El corazón también juega el Mundial: cómo disfrutar la pasión sin descuidar la salud

15 de julio, 2026 | 10.00

Cada vez que juega la selección argentina, el país parece detenerse. Las pulsaciones se aceleran, los abrazos se anticipan, los nervios se sienten desde mucho antes del pitazo inicial y la emoción se comparte en cada casa, en cada bar y en cada reunión con amigos o familiares. El fútbol forma parte de nuestra identidad y el Mundial potencia esa experiencia como pocos acontecimientos.

Sin embargo, en estos últimos días, la conversación dejó de girar únicamente en torno al resultado deportivo. Las noticias sobre personas que sufrieron eventos cardiovasculares durante o inmediatamente después de los partidos volvieron a poner sobre la mesa un tema que merece atención: qué ocurre con nuestro corazón cuando atravesamos situaciones de estrés emocional intenso y, sobre todo, cómo podemos prevenir.

Es importante entender que el estrés, por sí mismo, no es un enemigo. Constituye una respuesta fisiológica normal del organismo frente a situaciones que requieren adaptación. Cuando vivimos un momento de tensión, como puede ser un partido decisivo, nuestro cuerpo activa mecanismos que aumentan transitoriamente la frecuencia cardíaca, la presión arterial y la liberación de hormonas como la adrenalina y el cortisol para responder de manera rápida y eficiente. En condiciones normales, una vez superado ese estímulo, el organismo vuelve a su estado basal sin generar consecuencias para la salud.

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El problema aparece cuando esa situación puntual se suma a un contexto de estrés sostenido. Muchas personas llegan a estos momentos de alta carga emocional después de semanas o meses de cansancio acumulado, descanso insuficiente, hiperconectividad, exigencias laborales y preocupaciones cotidianas. En ese escenario, la activación permanente de estos mecanismos deja de ser adaptativa y comienza a producir efectos adversos sobre el sistema cardiovascular, aumentando la probabilidad de impacto a largo plazo sobre la salud del corazón.

Vivimos en una sociedad que muchas veces naturaliza el agotamiento. Dormir poco, sentirse permanentemente cansado, vivir con sensación de falta de tiempo o mantenerse en estado de alerta constante suele percibirse como parte del ritmo de vida. Sin embargo, acostumbrarse a convivir con esos síntomas no significa que sean normales. En muchos casos, el organismo se adapta parcialmente a ese estado de hiperactivación y la persona deja de identificar esas señales como una alerta. Si bien el cansancio puede tener múltiples causas, cuando es persistente, disminuye la capacidad para realizar las actividades habituales o se acompaña de síntomas como falta de aire, palpitaciones, dolor u opresión en el pecho o mareos, es importante realizar una evaluación médica para determinar su origen.

El sueño ocupa un lugar central dentro de ese proceso. Durante el descanso nocturno disminuyen naturalmente la frecuencia cardíaca y la presión arterial, permitiendo que el corazón reduzca su carga de trabajo y favoreciendo la recuperación del organismo. Cuando el sueño es insuficiente o de mala calidad, esos mecanismos protectores se alteran y aumenta la activación de los sistemas relacionados con la respuesta al estrés. Hoy sabemos que dormir entre siete y nueve horas por noche, con horarios regulares y un sueño reparador, constituye uno de los pilares de la prevención cardiovascular, junto con una alimentación equilibrada, la actividad física regular, el control de los factores de riesgo y dejar de fumar.

También es importante prestar atención a aquellas señales que el organismo no debería ignorar. Fatiga persistente, disminución de la tolerancia al esfuerzo, falta de aire al realizar actividades habituales, palpitaciones, molestias u opresión en el pecho, mareos o trastornos del sueño que se mantienen en el tiempo son síntomas que requieren una evaluación clínica para descartar una enfermedad cardiovascular u otras causas que puedan requerir tratamiento.

Otro aspecto que suele postergarse son los controles médicos preventivos. Muchas enfermedades cardiovasculares pueden evolucionar de manera silenciosa durante años. Factores de riesgo como la hipertensión arterial, las alteraciones del colesterol o la diabetes pueden permanecer asintomáticos mientras producen cambios progresivos sobre el sistema cardiovascular. Por eso, la ausencia de síntomas no siempre es sinónimo de buena salud.

La prevención no consiste únicamente en buscar enfermedades, sino en identificar factores de riesgo antes de que aparezcan las complicaciones. Una consulta médica, una adecuada evaluación clínica y la valoración individual del riesgo cardiovascular permiten establecer estrategias de prevención adaptadas a cada persona. De hecho, uno de los mejores momentos para realizar un control cardiovascular es precisamente cuando uno se siente bien, porque es allí donde las intervenciones preventivas tienen mayor impacto.

En estos días de Mundial, probablemente no podamos controlar la ansiedad que genera un penal o un alargue. Tampoco es necesario resignar la emoción que despierta acompañar a la selección. Lo importante es recordar que el cuidado del corazón no depende de un único momento, sino de los hábitos que sostenemos todos los días.

La prevención cardiovascular se construye a largo plazo. Mantener actividad física de forma regular, seguir una alimentación cardioprotectora, dormir bien, reducir el sedentarismo, aprender a gestionar el estrés cotidiano, evitar el tabaquismo y el consumo de alcohol, y realizar controles médicos periódicos son medidas simples que han demostrado tener un impacto significativo en la salud cardiovascular. Disfrutar de la pasión que despierta el deporte y, al mismo tiempo, cuidar el corazón es la mejor estrategia para vivir cada emoción de la manera más saludable posible.

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Carolina Arriva

Médica especialista en Cardiología.