Lo que es, lo que parece: luces, sombras y espejismos post electorales

21 de noviembre, 2021 | 23.55

La referencia del título de esta nota no pretende ceñirse a la identidad o no entre “ser” y “parecer”, ni a la relevancia que se le asigne a cada uno de esos términos, aunque claro está, los incluye; sino principalmente a proponer trasvasar el sentido y correspondencia inicial que, subjetivamente, podamos atribuir a ciertos fenómenos y emergentes sociales tan frecuentes en estos tiempos.

¿Existen mayorías en Política?

La apelación a “mayorías” cuando se invocan representaciones, impone detenerse en un análisis más pormenorizado y conceptual acerca de los alcances que pueda efectivamente asignarse a una expresión semejante.

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Aunque suene a una total obviedad, esa primera impresión que la palabra mayoría nos brinda en cuanto a una cantidad de voluntades que superan -cuanto menos- la mitad de un determinado universo, o sea una mayoría “absoluta”, no se corresponde verdaderamente con lo que se verifica, en tanto las mayorías son por lo general “relativas”, o sea, “primeras minorías” aún cuando se ostente una diferencia apreciable con aquellas que la sigan (las otras minorías).

El resultado de las contiendas electorales muestra con elocuencia la condición antes señalada, en tanto -salvo escasas y raras excepciones- ningún candidato o fuerza se alza con un caudal de votos que los consagre como mayoría absoluta, sino relativa y contingente.

Las elecciones del domingo pasado dan perfecta cuenta de ello, pero también de otra condición, que es la volatilidad de la voluntad de una porción importante del electorado como de la ínsita variabilidad que exhiben las primarias (PASO) con las elecciones generales, sin que suponga menoscabo del valor atribuible a aquellas como tendencia.

De tal suerte que sería más apropiado hablar de la construcción de mayorías, en cuanto se las pretenda virtual o realmente “absolutas” y de los presupuestos necesarios -si bien no indefectibles- para consolidarlas, manteniéndolas o incluso acrecentándolas.

Oficialismos populares

La palabra Pueblo tiene una acepción general abarcativa del conjunto de la población que integra una Nación, sin distingos y, en tanto tal, como significante de una abstracta homogeneidad que, a poco, de explorarla advertimos que no lo es en realidad.

La pluralidad y diversidad es inherente a toda sociedad, su reconocimiento y aceptación como natural no siempre se verifica, pero es un valor que, en tanto se imponga, mejora la calidad de la vida comunitaria.

La estratificación en clases sociales y su naturalización, particularmente cuando se convierten en espacios estancos que difícilmente permiten un corrimiento del lugar de origen que tocó en suerte, en cambio, constituye un disvalor que se acrecienta cuando las capas más altas se transforman y comportan como elites.

Entonces es cuando, en el campo político, Pueblo adquiere otra significación amplia, aunque más restringida, porque es identitaria de los sectores de menores recursos y menospreciados socialmente por el elitismo, que si bien incluye también a las capas medias sus integrantes no necesariamente, ni en su totalidad, se autoperciben como formando parte de aquella categoría política.

Foto: Kaloian Santos Cabrera.

Desde esa perspectiva, lo popular implica esa identificación y un gobierno que se precie de tal debe responder en sus postulados, sus programas y sus acciones a las demandas de quienes son representados por esa concepción de Pueblo, otorgando prioritaria atención a las reclamadas por los más desposeídos.

Los oficialismos populares que acceden al gobierno con amplias mayorías, incluso “absolutas”, tienen mayores dificultades de revalidarse en las elecciones de medio término que las registradas por las fuerzas conservadoras o francamente reaccionarias, lo que no deja de resultar paradójico cuando, a su vez, son aquellos los que -generalmente- repiten la preferencia del electorado cuando vuelve a disputarse el gobierno al vencimiento de los mandatos.

Las razones o sinrazones de ese tipo de conductas ciudadanas habilitan todo tipo de especulaciones, sin que sea dable obtener una certeza acerca de las mismas y lo más probable es que no sea válida una única respuesta. Sin embargo, es factible señalar que las exigencias a los gobiernos populares son mayores, así como las expectativas que despiertan y que se acrecientan en la medida que son -aun parcialmente- satisfechas las demandas.

La ampliación de derechos es también un signo que distingue a los gobiernos populares, que importa un reconocimiento de lo que es debido pero que no deja de ser un mérito destacable y merecedor de gratitud, no por tratarse de una gracia del gobernante sino por vehiculizar una conquista muchas veces postergada y representar la concreción de una acción colectiva que exige de una decisión política que la materialice.

Luego, la incorporación de nuevos derechos se naturaliza creando la falsa sensación de que son inamovibles y que su preservación no requiere de una férrea voluntad de lucha para sostenerlos, de la continuidad de las políticas que lo hicieron posible, de la actitud crítica por todo lo que falta o no se hizo sin ceder a la tentación de enrolarse electoralmente en otras fuerzas que representan, por sus antecedentes y sus postulados ideológicos, la negación misma de ese ideario de progreso colectivo.

¿Clase aspiracional?

