Están en el agua que tomamos, en la comida que comemos, en el aire que respiramos. Y, según estudios recientes, también en nuestros tejidos más sensibles: desde la placenta hasta los testículos. Los microplásticos — diminutas partículas derivadas de la degradación del plástico— ya no son una amenaza del futuro. Son una realidad del presente. Los microplásticos ya no son solo un problema ambiental: la ciencia empieza a demostrar que también representan un riesgo para la salud humana. Estudios recientes detectaron su presencia en órganos internos, tejidos y fluidos como sangre, semen y leche materna. Argentina no es ajena a esta tendencia, y equipos locales trabajan para entender el alcance del fenómeno.
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En entornos experimentales, estos materiales generados por la fragmentación de plásticos más grandes han demostrado comportarse como perturbadores endocrinos. Al ingresar al organismo, pueden interferir en procesos hormonales claves, especialmente durante etapas críticas como el desarrollo fetal o la adolescencia.
Una de las áreas de mayor preocupación es la salud reproductiva. Investigaciones preliminares sugieren que la acumulación de microplásticos en testículos, ovarios y placentas podría alterar funciones biológicas esenciales, y eventualmente impactar en la fertilidad de las futuras generaciones.
La vía de ingreso es múltiple y cotidiana: alimentos, envases, cosméticos, aire y agua potable. Frente a esta exposición constante, investigadoras del CONICET y de la UNL señalan la necesidad de mayores controles, nuevas regulaciones y un abordaje sanitario del tema. La amenaza es silenciosa, pero avanza.
Aunque durante años se pensó que su pequeño tamaño los volvía inofensivos, la evidencia científica comenzó a encender todas las alarmas. Y en Argentina, un equipo del Instituto de Salud y Ambiente del Litoral (ISAL, UNL-CONICET) está al frente de una investigación pionera que busca entender cómo estos contaminantes invisibles afectan la salud reproductiva y el desarrollo fetal.
“Nos preocupó profundamente cuando otros grupos de investigación comenzaron a detectar microplásticos en placentas humanas y leche materna. Ahí supimos que teníamos que actuar”, cuenta la Dra. María Mercedes Milesi, investigadora del CONICET y docente de la UNL. La Dra. Milesi dirige un proyecto interdisciplinario que reúne especialistas en bioquímica, ingeniería y ciencias ambientales, financiado por la Agencia Santafesina de Ciencia, Tecnología e Innovación del gobierno de la provincia de Santa Fe y la UNL.
Los microplásticos llegan al cuerpo humano principalmente por ingestión y por inhalación. Están en alimentos marinos como peces y mariscos, pero también en sal, agua potable, frutas, verduras e incluso en el aire de nuestras casas. Una vez dentro del organismo, pueden atravesar barreras biológicas —como la hemato-testicular o la placentaria— y acumularse en órganos y tejidos.
“Ya hay evidencia de que pueden alterar a las células presentes en los testículos, atravesando una barrera muy selectiva que protege la producción de espermatozoides”, explica la Dra. Milena Durando, investigadora del CONICET y docente de la UNL. Y no es un dato menor: la presencia de microplásticos se ha vinculado a una disminución en la calidad espermática y otros parámetros reproductivos.
El cóctel químico invisible
Pero el problema no son solo las partículas de plástico. También están los aditivos químicos que contienen: ftalatos, bisfenoles (como el BPA o su reemplazo, el BPF), retardantes de llama y otros compuestos que pueden interferir con el sistema hormonal humano.
“La exposición crónica a estos compuestos puede alterar funciones esenciales como la fertilidad, el desarrollo y el metabolismo”, advierte Ailín Almirón, becaria doctoral de CONICET y docente de la UNL. Estos aditivos pueden liberarse en el ambiente o permanecer adheridos a las micropartículas, que actúan como vehículos tóxicos dentro del organismo.
Actualmente, ya se sabe que la exposición de líneas celulares humanas a diferentes tipos de microplásticos provoca estrés oxidativo, inflamación, daño en el ADN y otros signos de disfunción celular.
“Partiendo de estos hallazgos, nos propusimos trabajar con modelos animales para analizar los efectos de la exposición oral durante la gestación. Nuestro objetivo es comprender su impacto en el desarrollo fetal, el sistema reproductivo y el metabolismo”, explica Durando.
El proyecto, interdisciplinario e innovador, también incluye una línea de biorremediación liderada por investigadores y docentes de la FICH, UNL—que explora el uso de lombrices y bacterias para degradar microplásticos en suelos— y otra dedicada al desarrollo de métodos analíticos “verdes” para detectarlos en tejidos humanos y ambientales, liderada por docentes e investigadores de la FIQ, UNL.
¿Se puede medir lo que no se ve?
Detectar microplásticos en tejidos humanos sigue siendo un desafío técnico de primer nivel. “Muchas veces el problema es la contaminación cruzada durante el análisis o la falta de métodos estandarizados. Por eso estamos desarrollando técnicas más precisas y menos tóxicas, basadas en principios de química analítica verde”, cuenta Milesi. Para eso, el equipo interdisciplinario trabaja utilizando microscopía avanzada, espectrometría de masas y solventes ecológicos como líquidos iónicos y ciclodextrinas funcionalizadas.
¿Una amenaza real para la salud pública?
Aunque la investigación se encuentra en sus etapas iniciales, el equipo científico argentino no duda en calificar a los microplásticos como una amenaza emergente para la salud pública. Su acumulación en tejidos humanos, su interacción con el sistema endocrino y su persistencia en el ambiente son suficientes para encender las alarmas.
“Lo más preocupante es que sus efectos podrían ser acumulativos y difíciles de revertir. Necesitamos regulaciones más estrictas, monitoreo en poblaciones vulnerables y un cambio de paradigma en la gestión de residuos plásticos”, subraya Milesi.
Desde el punto de vista ambiental, las investigadoras proponen regular los aditivos tóxicos, reducir el uso de plásticos de un solo uso y promover materiales alternativos. Desde la salud pública, abogan por estudios de biomonitoreo, actualizaciones normativas y límites de exposición.
Mientras tanto, la recomendación para la población es clara: reducir el uso de plásticos siempre que sea posible, evitar recalentar alimentos en envases plásticos, optar por envases reutilizables, y promover políticas públicas que protejan tanto el ambiente como la salud.
