El 11 de junio arrancó el Mundial 2026 y en esta oportunidad, por primera vez en la historia incluye: tres países anfitriones (Estados Unidos, Canadá y México); 16 estadios; 48 selecciones; 12 grupos; 104 partidos distribuidos en 39 días; y más de 1.240 futbolistas en las canchas. Un evento sin precedentes para el deporte global, y un torneo muy especial para Argentina que llega de la mano de Messi como capitán y figura, y con el desafío de defender el último título conseguido en Qatar 2022.
Sin embargo, mientras la pelota rueda, los estadios se llenan, las pantallas se encienden y las gargantas gritan gol, hay otros sectores que hacen negocio, lucran y especulan con la ilusión, las expectativas, las emociones, las carencias y la situación socioeconómica de los fanáticos: la industria de las apuestas. Tal como las ciudades anfitrionas, los jugadores y los equipos, las empresas y plataformas de apuestas deportivas online llevan años preparándose para esta edición que tiene la particularidad, más que en ninguna otra, de incorporar el negocio del juego a sus filas, ya no como actor secundario, sino como parte de su estructura.
Lo que dejó Qatar: el antecedente que no podemos ignorar
Para entender la magnitud de lo que puede ocurrir en las próximas semanas es necesario hacer un rápido repaso de lo que fue la última Copa del Mundo. Débora Blanca, psicóloga especializada en ludopatía y tecnoadicciones, y directora de Lazos en Juego, una de las organizaciones de referencia en el país en materia de adicciones al juego, explica que Qatar 2022 fue un momento bisagra para la industria a nivel mundial y “dejó un tendal de chicos, especialmente jóvenes, con problemas de juego, de ludopatía, en apuestas deportivas.” Desde entonces en Argentina, relata, los chicos de 13 años empezaron a apostar en la escuela, en las aulas o en los recreos, con la plata que les dan sus padres, e incluso llegan a endeudarse con billeteras virtuales. Atrás de la euforia colectiva por la tercera estrella conseguida se escondió el ingreso masivo de adolescentes a plataformas de juego que encontraron en esa fiesta y distracción el terreno ideal para instalarse y naturalizarlo.
Pero hay un punto aún más trascendental, ya que dicho acontecimiento no fue solo un punto de inflexión en el consumo: 2022 fue también el momento en que el marco legal y regulatorio se transformó radicalmente y el juego online se legalizó en la mayoría de las provincias, con excepción de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (2018), Provincia de Buenos Aires (2019), Mendoza (2020) y Córdoba (2021) que lo habían hecho previamente. La legislación entonces se puso a tono de una ola global de desregulación que abrió el mercado a decenas de plataformas internacionales. Los números evidencian que las consecuencias se vieron en poco tiempo: entre 2021 y 2023, solo la agencia Betsson invirtió más de 6.265 millones de pesos en publicidad en Argentina, según un informe de la Defensoría del Pueblo de la Provincia de Buenos Aires.
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A cuatro años de ese momento no solamente nada cambió en términos de protección, marcos jurídicos e institucionales, sino que el fenómeno se normalizó al punto que la televisión, la radio, las redes sociales, la calle y las camisetas de los equipos de fútbol publicitan casino e invitan al juego las 24 horas del día. Como identifica Blanca, los bonos de bienvenida, es decir la estrategia el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo, sigue siendo una herramienta legal de captación, cuestiones que “en otros países se prohibieron porque se vieron las consecuencias nefastas relacionadas a la ludopatía”.
En Brasil, por ejemplo, en marzo el presidente Luiz Inácio Lula Da Silva anunció su intención de prohibir los casinos digitales para proteger a las familias e infancias del endeudamiento causado por la adicción al juego online. Mientras, en Argentina, llegamos al Mundial 2026 en pleno apogeo, en medio de una situación social y económica feroz, y con un gobierno que protege el negocio.
Los números de una crisis silenciosa
Una de las mayores facilidades que tiene esta industria, para crecer entre los jóvenes y sostenerse, es que suele suceder al calor del silencio, la vergüenza, los secretos y la clandestinidad, y por eso se vuelve imperceptible para los adultos o difícil de identificar. Las consecuencias y el daño salen a la luz tiempo después en comportamientos indirectos: deterioro de la salud mental, alteraciones en el estado de ánimo (irritabilidad, ansiedad), un severo deterioro en el rendimiento académico, endeudamiento y morosidad, pérdida de dinero y deudas, robos y delito, ruptura de vínculos interpersonales, aumento de la violencia, entre otras cosas.
