Fiyi: de destino turístico soñado a epicentro de la epidemia de VIH

En el archipiélago del Pacífico, los casos se multiplicaron por diez en la última década; el brote comenzó entre usuarios de metanfetamina inyectable y rápidamente se extendió al resto de la población

03 de agosto, 2026 | 15.46

Hace apenas una década, Fiyi era conocido por ser un destino turístico de playas paradisíacas, resorts de lujo y viajes románticos. No figuraba en los titulares sobre VIH ni entre los países que motivaban discusiones en las conferencias mundiales. Sin embargo, hoy este archipiélago del Pacífico en el que residen apenas 937.000 habitantes, concentra la epidemia de VIH de más rápido crecimiento del planeta, según datos presentados durante la 26ª Conferencia Internacional sobre el Sida (AIDS 2026), que acaba de finalizar en Río de Janeiro. Un informe de Onusida difundido en el encuentro precisa que los nuevos diagnósticos se multiplicaron por más de diez en estos últimos diez años, una crisis sanitaria que preocupa a autoridades internacionales.

De acuerdo con este trabajo, la cifra estimada de personas que en 2025 vivían con VIH en Fiyi era de 8.900, pero la proyección para 2026 ya asciende a 12.000. Jason Mitchell, que preside el Grupo de Trabajo Nacional de Respuesta al Brote de VIH del Ministerio de Salud de ese país, atribuye el salto a la demora en poner en marcha un programa de reducción de daños. “Es importante hablar acerca de lo que nos está pasando, porque puede ocurrir en cualquier otra parte del mundo”, advirtió. 

Se calcula que allí alrededor de una de cada 60 a 80 personas adultas vive con el virus y que el uso de drogas inyectables explica cerca del 48% de las infecciones recientes.

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El brote, declarado oficialmente a comienzos de 2025, comenzó entre consumidores de sustancias inyectables y en apenas cinco años se extendió a todos los grupos de la población. Mientras Onusida se propone poner fin al SIDA como amenaza para la salud pública para 2030 (reduciendo en una 90% las nuevas infecciones, las muertes relacionadas con el SIDA respecto de 2010, y garantizando la sostenibilidad a largo plazo), en Fiyi se proyecta que para esa fecha se tripliquen los nuevos casos.

El motor de la epidemia

El motor principal del brote es el consumo inyectable de metanfetamina cristalina ("meth" o "ice"), en un país que hasta hace pocos años prácticamente no tenía un problema relevante de drogas inyectables. Las islas del Pacífico, ubicadas entre Asia oriental, América, Australia y Nueva Zelanda, funcionan desde hace tiempo como corredor de tránsito del narcotráfico internacional hacia esos dos últimos mercados; pero durante la pandemia de COVID-19, cuando el tránsito de drogas se vio restringido, se habría consolidado un mercado interno.

Entre las personas que se inyectan drogas, la prevalencia de VIH alcanza un escalofriante 64%. Mitchell explicó que en Fiyi es común empezar directamente por la vía inyectable, sin pasar antes por fumar o inhalar la droga, algo poco habitual en otros países. Existe además una práctica local, llamada koda, que consiste en mezclar la droga con sangre en lugar de agua antes de inyectarla.

A esto se suma un factor cultural que Mitchell menciona en cada intervención pública: compartir es un valor central de la vida comunitaria fiyiana. Lo ejemplifica con el consumo tradicional de kava, una raíz ceremonial que se bebe de un mismo recipiente compartido entre todos los presentes. Esa costumbre se habría trasladado primero al consumo de alcohol y, luego, a jeringas y agujas para inyectarse metanfetamina, incluso entre miembros de una misma familia.

Dos de cada tres diagnósticos del último año correspondieron a personas de entre 20 y 34 años, y el 94% de los casos se concentra en la población indígena iTaukei, que representa cerca del 57% de los habitantes del país.

A diferencia de otras epidemias de VIH en el mundo, la incidencia entre hombres que tienen sexo con hombres y bisexuales es baja (apenas 2% en un estudio de vigilancia reciente), mientras que entre personas transgénero la prevalencia asciende a cerca del 28% y es la segunda más alta después de quienes se inyectan drogas.

