La Industria argentina lleva quince meses seguidos de contracción. En enero el Monitor de Desempeño Industrial de la UIA tuvo una caída de 7,5 puntos respecto a diciembre y de 5,6 puntos contra doce meses antes. Más de la mitad de las empresas redujo su producción en el primer mes de 2026. Más de la mitad de las empresas vio caer sus ventas respecto al final del año pasado. Cuatro de cada diez industrias sufren problemas de pagos. Una de cada cuatro está pensando en despedir personal. 2436 empresas ya cerraron en lo que va de la era Milei; los empleos perdidos en el sector superan los 73 mil. La mayoría de los consultados identifica la baja demanda como el factor principal para explicar esos números.
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La producción automotriz cayó alrededor de 30 por ciento interanual en el primer bimestre de 2026, según datos de ADEFA, fruto de siete meses consecutivos de caídas interanuales. “Los pisos de hoy son el nuevo techo”, se lamentan en la industria. Son datos que explican por qué Argentina figura en el anteúltimo lugar en la lista de países ordenados por su capacidad industrial que realizó la consultora internacional Audemus en base a datos de Naciones Unidas. En los últimos dos años, de acuerdo a esta medición, la actividad industrial argentina cayó en promedio 7,9 por ciento, sólo superado por Hungría, con 8,2 por ciento. En comparación: Brasil creció un 3,5 por ciento, Perú 6,5 por ciento, Uruguay 3,7 por ciento.
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La recaudación fiscal cayó en febrero 9,7 por ciento respecto al año anterior en términos reales: una debacle propia de un país que atraviesa una catástrofe natural, o una guerra. En Argentina, la catástrofe es Javier Milei. De acuerdo a los cálculos de IARAF, sólo en el primer bimestre de 2026 se perdieron más de 3,3 billones de pesos (eso es tres coma tres millones de millones de pesos, o más de dos mil millones de dólares, al cambio actual) por esa retracción. Eso va a implicar la necesidad de un ajuste más grande para garantizar el show del superávit fiscal, que el gobierno no está dispuesto a resignar. En una economía virtualmente en depresión puede terminar con la escasa salud que le queda al paciente.
Empleo: 197 mil puestos de trabajo registrados menos que en noviembre de 2023, cuando estábamos tan mal que ganó Milei. Son datos del SIPA. La cantidad de empresas empleadoras que cerraron sus puertas hace rato superó las 20 mil. Son un promedio de treinta por día. Es un fenómeno parejo que se replica en todo el país: todas las provincias (y la Ciudad de Buenos Aires) perdieron empresas y puestos de trabajo, excepto Neuquén y, marginalmente, Río Negro. El efecto Vaca Muerta es la representación gráfica más clara de la economía que propone este gobierno: un sector, o tres, que crecen (extracción, agro, finanzas), acaparando ganancias extraordinarias, mientras el resto del país se hunde.
El contrato electoral tenía una cláusula: terminar con la inflación. En enero subió 2,9 por ciento mensual, el dato más alto desde marzo de 2025. El relevamiento de expectativas de mercado que hace el Banco Central con las principales consultoras marca para febrero un pronóstico de 2,7 por ciento. Es una suba considerable respecto al 2,1 que habían previsto en enero para ese mes. Son datos que subestiman el impacto en el bolsillo porque se construyen sobre una canasta que no se actualiza desde hace más de veinte años y que este gobierno se niega a reemplazar por una más nueva, cambio que estaba previsto para el mes pasado. El asado, en el último año, se encareció un 76 por ciento.
Los salarios están por el piso. Respecto a noviembre de 2023, los registrados privados perdieron por siete puntos contra la inflación trucha. Es un proceso que se está acelerando, sólo en los últimos cuatro meses del año pasado acumularon una caída de 2,5 puntos y nada indica que en enero y febrero eso se haya revertido. Al contrario: a partir de octubre cayó también la remuneración pretendida, cosa que sucede cuando el combo de desempleo y malos salarios alcanza una masa crítica. En el sector público la situación es dramática: 17 por ciento menos los estatales, y más de ¡35! por ciento entre los empleados del Estado nacional. Eso incluye a docentes, policías, militares y personal de salud.
