Desde hace algunos años que fechas comerciales como el Día del Padre, en medio de cambios socioculturales y económicos profundos, suelen generar debates sobre los roles de género que atraviesan a las parejas, familias, instituciones, y a las políticas públicas. Las preguntas que surgen entonces son ¿qué significa ser padre hoy? ¿Qué se espera de un padre presente? ¿Está preparada la sociedad para impulsar y sostener una mayor equidad y dedicación en las tareas? ¿Es lo mismo criar que cuidar?
Para empezar a responder hay que hacer un breve recorrido histórico ya que durante décadas la figura paterna estuvo asociada casi exclusivamente a la provisión económica, la autoridad, el poder y la distancia emocional. El padre era quien trabajaba fuera de casa varias horas al día, quien se movía en el mundo productivo, el que garantizaba las finanzas domésticas, el que imponía límites, a veces con miedo o rigor, y aparecía en escenas de su tiempo libre o momentos puntuales para colaborar con la crianza de los hijos. Mientras tanto, las tareas cotidianas de cuidado, la organización doméstica, la logística familiar, las rutinas diarias y el acompañamiento afectivo recaían mayoritariamente sobre las mujeres quienes eran las encargadas por "naturaleza” del trabajo reproductivo.
En la actualidad, aunque las desigualdades persisten y las estadísticas muestran que las mujeres siguen dedicando muchas más horas al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, es cierto que comenzaron a emerger y hacerse cada vez más visibles algunas experiencias, individuales y colectivas, que desde una posición de compromiso y presencia intentan ensayar otras formas de vivir la paternidad. Lo particular de estos movimientos o gestos es que no necesariamente conllevan grandes manifiestos ideológicos, articulaciones voluntarias con discursos feministas o interrogaciones profundas sobre las nuevas masculinidades, sino que se trata mayormente de prácticas concretas que ponen el cuerpo y movilizan la atención hacia dimensiones que durante décadas fueron consideradas “cosa de mujeres”: peinar, limpiar, escuchar, contener, organizar, acompañar, sostener emocionalmente, recordar turnos médicos o compartir conversaciones incómodas.
En ese terreno es que hacen pie dos iniciativas argentinas muy distintas entre sí, pero atravesadas por la misma inquietud. “Papá también peina”, es el proyecto impulsado por Gustavo Orellana, un operario de depósito de 37 años que comenzó aprendiendo a hacer peinados para su hija Amparo y terminó organizando talleres para enseñar y compartir con otros padres; y “Papás de Mujeres”, es un podcast conducido por Jonathan Indibo y Rodrigo Bello, dos amigos que decidieron convertir las preguntas, dudas, y tensiones que les despertó la crianza de sus hijas en una conversación pública sobre paternidad, vínculos y masculinidad, que interpele a otros varones, a través del humor, el lenguaje sencillo y la voluntad para pensarse.
Aunque parten de lugares diferentes, ambas experiencias permiten observar un aspecto que los estudios sobre género y movimientos de mujeres feministas vienen señalando: los cambios culturales no ocurren solamente cuando cambian las ideas o se disputa el sentido común, también lo hacen cuando se ponen en cuestión y transforman las prácticas cotidianas.
El cuidado como experiencia y no como ayuda
Una de las críticas más frecuentes de los estudios de género y movimientos feministas a la imagen de masculinidad tradicional es que los varones fueron socializados para habitar el espacio público exclusivamente mientras permanecían relativamente distanciados y ajenos del trabajo reproductivo. Todas esas tareas fundamentales para la reproducción de la vida cotidiana, que parecían suceder solas aunque en realidad eran realizadas por mujeres, se volvieron de alguna manera invisibles y sin valor para el mercado. Esa división sexual del trabajo generó desigualdades simbólicas y materiales, que dieron lugar a distintas formas de experimentar los vínculos, el tiempo y la responsabilidad.
Lo interesante de las historias de Gustavo, Jonathan y Rodrigo, entre muchas otras contemporáneas, es que muestran cómo en el siglo XXI se han trastocado los roles y mandatos de género, en gran parte por las iniciativas políticas de los feminismos, pero también por la voluntad de transformación que sucede cuando los varones dejan de observar el cuidado desde afuera y empiezan a experimentarlo en primera persona.