Segun el Observatorio Humanitario de Cruz Roja Argentina, que relevó en diciembre de 2025 a más de once mil estudiantes secundarios de dieciseis provincias del país, la situación es más que preocupante: seis de cada diez adolescentes están actualmente expuestos a las apuestas deportivas online; el 16% apostó al menos una vez; y el 83% lo hace desde el celular. Pero el dato más perturbador es que la mitad de quienes apostaron recibieron ayuda de un adulto para ingresar a las plataformas legales, burlando de esa manera los controles de edad existentes. Lo que muestra que, mientras algunos padres y madres desconocen por completo que sus hijos apuestan o no saben cómo manejar la situación, hay muchos adultos que directamente actúan como cómplices activos.
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El perfil de quienes apuestan, de acuerdo al relevamiento de Cruz Roja Argentina, tiene una marcada tendencia de género: el 24% de los varones adolescentes admitió haber apostado, frente al 8% de las mujeres. Se trata de jóvenes varones, cada vez más chicos, influenciados por su entorno social inmediato y seducidos por una industria que presenta el juego como una extensión natural e inevitable del consumo deportivo, que ya es de por sí un espacio masculinizado. El informe Kids Online Argentina (UNICEF, 2025), advierte que "la puerta de entrada ocurre alrededor de los 13 años, sobre todo en varones, a partir del acceso a las billeteras virtuales; y, en la mayor parte de los casos, las apuestas se dan en el mundo deportivo, especialmente en el fútbol”. Con la incertidumbre económica y un mercado laboral precarizado, la opción por las apuestas y el juego aparece en la propia dinámica grupal, los espacios de pertenencia y la típica curiosidad juvenil.
Por otro lado, la investigación “Apostar no es un juego”, elaborada por especialistas de las universidades de Buenos Aires y Morón, a través de una muestra de más de 9 mil casos en 360 localidades del país (2024), agrega información en la misma línea: el 38% de los jóvenes encuestados reconoció haber apostado alguna vez, mientras que el 28% experimentó ansiedad o estrés cuando no pudo concretar una apuesta. Ese porcentaje, que no es menor, revela la presencia de síntomas de dependencia en un segmento significativo de los jóvenes. Según los investigadores del CONICET estos jóvenes perciben las apuestas deportivas principalmente como una diversión que ocurre en grupo, con amigos, vinculada al ritual de ver fútbol. Es decir que lo que puede comenzar como un gesto de sociabilidad masculina cotidiano e inofensivo puede convertirse con rapidez en otra cosa.
El Mundial de las apuestas
Si en Qatar 2022 la industria del juego operó como apéndice de lo que pasaba en las canchas, en el Mundial 2026 ocupa el centro de la escena de una manera que no tiene precedentes. El negocio está integrado al evento en múltiples niveles simultáneos, desde las decisiones institucionales, pasando por las características de las transmisiones que permiten interacción de los espectadores, hasta los sponsors de la camiseta celeste y blanca. Tal es el impacto que ante algunas denuncias por presuntos spot fixing, desde la FIFA salieron a informar que “hay una política de tolerancia cero contra la manipulación de partidos y ofrece un sistema de denuncias específico, altamente seguro y basado en la web para que las personas puedan informar cualquier forma o conocimiento de posible manipulación de partidos o conducta indebida relacionada con la integridad”.
Llamativamente fue la misma organización la que, en mayo de 2026, firmó un acuerdo con el proveedor de datos deportivos Stats Perform para distribuir datos oficiales de apuestas y transmisiones en vivo de los partidos del Mundial a operadores de juego con licencia en todo el mundo. Esto en términos concretos significa que las casas de apuestas pueden retransmitir los partidos en sus propias plataformas, con el objetivo de fundir el consumo deportivo con el juego en una misma interfaz. Paradójicamente, mientras el código de ética de la propia FIFA prohíbe formalmente a jugadores, dirigentes y agentes participar directa o indirectamente en apuestas vinculadas al fútbol, el organismo centralizador del deporte más popular del mundo profundiza sus lazos comerciales con esa misma industria.