Sigue: a pesar de haber comprado dólares durante todo el verano el gobierno no consigue reconstituir sus reservas, lo que incrementa la exposición del país a cimbronazos externos. El Instituto Peterson, un importante think tank de Washington, advirtió esta semana que “el frágil esquema monetario de Argentina amenaza con una renovada volatilidad”. Seis grandes bancos norteamericanos advirtieron en sus reportes de esta semana que Buenos Aires es la plaza más expuesta. Después de haber hecho ganancias extraordinarias garantizadas por la bicicleta financiera durante dos años, muchos empiezan a preguntarse si no es el momento de embolsar el botín y llevarlo a un puerto más seguro.
Esto era así el 28 de febrero.
Y después empezaron a caer las bombas.
Y a partir de ahí todo se complicó mucho más rápido que lo que ningún analista pudo prever.
Y ahora nadie se atreve a hacer pronósticos.
En la última semana, el precio del barril de Brent saltó de 73 a 93 dólares, una suba del 28 por ciento. El gas natural europeo saltó de 32 a 60 euros por megavatio-hora después de que Qatar, que produce la quinta parte del GNL que se consume en todo el mundo, anunciara el cierre de su producción en la planta de Ras Laffan. El precio del Jet Fuel se duplicó y muchas aerolíneas advierten que están en riesgo sus operaciones. La nafta está subiendo rápido en Estados Unidos y en Europa. Las reservas estratégicas de los países que dependen del Golfo alcanzan para pocas semanas; las cadenas globales de producción colapsarán antes. La economía mundial no está diseñada ni puede funcionar normalmente sin ese insumo.
Estamos atravesando horas cruciales. Hasta ahora la crisis es logística. Irán cerró militarmente el estrecho de Hormuz, un paso por el que transita, en buques cisterna, el veinte por ciento del petróleo mundial: más de 20 millones de barriles por día cuando funciona a toda capacidad. Si la guerra terminara ahora, en un rato los barcos que se encuentran varados vuelven a navegar, el precio del petróleo baja hasta estabilizarse en los niveles previos a la guerra, o un poco más arriba, y en pocos días la situación energética mundial estaría relativamente estabilizada. Por ahora, las petroleras, con alguna interrupción puntual a causa de un ataque o ante el riesgo de uno, siguen funcionando. No se detuvieron.
En las próximas horas o días esas petroleras van a tener que apagar las máquinas porque están alcanzando el tope en su capacidad de almacenamiento. Si los barcos con petróleo pueden salir a descargar y los barcos vacíos no llegan, tarde o temprano ya no hay dónde guardar el producto y entonces hay que detener la producción. Las plantas de extracción y refinamiento del Golfo Pérsico son inmensos complejos industriales diseñados para funcionar de manera continua, las veinticuatro horas, cada día del año. Detenerlos implica un enorme costo económico. Volverlos a poner en marcha requiere varias semanas para que funcionen y meses hasta que recuperan el ritmo óptimo de procesamiento.
Cuando se apaguen el problema va a dejar de ser logístico para ser técnico. Es decir que si la guerra terminase, digamos, en veinte días o en un mes, probablemente el sistema energético mundial ya esté inmerso en la crisis más grande de su historia y le tome meses volver a normalizarse y años reparar las consecuencias. El viernes el ministro de Energía de Qatar, Saad al-Kaabi, en una entrevista con el Financial Times, avisó que “todos los productores de energía del Golfo van a cerrar sus exportaciones en un plazo de semanas y eso llevará el barril de petróleo a 150 dólares” y que tendrán que “aducir razones de fuerza mayor” para justificar el incumplimiento de contratos.
Y no es sólo el petróleo. Por el estrecho de Hormuz pasa un tercio del suministro mundial de fertilizantes. En algunos insumos representa casi la mitad. El precio de toda esa vertical también se disparó. Eso va a encarecer el costo de la producción de alimentos y, en el mediano plazo, si esto no se resuelve, puede generar un achicamiento considerable de las próximas cosechas. Estamos ante el inicio de la primavera en el hemisferio norte, pico absoluto de la demanda global. Y a diferencia de lo que sucede con los hidrocarburos, no existen reservas estratégicas nacionales que puedan servir como puente a la espera de que se resuelva el conflicto, por lo que el costo de la guerra se derramará inmediatamente a la cadena de valor.