Una trenza para cambiar el mundo
El proyecto que encabeza Gustavo Orellana, por ejemplo, nació a partir de una decisión aparentemente simple: aprender a peinar a su hija Amparo para que vaya arreglada al jardín (6). Si bien más tarde esa habilidad se volvió necesaria por cuestiones laborales y de organización familiar, él insiste en que el origen fue otro: “la verdad es que yo no tenía una necesidad de aprender a peinarla. Siempre fue porque quise. Después, cuando se convirtió en una necesidad porque nuestros horarios se cruzaban, yo ya había elegido hacerlo y ya lo sabía hacer. A mí me gusta que mi hija esté prolija, limpia, bien vestida, bien cuidada. Me gusta que ella esté bien y dentro de eso entra también la parte del peinado”, cuenta.
A través del perfil en redes sociales el papá de Amparo empezó a compartir videos con tutoriales y consejos, y otros padres comenzaron a pedirle encuentros presenciales para aprender. Lo que comenzó como una práctica doméstica, individual, terminó convirtiéndose en "Papá también peina", una experiencia colectiva que Gustavo lleva a través de talleres en diferentes provincias en los que enseña y brinda un espacio de calidad para que los papás compartan con sus hijas. Sin proponérselo, sin siquiera imaginar que estaba creando algo nuevo, Gustavo había encontrado una puerta de entrada, para un montón de varones, al mundo de los cuidados y a una conversación más amplia sobre las posibles formas de paternidad.
Cuando se habla de transformaciones culturales, de cambios de paradigma, suele pensarse en grandes debates públicos que impliquen legislaciones, políticas públicas y la intervención directa de las instituciones claves para la socialización. Por su puesto que para lograr modificaciones estructurales y consolidarlas en la realidad concreta dichas herramientas son imprescindibles, pero muchas veces los cambios genuinos empiezan en escenas mínimas, a puertas cerradas o incluso en lo profundo de las trayectorias individuales: una conversación en el auto antes de ir al colegio, un rato compartido frente al espejo, la lectura de un libro, la preparación de una comida o un momento de atención exclusiva entre un padre y una hija.
Por eso Gustavo insiste en la idea de que sus talleres son más que simplemente clases de peinado: “para mí no es ir a aprender a peinar. Si alguien quisiera aprender solamente eso puede mirar videos o ir a una academia. Esto va un paso más allá. Cuando arranqué a peinar a Amparo quería generarle un recuerdo. Yo tengo recuerdos de mi papá llevándome a verlo jugar al fútbol cuando era chico y quería construir algo parecido. Después empecé a recibir mensajes de mujeres que me contaban que sus padres las peinaban y todavía lo recuerdan con mucho amor. Ahí entendí que no era solamente un peinado.”
En su testimonio aparece una novedad, la noción de cuidado como tiempo compartido, de calidad, trabajo en el vínculo con su hija y una forma de producir memoria afectiva, una cuestión central para pensar cómo se gestan los nuevos formatos de paternidad que cuestionan los imaginarios que encasillaban la crianza como tareas mecánicas, repetitivas, poco creativas o una obligación pseudo administrativa. “Yo no tengo tanto tiempo de calidad durante la semana porque trabajo, la llevo al colegio, la busco, la acompaño a sus actividades y llegamos tarde a casa - explica el papá de Amparo - el peinado se convirtió en una forma de dedicarle tiempo de calidad. Y estoy convencido de que quizás no recuerde algunos regalos materiales, pero sí se va a acordar de que su papá la peinaba.” Esa observación coincide con numerosos estudios sobre paternidad contemporánea que muestran que el involucramiento emocional de los padres no depende únicamente de la cantidad de tiempo sino también de la presencia, el registro del otro y la fortaleza del vínculo construido durante ese tiempo.
De proveedores a cuidadores: la transformación también ocurre en los hombres
Una de las cuestiones más interesantes que surgen en las entrevistas con los padres es que la noción de cuidado y el compromiso con esa tarea termina transformando a quienes cuidan. Gustavo relata que para él fue un lugar inesperado que cambió la forma de verse a sí mismo y le permitió romper barreras propias: “Yo me definía como operario de depósito. Mi currículum decía que era operario de depósito y creía que me iba a morir siendo eso. El prejuicio más grande lo tenía conmigo mismo. Pensaba: ¿cómo voy a dar un taller?, ¿cómo voy a hablar adelante de diez personas?, ¿cómo voy a enseñar algo? Esto me hizo entender que podía hacer otras cosas y salir de esa definición tan limitada que tenía sobre mí.”
