La economía argentina registró en febrero una contracción significativa que trajo nuevos interrogantes en el escenario previsto para 2026, mientras organismos como el Fondo Monetario y el Banco Mundial recortan las previsiones de crecimiento argentino para este año. Según el último informe del Banco Provincia, el Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) cayó 2,6% en términos desestacionalizados, ubicándose entre las peores retracciones desde 2004 si se excluyen los meses más críticos de la pandemia. El dato no solo refleja un deterioro coyuntural, sino que impacta en las proyecciones: el arrastre estadístico del año pasó a terreno negativo y abre la posibilidad de que el PBI cierre el año en recesión.
“El Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) cayó 2,6% mensual en febrero: excluyendo la pandemia, estamos frente a la quinta peor contracción desde 2004”, señala el informe. En la comparación histórica, el retroceso se ubica en línea con episodios de crisis como diciembre de 2008 o los meses posteriores a devaluaciones con ajuste fiscal. La caída estuvo impulsada principalmente por la producción de bienes, que retrocedió 4,4% en el mes, mientras que los servicios mostraron una merma más moderada, del 0,5%. Esta diferencia sectorial aparece como uno de los rasgos distintivos del actual ciclo económico. “El mayor deterioro relativo se explica por la flexibilización importadora en un contexto, no solo de apreciación cambiaria, sino también de aumento de los costos logísticos, volatilidad de la demanda y un mundo que se cierra”, advierte el documento.
El impacto de la apertura comercial no es homogéneo. Los sectores transables, más expuestos a la competencia externa, registraron caídas más profundas que aquellos vinculados a servicios. El informe lo sintetiza con un ejemplo: “En la industria textil es ‘fácil’ reemplazar una remera local por otra importada, en la provisión de hoteles y restaurantes o servicios de transporte y comunicaciones es prácticamente imposible”. Esa asimetría ayuda a explicar por qué la industria, el agro o la pesca encabezaron las caídas, mientras que los servicios amortiguaron el descenso general.
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En la misma línea se comportan las importaciones. Si bien a nivel agregado no se ubican en máximos históricos, sí se observa un cambio en su composición. “Las compras al exterior de bienes finales saltaron 80% entre 2023 y los últimos doce meses, en tanto que las de insumos productivos se redujeron 25%”, destaca el informe. El resultado es una sustitución de producción local por bienes importados terminados, en un mercado interno que, además, se achica.
Se acaba el viento de cola
El documento advierte sobre un “mundo que adopta políticas defensivas”, lo que dificulta la expansión de exportaciones. La combinación de apertura local, tipo de cambio apreciado y condiciones externas adversas limita las posibilidades de compensar la caída del mercado interno con ventas al exterior.
El deterioro de febrero no solo afecta el nivel de actividad actual, sino que modifica la trayectoria del año. “Con la caída de febrero (-2,6%), el nivel de actividad quedó 0,4% por debajo del promedio de 2025. De esta forma, el arrastre estadístico de 2026 pasó de +2,2% a -0,2%”, indica el informe. “Si la economía agregada no da señales de mejora en los próximos meses, el PBI podría cerrar el año en terreno negativo”, advierte. La posibilidad de una recuperación rápida aparece condicionada por la debilidad de los principales motores de la demanda.
El consumo, históricamente uno de los pilares del crecimiento, enfrenta un escenario adverso. Entre agosto de 2025 y febrero de 2026, los salarios privados registrados cayeron 3,6% en términos reales, mientras que se destruyeron cerca de 100.000 puestos de trabajo formales. “La masa salarial y su impacto en el consumo no será un driver de una eventual recuperación”, sostiene el documento. Con recursos del Gobierno nacional en baja —cayeron 5% interanual en términos reales en el primer trimestre— y el compromiso oficial con el equilibrio de las cuentas públicas, el gasto no se perfila como herramienta de impulso. “Las opciones de que este avance venga por el lado del gasto público son muy acotadas”, advierte el informe.
La reducción de encajes bancarios buscó aumentar la liquidez y abaratar el crédito, llevando las tasas de interés desde niveles cercanos al 30% nominal anual a la zona del 22,5%. “Los préstamos a las familias y las empresas casi no crecieron en términos reales”, señala el documento, que pone en duda la efectividad de esta herramienta en el corto plazo.
El interrogante central es si el crédito puede convertirse en motor de la reactivación. La respuesta, al menos por ahora para el BAPRO, es incierta. “Con tanta mora y volatilidad de tasas, ¿servirá el crédito para reactivar la economía?”, plantea el informe. La pregunta refleja una tensión más amplia: la dificultad de impulsar la demanda en un contexto donde los ingresos caen y la incertidumbre desalienta el endeudamiento.
La lógica de los ciclos económicos sugiere que caídas abruptas suelen encontrar un piso relativamente rápido. “Cuanto más rápida una caída, más rápido aparece el piso”, señala el informe, aunque aclara que ese rebote no implicaría necesariamente una recuperación plena. El nivel de actividad podría estabilizarse, pero en un escalón inferior al previo. En ese marco, la discusión se desplaza hacia las condiciones de esa eventual recuperación.
El informe introduce un matiz sobre la apertura económica: no la cuestiona en sí misma, sino en su implementación. “El problema, entonces, no es la apertura, sino su contexto y políticas complementarias”, afirma. Y detalla que sus efectos dependen de variables como el tipo de cambio, la carga tributaria o la infraestructura logística. “La política económica, como muchas cosas, debe ser relativa: no aferrarse a dogmas válidos ‘en todo tiempo y lugar’, sino matizar las decisiones en función de los escenarios vigentes”, concluye el documento.