Impulsada por la suba del costo de energía y alimentos, la inflación mundial tendrá este año un nuevo salto, cuya magnitud estará directamente asociada a la duración e intensidad de la guerra. La logística también va a encarecerse. A la suba del precio del combustible se le suma el encarecimiento de los seguros. Pronto puede cerrarse también el Mar Rojo, donde acaba de arribar el portaaviones USS Gerald Ford, el más grande de la flota norteamericana, y donde operan los hutíes desde Yemen, aliados a Irán. Parte del tránsito ya se está reencausando a través del cabo de Buena Esperanza, en Sudáfrica: rutas más largas, más caras y menos eficientes. Destinos como la Argentina, lejanos y no prioritarios, reciben la peor parte.
En resumen: la ruinosa economía de Milei, que hasta acá sólo pudo evitar el abismo gracias a una sucesión de rescates carísimos (y totalmente opacos), y que se encuentra inmersa en una crisis con depresión económica y alta inflación, sin reservas en el Banco Central que brinden cierta capacidad de maniobra, con los niveles de inversión extranjera directa más bajos del último cuarto de siglo, con una mesa de dinero funcionando en el lugar en el que debería haber un gabinete económico competente, y el país entregado de pies y manos a la voluntad de los Estados Unidos, deberá afrontar un shock externo de magnitud aún desconocida pero probablemente muy alta. Ajusten sus cinturones. Los de seguridad también.
Y Milei va a tener que tomar una decisión: Milei o Argentina.
Va a tener que decidir si quiere seguir haciendo cosplay de eminencia de la escuela austríaca de artes plásticas o se pone a gobernar efectivamente un país y a tomar las decisiones que son necesarias en una situación crítica. Hoy todos los países del mundo se están cubriendo ante la tormenta. Protegen su economía. Planifican líneas de producción alternativas. Acumulan reservas estratégicas para suplir eventuales carencias. Se asocian con otros países con agendas o intereses complementarios para tener reaseguros (comerciales, financieros, militares, lo que sea). Todos los países del mundo menos la Argentina de Javier Milei, que al mismo tiempo se desprotege y se expone, tomando partido innecesariamente.
El decreto 70/2023 que el presidente firmó a poco de asumir le prohíbe al Poder Ejecutivo restringir o poner cupo a las exportaciones de cualquier tipo por motivos económicos, perdiendo una herramienta esencial para despegar el precio local de las fluctuaciones del mercado internacional. El gobierno además desreguló el precio de los combustibles, eliminando el barril criollo para que el crudo cotice en el mercado local a valor de exportación. La nafta y el gasoil están atados a las pizarras internacionales, al menos cuando suben. Las retenciones de todos los productos del agro están más bajas, otro mecanismo de desacople que el gobierno no quiere usar. Tampoco hay reservas: no de insumos estratégicos sino siquiera de dólares.
Lo que tiene la Argentina es una porción nada despreciable de la producción mundial de alimentos y energía. Nuestras reservas estratégicas son la Pampa, los Andes, el Mar Argentino, nuestros ríos, nuestros bosques, nuestros valles… Lo que no tenemos hoy es soberanía sobre todo eso. Milei culminó un largo proceso de entrega que va a implicar, en este contexto mundial y bajo este marco político y económico, siempre subordinado a la necesidad eterna de divisas, que la comida y el combustible que produce este país no vayan a destinarse a las necesidades básicas de los argentinos ni a promover el desarrollo nacional en una oportunidad histórica, sino a fugarse para enriquecer un puñado de empresarios y tránsfugas.
Pronto, antes de lo que cree, sus decisiones van a poner a Milei ante una disyuntiva. Va a tener que elegir si sigue enfrascado en su locura ultra ideologizada, promoviendo un aperturismo idiota, como quien abre las ventanas cuando llega un huracán, alineado con el bando agresor en una guerra de cuyas consecuencias no podrá desentenderse, en cuyo caso los argentinos la vamos a pasar mal. Muy mal. O bien, y escribo esto sin esperanzas pero con convicción, todavía está a tiempo de comportarse como el presidente de la Argentina y de actuar guiado por los intereses del país y no por fanatismo y coimas. Tomar las medidas que sean necesarias para que los alimentos y la energía del país dejen sus beneficios en el país.
Si no lo hace, estoy seguro de que más temprano que tarde los argentinos van a buscar a alguien que se encargue de hacerlo. Así funcionan las cosas. Así funcionaron siempre. No culpen al mensajero.