Es que, en tanto los géneros son una contrucción relacional y binaria, el modelo tradicional de varón y la matriz patriarcal terminan restringiendo las posibilidades emocionales y vitales de los propios hombres. El sociólogo Michael Kimmel sostiene que gran parte de la identidad masculina moderna fue construida alrededor de la productividad, el éxito laboral y la autosuficiencia, y desde esa perspectiva, cuando los varones se involucran en tareas de cuidado que antes desconocían o subestimaban, descubren capacidades que históricamente les fueron negadas o desalentadas.
Criar hijas y mirar el mundo de otra manera
Esto mismo aparece con fuerza en los testimonios de Jonathan Indibo y Rodrigo Bello, creadores del podcast “Papás de Mujeres”. Jonathan es comunicador, contador público y docente. Tiene una hija, Chloe, de tres años, y recientemente fue padre de Gael. Rodrigo, comediante de 49 años, es padre de Kika, de cinco años, y Pampa, de tres. La relación entre ellos era previa al proyecto que pusieron en marcha primero como conversación entre amigos y después como una forma de pensar qué significaba criar mujeres, siendo varones, en una sociedad atravesada por profundas desigualdades de género. “‘Papás de mujeres’ nace desde la necesidad de tener un espacio para hacer catarsis sobre lo que representó y representa el hecho de ser padres, algo que nos atraviesa profundamente - cuenta Jonathan - después eso termina llegando a terceros porque nos percatamos de la necesidad que no es solo nuestra”.
La denominación es una referencia a Malena Pichot cuando en una entrevista dijo que se había convertido, para la sorpresa de muchos, en “Madre de varón: “Ahí nos miramos con mi amigo y dijimos ‘nosotros somos papás de mujeres'. Porque, además de esta necesidad de catarsis y la responsabilidad de ser padres en primer lugar, somos padres de mujeres. Por eso un poco el leitmotiv del podcast es que ‘nos anotamos en la carrera de deconstrucción, pero nos faltan decenas de materias, la mejor escuela es ser papás de mujeres'. Desde su rol de hombres tratan de aprender, mejorar, y crecer, en un contexto complejo, para aplicarlo a la vida con sus hijas y en conversaciones con muchos otros padres.
Si el caso de Gustavo muestra el proceso por el cual una práctica concreta de cuidado puede aparejar formas más activas de ejercer la paternidad, los testimonios de Jonathan y Rodrigo dejan entrever cómo la crianza de hijas mujeres puede transformarse en una vivencia que obliga a revisar las propias creencias, los privilegios naturalizados, los mandatos y costumbres, y la manera en que los varones observan el mundo que los rodea. Los dos coinciden en algo: tener hijas no los convirtió automáticamente en personas menos machistas, más conscientes o más igualitarias, pero sí les abrió preguntas que antes no se hacían, permanecían en segundo plano o aparecían eventualmente.
Jonathan identifica que una de las transformaciones más profundas fue la forma en que comenzó a percibir las distintas violencias que atraviesan la vida de las mujeres. “Muchas veces cuando ocurre un femicidio o una situación grave se escucha decir: ‘Pensá que podría ser tu hija, tu hermana o tu mamá’. Tener una hija hace que eso deje de ser una frase hecha -advierte - Las hijas son personas en construcción y cuando ves las cosas que les pasan a las mujeres entendés que no querés que les pase eso. Entonces empezás a preguntarte qué cosas tenés que cambiar vos y qué herramientas tenés que darles”. Su reflexión ya no aplica solo a su rol como padre protector individual teniendo en cuenta que identifica la dimensión social, cultural y política de un problema que trasciende los hogares y las familias. Las preguntas y debates hacen foco entonces en las condiciones qué hacen posible esas violencias y el mundo en el que crecerán las próximas generaciones, y la responsabilidad de cada uno frente a ello. En ese sentido, la paternidad aparece como una experiencia que vuelve visibles y propias desigualdades que antes podían ser percibidas de manera abstracta o distante.
Rodrigo plantea algo similar pero desde otra perspectiva ya que, según su testimonio, criar hijas le permitió observar con mucha más claridad el enorme entramado de tareas invisibles que sostienen la vida cotidiana y que históricamente quedaron bajo responsabilidad de las mujeres. “Cuando sos papá de mujeres empezás a ver quién sabe el talle de las zapatillas, quién saca el turno médico, quién recuerda el horario de una actividad, quién organiza todo para que las cosas funcionen. Muchas veces parece que el varón participa, pero detrás hay una mujer coordinando todo”. Su observación hace alusión a la llamada carga mental, es decir, el trabajo invisible de planificación, anticipación y organización que permite que una familia funcione y que suele recaer desproporcionadamente sobre las mujeres. Es decir, el cuidado no es únicamente hacer tareas concretas, sino recordar, organizar, prever problemas futuros, estar atento a los cambios y sostener una logística permanente que no es reconocida como trabajo. Lo que identifica Rodrigo es, justamente, el momento en que esa maquinaria invisible dejó de ser invisible en su vida.
