas de consumo, cuyo objetivo es que las cuotas no superen el 30% de los ingresos —o el 20% en casos de vulnerabilidad—.
Varios diputados de Unión por la Patria presentaron el Programa de Alivio y Desendeudamiento Familiar, que busca facilitar la cancelación de pasivos por servicios esenciales. Incluye la condonación del 100% de intereses punitorios y hasta el 90% del capital para familias de bajos ingresos; la refinanciación con planes de hasta 36 cuotas con tasas bajas; el freno a ejecuciones de embargos y desalojos por deudas de consumo durante el proceso de reestructuración. Otro proyectos buscan fijar límites a los intereses de las tarjetas de crédito para evitar que los saldos sean impagables.
El Banco Nación lanzó una línea específica de préstamos personales para consolidar deudas, diseñada para limpiar el historial crediticio de la persona. Permite unificar en un solo préstamo todas las deudas de tarjetas de crédito y préstamos personales, tanto del BNA como de otros bancos o fintechs.
Las condiciones principales son: monto máximo de hasta 50.000.000 de pesos, con un plazo para pagar de hasta 72 meses —6 años— y a una tasa fija del 62% al 65% nominal anual, inferior a la de refinanciación de tarjetas o microcréditos fintech. Este salvataje está dirigido a quienes cobran su sueldo o jubilación en el Nación, y las deudas pueden estar en situación regular o irregular, siempre que no estén judicializadas.
La cuota calculada para 30 días no deberá superar el 35% del ingreso neto del deudor, quien no recibirá el dinero, sino que autorizará al Nación a transferir directamente los fondos a sus entidades acreedoras para la cancelación de las deudas objeto del crédito.
Si no fuera un gobierno libertario, esta medida sería señalada por el dispositivo de derecha como populista y kirchnerista.
El gobierno atrapado en una encrucijada política
El programa económico de Javier Milei se estructuró sobre la promesa de atravesar un período de ajuste para alcanzar, en un horizonte cercano, una mejora de las condiciones económicas. La expansión de la morosidad sugiere que esa promesa empieza a perder credibilidad en amplios sectores de la sociedad.
La evolución de la morosidad se conecta con otros indicadores que vienen marcando esa misma dirección. El Índice de Confianza del Consumidor de la Universidad Di Tella acumula varios meses de caída y se ubica en torno a los 39 puntos, uno de los niveles más bajos desde 2024, mientras que el Índice de Confianza en el Gobierno también registra retrocesos consecutivos y se encuentra cerca de los 2 puntos, en mínimos de la gestión.
La economía entra así en una fase compleja. Ya no se trata únicamente de administrar un ajuste o estabilizar variables nominales. Lo que está en juego es la capacidad de reconstruir un horizonte de previsibilidad. Sin expectativas positivas, el comportamiento de los agentes económicos cambia. Se retrae el consumo, se postergan decisiones de inversión y se debilita el cumplimiento de compromisos financieros. La morosidad es una de las manifestaciones más visibles de ese cambio.
En definitiva, la morosidad está enviando una señal que trasciende lo financiero. Está indicando que la economía no está generando expectativas de mejora. Cuando esa percepción se generaliza, el problema deja de ser técnico y se convierte en un problema político. Milei lo expresa con desbordes emocionales y aislándose en la Quinta de Olivos.