A la clásica división social en clases, a la que se suman las subdivisiones -adjetivadas- de cada una de ellas, con alguna licencia de lenguaje y, si se quiere, de forzamiento conceptual en erigirla como una entidad autónoma, puede plantearse una “clase aspiracional” en los sistemas de Occidente y reinante en países como el nuestro, nítidamente en el caso de Argentina.

Es de las capas medias, principalmente, y también de las bajas -que se nutren de trabajadoras y trabajadores-, de donde provienen quienes cultivan ese espíritu aspiracional que en algún punto o manifestación existencial los reúne y los inclina a desprenderse del destino común como Pueblo sin advertir que, inexorablemente, los comprende.

Aspirar a un mejor vivir, a una mayor calidad de vida y de trabajo, a atravesar esas fronteras de “clase” en un sentido ascendente, ningún cuestionamiento podría generar en tanto legítimo deseo humano de progreso.

Lo que sí cabe poner en cuestión es la pérdida de memoria en orden a de dónde se viene, qué condiciones políticas -más allá de esfuerzos y aptitudes personales- lo hicieron posible, cuáles compromisos supone con respecto a los otros que han quedado rezagados y sujetos a privaciones de necesidades básicas, el no discernir que quienes hoy son objeto de sus encantamientos electorales alientan propuestas con las que jamás hubieran llegado a donde llegaron.

Esa “clase aspiracional” reniega de sus orígenes o los evoca sólo para denostar a los que no han podido aún avanzar por motivos de lo más disímiles, se encandila con la mirada puesta siempre más arriba en la escala social como si se tratase de un espejo que alguna vez pudiera reflejar su propia imagen.

Consiste, esta sí, en una suerte de puerta giratoria, porque cada vez que se entronizan gobiernos de neto corte antipopular, mal que les pese, su vida sufre un cambio de 180° y por lo general los termina empujando hacia la alternativa opuesta hasta que recuperan -en todo o en parte- su situación anterior y, rápidamente, se reconvierten en oposición aliándose con sus verdugos.

Lo que tenemos por delante

Los colores con que ha quedado pintado el país se quiere presentar como un inevitable destino manifiesto con miras a las elecciones de 2023, aunque en la oposición que representa (no tan) Juntos x el Cambio la cromática ofrece variantes por el pincel que recientemente empuñara la UCR y ha teñido el aparente amarillo totalizador del PRO.

El resultado electoral no ha alcanzado para profundizar un indisimulado deseo, como concretas operaciones desestabilizadoras, dirigidos a ponerle fin al Gobierno nacional antes del vencimiento fijado democráticamente para su mandato. Quizás sea por ello, que a despecho de simples cálculos aritméticos que en política no se corresponden con los cánones matemáticos, la sensación de triunfo y los consiguientes festejos provocan no pocas perplejidades, enojos y reclamos de reconocimientos en la órbita institucional futura.

Foto: Kaloian Santos Cabrera.

La simplificación insustancial -aunque redituable para los sectores más reaccionarios- de invocar la “grieta” y la factibilidad de superarla para obtener el bienestar general, una convivencia “madura” y el respeto por las disidencias, no genera provecho alguno con el objeto de desentrañar lo que está en juego y cuales son los presupuestos políticos para que efectivamente se alcancen esas metas.

La cultura del odio, el menosprecio por la vida cuando se trata de aquellos más empobrecidos, el discurso de la seguridad ciudadana frente a la violencia a la par que se la fomenta abiertamente en diferentes planos, y se la tolera -e incluso, se la promueve- cuando se manifiesta en el brutal acaparamiento de recursos en provecho de minorías cuyas consecuencias, irremediables, se proyectan en serios perjuicios sociales; delimita intereses y pone a la vista una determinada concepción de la sociedad que se pretende diseñar, como del tipo de país al que se aspira.

No es nada nuevo, ni subsumible en una aducida “grieta” el posicionamiento en favor o en contra de proyectos e ideologías semejantes, lo único novedoso es el apelativo anodino que se emplea y que confunde desviando el eje de lo que está en debate. Hoy favorecido, expandido y formador de sentido común por las corporaciones mediáticas hegemónicas.

En Política lo que es no siempre resulta ser lo que parece, y tanto rige para aquello que se muestra en superficie pero que no se condice con lo que surge desde abajo, como para arriesgar pronósticos aventurados -en cualquier dirección- a dos años de culminar el mandato popular conferido en octubre de 2019.

La construcción de mayorías es una tarea continua, no cristalizable por obra de un acto eleccionario cuya relevancia consiste en darle una adecuada lectura y actuar en consecuencia. El diálogo es bueno para la democracia en tanto se verifique una real disposición de las fuerzas opositoras en tal sentido, cuando no y se viven situaciones excepcionales, lo que se espera de un gobierno popular es que oriente sus acciones -sin depender de consensos imposibles- hacia el estricto cumplimiento de los compromisos electorales y para asegurar una continuidad indispensable para lograr las transformaciones estructurales que son condición de la realización y perdurabilidad de aquellos.

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Álvaro Ruiz

Abogado laboralista, profesor titular de derecho del Trabajo de Grado y Posgrado (UBA, UNLZ y UMSA). Autor de numerosos libros y publicaciones nacionales e internacionales. Columnista en medios de comunicación nacionales. Apasionado futbolero y destacado mediocampista.

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