La nube no es el cielo: la nueva dependencia digital

20 de abril, 2026 | 15.48

Durante décadas, en América Latina la dependencia tuvo nombres conocidos: endeudamiento externo, restricción de divisas, primarización productiva, transferencia regresiva de ingresos, subordinación financiera. Hoy ese mapa no desapareció, pero se volvió insuficiente. Hay una nueva forma de dependencia que entra sin estridencias, revestida de modernización, eficiencia y transformación digital. Entra por la nube.

Ese es el núcleo del nuevo libro de Cecilia Rikap, Teoría de la dependencia digital. Soberanía y desarrollo en el capitalismo del siglo XXI (Caja Negra), una intervención particularmente lúcida en un momento en que buena parte del debate público oscila entre el entusiasmo ingenuo por la inteligencia artificial y la impotencia política frente al poder de las Big Tech. Rikap corre la discusión de ese terreno superficial y obliga a mirar lo esencial: quién controla la infraestructura, quién fija el ritmo de la innovación, quién se apropia del conocimiento socialmente producido y quién define, en última instancia, las condiciones bajo las cuales Estados, empresas, universidades y trabajadores deben desenvolverse.

La novedad de su planteo está en que no se limita a denunciar el tamaño de las grandes tecnológicas. Lo que muestra es algo más profundo: la consolidación de monopolios intelectuales capaces de organizar una economía mundial asimétrica, de absorber valor producido por otros y de transformar capacidades públicas y privadas en apéndices de sus propios ecosistemas. La dependencia, en este esquema, ya no se juega solamente en lo que un país exporta o importa. También se juega en la infraestructura digital sobre la que funciona su administración pública, en las plataformas donde se almacenan sus datos, en el software con el que se gestiona el trabajo y en los servicios de cómputo sin los cuales ya casi nada opera.

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Ese punto es decisivo porque durante años se nos vendió la digitalización como si fuera una suerte de proceso neutral. Bastaba con “subirse” a la innovación, migrar a la nube, incorporar herramientas de inteligencia artificial, celebrar convenios con proveedores globales y dejar que el futuro ocurriera. Pero la nube no es el cielo: es infraestructura física, privatizada, concentrada y regida por intereses corporativos. Y cuando esa infraestructura pasa a ser condición para el funcionamiento del Estado, de la producción y de la vida social, la dependencia tecnológica deja de ser un problema sectorial. Se convierte en una cuestión de poder.

Para un país periférico como la Argentina, el tema debería ser evidente. Cada vez que una repartición pública terceriza capacidades críticas, cada vez que una universidad o una empresa adapta sus procesos a estándares definidos por actores extranjeros, cada vez que la digitalización se concibe como simple compra de servicios y no como construcción de capacidades, se profundiza una subordinación que luego se presenta como inevitable. Lo más inquietante es que esa cesión de soberanía suele venir envuelta en un discurso celebratorio: se la nombra como innovación, cuando muchas veces no es más que dependencia actualizada.

El mérito del libro de Rikap es que permite leer este fenómeno sin caer ni en el catastrofismo vacío ni en la fascinación tecnocrática. La autora desmonta dos ilusiones muy extendidas. La primera, que las nuevas tecnologías traen desarrollo por sí mismas. La segunda, que la única alternativa posible para los países periféricos es adaptarse a los términos fijados por los gigantes digitales y tratar de capturar algunas migajas del proceso. En ambos casos, lo que se omite es la estructura de poder que organiza esa supuesta modernización.

Desde la perspectiva de las relaciones laborales, la discusión adquiere un espesor todavía mayor. Porque la dependencia digital no afecta solamente la balanza tecnológica ni la autonomía estatal: también redefine las formas concretas en que se organiza, mide y disciplina el trabajo. La expansión de sistemas algorítmicos de gestión, monitoreo y evaluación no es apenas una innovación empresarial. Es una transformación del mando. Cambia quién decide, con qué criterios se asignan tareas, cómo se controla el rendimiento y hasta qué punto el trabajador puede comprender o disputar las reglas que ordenan su actividad.

La pregunta, entonces, no es solo si la inteligencia artificial destruirá más o menos empleos. Esa discusión, por importante que sea, suele quedarse en la superficie. La cuestión más de fondo es quién gobierna la digitalización del trabajo y con qué finalidad. Porque un proceso dirigido desde infraestructuras opacas, diseñadas fuera del país y administradas por corporaciones que no rinden cuentas democráticamente, tiende a reforzar la asimetría entre capital y trabajo. Aumenta la capacidad de vigilancia empresaria, intensifica ritmos, individualiza la evaluación y debilita la posibilidad de control democrático sobre la organización laboral.

En otras palabras: la dependencia digital también es una forma de dependencia laboral. No porque toda tecnología sea necesariamente regresiva, sino porque la arquitectura actual de la digitalización concentra el poder de decisión en actores que no responden ni a prioridades nacionales ni a criterios de justicia social. El problema no es la tecnología en abstracto. El problema es el régimen de propiedad, de control y de apropiación que la estructura.

Aquí aparece otro aporte fuerte del libro: la soberanía digital no es presentada como consigna vacía ni como repliegue autárquico. No se trata de “desconectarse” del mundo ni de fantasear con una autosuficiencia imposible. Se trata de construir capacidades públicas, de diseñar infraestructura propia, de fortalecer sistemas abiertos, de evitar el encierro en ecosistemas privados y de recuperar margen de decisión allí donde hoy reina la obediencia al proveedor. Es, en definitiva, una agenda de desarrollo.

En la Argentina esa discusión debería ser urgente. No solo porque el gobierno libertario concibe al Estado como un estorbo y a la política pública como una anomalía, sino porque esa mirada facilita un tipo de inserción subordinada especialmente peligrosa: un país que se resigna a ser usuario, cliente o mercado cautivo de tecnologías desarrolladas en otra parte, mientras abandona la construcción de capacidades propias. La paradoja es brutal. En nombre de la eficiencia, se vacía al Estado. En nombre de la innovación, se entrega soberanía. En nombre de la modernización, se consolida una nueva dependencia.

Por eso el libro de Rikap llega a tiempo. Obliga a romper con el sentido común que presenta a la digitalización como un proceso espontáneo y beneficioso por definición. Y recuerda algo elemental, aunque hoy parezca subversivo: el desarrollo no consiste en alquilarle el futuro a un puñado de corporaciones. Consiste en disputar las condiciones en que ese futuro se construye.

La Argentina ya conoce demasiado bien los costos de la dependencia. Lo que este libro muestra es que ese viejo problema no desapareció: cambió de soporte. Ya no entra solamente por la deuda, por las importaciones o por los organismos internacionales. Entra por los servidores, por las plataformas, por los datos, por la inteligencia artificial, por la nube. Y cuando esa dependencia se naturaliza, no solo se debilita la soberanía del Estado. También se degrada la capacidad social de decidir cómo producir, cómo trabajar y para quién organizar la tecnología.

Porque sin soberanía digital no hay proyecto de desarrollo digno de ese nombre. Y sin capacidad de intervenir sobre la infraestructura que ordena la producción y el trabajo, la democracia también empieza a quedar tercerizada.