Aprender a escuchar y estar presente en lugar de resolver
En los testimonios de los creadores de “Papás de Mujeres” se cuela la manera en que la crianza pone en crisis algunas de las habilidades que tradicionalmente fueron asociadas a la masculinidad: resolver problemas, alcanzar objetivos, llevar y traer, controlar situaciones, hacer cuentas, ofrecer respuestas rápidas, poner el cuerpo. Por el contrario, el cuidado suele exigir acciones como escuchar, acompañar, ser paciente, estar presente, registrar necesidades y angustias, y aceptar que no todo está bajo nuestro control o se puede solucionar de manera inmediata. “A los hombres nos educaron para resolver. Hay algo roto y lo arreglás. Hay un problema y encontrás una solución. Pero la crianza te obliga a desarrollar otra sensibilidad. Muchas veces no hay nada que resolver. Hay que escuchar, darse cuenta de que alguien está llegando al límite, registrar el cansancio del otro”, señala Rodrigo.
Las charlas que se dan tanto al aire del podcast como en la intimidad entre los padres de mujeres parecen salirse un poco de la mirada superficial o esperable de las nuevas masculinidades. En general se presenta a la sensibilidad masculina como una cuestión vinculada exclusivamente a la expresión emocional o a la posibilidad de mostrarse vulnerable. Sin embargo, en estos relatos eso se complejiza y se habla de la sensibilidad como una cualidad o responsabilidad vincular, y no individual. Es decir, no se trata de poder llorar, expresar sentimientos, pedir ayuda o hablar de emociones, sino de desarrollar una capacidad de atención, de percibir las necesidades ajenas y actuar en consecuencia que históricamente le fue negada a los varones. “La sensibilidad vista como algo blando no me interesa demasiado. Me parece mucho más sensible alguien que puede leer el mundo sin pasarle por arriba”, sintetiza Rodrigo.
En la práctica la sensibilidad se aplica en experiencias concretas en medio de la crianza cotidiana como explicar a una hija pequeña sobre la pérdida de un embarazo dentro de la familia, conversar sobre el propio cuerpo y las parte íntimas, identificar la necesidad de poner límites o que incorporen el consentimiento a su vida diaria. Ambos cuentan que todo el tiempo viven situaciones que los obligan a desarrollar herramientas que exceden por completo el modelo tradicional del padre proveedor. La autoridad ya no parece construirse desde la distancia o la imposición, sino desde la presencia, la escucha y la capacidad de acompañar preguntas o situaciones para las cuales muchas veces no hay respuestas definitivas ni protocolos a seguir.
Del individuo a la red de cuidado
La paternidad, explican los protagonistas del podcast, puede impulsar la revisión más profunda de ciertas ideas sobre la autonomía, el éxito y la vida adulta. Bello cuenta que decidió ser padre a los 44 años y que, previo a eso, durante mucho tiempo había sostenido una idea de libertad asociada a la independencia individual: “durante años pensé que la libertad era hacer lo que quería cuando quería. Para mí hoy la libertad tiene más que ver con el vínculo, con la interdependencia y con el cuidado”. Lejos de experimentar la paternidad como una pérdida de autonomía, la describe como una experiencia que amplió su comprensión sobre lo que significa vivir con otros. En línea con lo que plantea la ética del cuidado, que cuestiona la idea liberal del individuo completamente autónomo que no necesita a nadie, se entiende que toda vida humana depende de redes de cuidado y protección para sostenerse, y que la verdadera autonomía consiste en reconocer la interdependencia sin convertirla en una relación de dominación.
En ese punto, aunque los caminos de Gustavo Orellana y los creadores de Papás de Mujeres son diferentes, ambos parecen converger en una conclusión similar: cuando los varones ingresan de manera real al mundo del cuidado no solamente cambian las dinámicas familiares, sino que cambian ellos al salir del centro, al reconocer la dependencia mutua, al prestar atención a necesidades ajenas y al descubrir capacidades subestimadas o negadas por los mandatos tradicionales de la masculinidad. Y quizás en esa simple acción se materializa una de las mayores demandas y los desafíos de las nuevas paternidades: no se trata de abandonar la identidad masculina, sino de ampliar sus posibilidades.