En terreno local, las caras de jugadores campeones del mundo como Emiliano “Dibu” Martínez o Gonzalo Montiel, que aparecieron en avisos invitando a apostar, funcionan como vehículo publicitario de la industria del juego y la puerta de entrada de miles de adolescentes a una cancha muy peligrosa. Mientras, en Inglaterra, la Premier League acordó en 2023 retirar la publicidad de casas de juego del frente de las camisetas, aunque el cambio recién se aplicará al final de la temporada 2025/2026.
En paralelo, el uso de figuras deportivas y caras famosas para dar legitimidad al negocio escaló en este Mundial a niveles inesperados que generaron repudio masivo. En los últimos días, durante el nuevo tiempo publicitario en las “pausas de hidratación” que ahora interrumpen los partidos, se emitió una publicidad de la plataforma BetWarrior que usó la imagen y la voz de Diego Armando Maradona recreada con inteligencia artificial hablándole a los espectadores. El aviso desató una ola de indignación y críticas en redes sociales por dos razones principales: el cuestionamiento al mensaje implícito del anuncio que es quien no juega no es valiente; y el uso indiscriminado de la figura de Maradona, símbolo popular y fuertemente político, para vender apuestas online en un mundial en Estados Unidos, país al que se oponía desde su antiimperialismo y ni podía entrar.
Un Estado que protege la industria o llega tarde
La imagen es la de una industria que avanza a toda velocidad, sin frenos ni medidas de seguridad, acompañada del fútbol como su principal plataforma de marketing, mientras el Estado argentino observa y no termina de actuar con la contundencia que el problema requiere. En noviembre de 2024, la Cámara de Diputados otorgó media sanción a un proyecto de ley que prohíbe la publicidad de juegos de azar y exige verificación biométrica para restringir el acceso de menores a las plataformas de juego online. Pero el Senado nunca lo trató. Como respuesta, hace unas semanas el gobierno nacional presentó en el Senado su propio proyecto que busca combatir solamente el juego online ilegal; prevenir la ludopatía como política de salud pública; y prohibir el acceso y uso de juegos de azar en línea a los menores de edad. La diferencia es que, mientras el proyecto de la oposición propone regular a todos los operadores (legales e ilegales), el del Ejecutivo apunta solo a los ilegales y deja a los legales bajo control provincial.
Débora Blanca, quien dirige Lazos en juego, lo resume con una imagen que condensa el absurdo de la situación: una maquinaria infernal que empuja y empuja a apostar, con publicidades protagonizadas por deportistas y celebridades, bonos de bienvenida que actúan como anzuelo, y accesibilidad total desde el celular, mientras el Estado debate si regular o no. “Para quien apuesta, por supuesto que a veces va a ganar, pero van a ser muchísimas más las veces que va a perder”, advierte. Y las pérdidas, explica, no son solo económicas: son de tiempo, de proyectos, de vínculos, de sueños. La ludopatía siempre trae deudas, empobrecimiento, una cabeza que no puede descansar ni vincularse.
Volver a disfrutar el fútbol
Frente a este panorama, la psicóloga especializada en ludopatía y tecnoadicciones propone un ejercicio que, en el contexto actual, parece una tarea imposible o una declaración de resistencia: “Hablar con los pibes de esto, así como se les pregunta si toman alcohol, si fuman porro, preguntarles por las apuestas. Los chicos cuentan, los chicos hablan.” En ese sentido subraya que “las apuestas son una práctica de riesgo con edad mínima de inicio, igual que el alcohol: 18 años. Nombrarlo así, sin dramatismo pero sin eufemismos, con la misma naturalidad con que se habla de otras conductas de riesgo, ya es prevención”.
“Y si están mirando el Mundial, que lo disfruten. Que si se hace un PRODE con amigos o en familia, se jueguen otras cosas que no sean dinero, porque si se monetizan las pasiones el mundo se pone oscuro, se pone triste”, dice Blanca. En un torneo armado plena y llanamente para el consumo, para golpear las flaquezas y despertar los vicios, donde las apuestas forman parte de la trama misma del evento, donde los sponsors, las transmisiones, las publicidades, las pausas del juego están pensadas para vender, volver a mirar fútbol sin apostar es también un acto político, pequeño pero necesario.