Uno de los datos más alarmantes es la tasa de transmisión vertical (de madre a hijo), que en 2025 llegó al 18%, una de las más altas del mundo (el número de niños nacidos con VIH se duplicó de un año a otro). Cada semana nace en Fiyi un bebé con VIH, y cada mes muere un niño o niña por causas relacionadas con el sida. Brasil, por su parte, recibió el año pasado la certificación de eliminación de la transmisión vertical del VIH. 

Mitchell explicó que, a diferencia de lo habitual, muchas mujeres llegan a un primer control con resultado negativo pero se infectan más adelante durante el embarazo, por lo que las autoridades intentan ahora implementar hasta tres controles de VIH durante la gestación, en lugar de uno solo. También preocupa el aumento entre adolescentes: las infecciones en el grupo de 10 a 19 años crecieron marcadamente en el último año.

Nuevos casos anuales diagnosticados en Fiyi

Un sistema de salud desbordado

Los indicadores de la llamada "cascada de tratamiento" (qué proporción de personas con VIH conoce su diagnóstico, cuántas reciben tratamiento y cuántas logran suprimir la carga viral) muestran magnitudes que varían según la fuente y el momento de la medición, pero que coinciden en el diagnóstico de fondo: el sistema está desbordado. Según cifras citadas por Mitchell en la conferencia, del total de personas con VIH solo el 40% conoce su estado, apenas el 22% de ellas recibe tratamiento antirretroviral y solo el 15% de quienes lo reciben logra la supresión viral (equivalente a un 3,2% del total). Según el informe de Onusida, las proporciones son aún más bajas: cerca de tres de cada diez personas diagnosticadas, solo una de cada seis en tratamiento, y apenas 2% con supresión viral documentada. A modo de comparación, en Brasil se estima que el 91% de las personas con VIH está diagnosticado, el 83% recibe tratamiento antirretroviral y el 72% logra la supresión del virus.

Fiyi adoptó rápidamente la profilaxis preexposición (PrEP) y amplió la atención a personas con VIH más allá de los tres centros especializados del país (en Suva, Lautoka y Labasa), aunque esa concentración geográfica sigue siendo un problema de privacidad: con tan pocos puntos de retiro de medicación, resulta relativamente fácil identificar en la comunidad quiénes viven con VIH.

En cambio, todavía no se puso en marcha el programa nacional de agujas y jeringas, considerado esencial para frenar la transmisión entre usuarios de drogas inyectables. Según Mitchell, el material ya está comprado y almacenado, listo para distribuirse, pero trabado por dificultades de implementación, no por falta de voluntad política. Mark Lal, de 25 años, fundador de la organización Living Positive Fiji y una de las pocas personas del país que reveló públicamente que vive con VIH, describió esas carencias de forma directa: la profilaxis posexposición (PEP) recién se introdujo y casi nadie sabe que existe, y muchas personas ni siquiera conocen qué son los antirretrovirales.

Jason Mitchell, a la izquierda, durante la presentación en AIDS 2026

Hepatitis C, la próxima amenaza

A la crisis del VIH se suma otra que empieza a tomar forma: la de la hepatitis C, que se transmite por las mismas vías (el uso compartido de agujas). Mitchell advirtió que el país "ya tendría" un brote de hepatitis C en curso entre las personas que se inyectan drogas, todavía sin un programa de tratamiento estructurado, y llamó a integrar la respuesta con agujas y jeringas, testeo y tratamiento conjunto para evitar que esta segunda epidemia se afiance mientras se combate la primera.

Las autoridades fiyianas advirtieron que el brote no es solo un problema nacional. Fiyi recibe cada año a estudiantes de otras naciones insulares del Pacífico, que pasan allí varios años por motivos educativos, lo que alimenta el temor a una diseminación regional, especialmente hacia islas pequeñas: Mitchell mencionó el caso de una comunidad de menos de 1.500 habitantes donde ya aparecen señales de infección.

Los especialistas reunidos en Río coincidieron en que, sin una respuesta integral (que combine tratamiento, prevención, reducción de daños, lucha contra el estigma, fortalecimiento de la salud materna y financiamiento internacional sostenido), el brote de Fiyi seguirá creciendo y podría convertirse en un problema de seguridad sanitaria para toda la región. Algo inadmisible si se considera que se trata de una epidemia evitable.