Oscar Marzol es coleccionista desde que tiene uso de razón. De hecho, era muy pequeño cuando empezó a juntar bolitas, figuritas, luego siguió con las estampillas, las tarjetas telefónicas, los pajaritos y los malvones. Y dentro de esa pasión se destacaron los árboles. En consecuencia, en 1977, comenzó a plantarlos en un parque ubicado en la localidad bonaerense de Iriarte con la idea de desarrollar un jardín botánico. Luego empezó a adornar el predio con alguna máquina agrícola de la zona. Y años más tarde, compró unas tierras contiguas que tenían una vieja casona del año 1900. Ese inmueble fue el disparador para que de a poco en 4 hectáreas empezara a emplazar silos, un auto antiguo, una locomotora y, entre otros tantos elementos, una oficina de correo que luego confluyeron en la representación de un pequeño pueblo. Un homenaje a sus padres, Pola y Raúl, y a los trabajadores de la zona, que primero fue un espacio privado, hasta que lo abrió al público poco antes de la pandemia y se convirtió en uno de los museos más originales de Argentina.
“Yo me dedicaba un poco al tema de coleccionar árboles y arbustos para un parque. Y mientras lo adornaba, compré una maquinita vieja de la zona de labranza de tierra. Después se me dio la posibilidad de comprar una finca que estaba enfrente, que tenía una casona del año 1900. Y bueno, como todo coleccionista, empecé con una maquinita, otra maquinita y así se fue conformando el museo, pero nunca me lo planteé de antemano, se fue dando muy de a poco”, le explica Oscar a El Destape.
De hecho, pasaron más de 40 años desde que plantaron los primeros árboles hasta que el público pudo conocer este sitio descripto como Museo campestre, Ferroviario y de Cultura argentina. “En el 77 empecé con las plantaciones y en el 88 con -propiamente- el museo. En realidad, yo lo tenía egoístamente como para mí y mis amigos, pero después surgió la pregunta: ‘¿Para qué tener todo esto si no lo muestro hacia los demás?’. De hecho, lo tuve cerrado hasta un año antes de la pandemia y luego lo abrí al público”, precisa este hombre de 75 años nacido en Vedia, pueblo contiguo a Iriarte.
Para el pueblo, (todo) lo que es del pueblo y más
Tras caminar por las calles de este particular espacio, la sensación es la de viajar unos cuántos años en el tiempo. En rigor, la búsqueda de Oscar Marzol de replicar un pueblo es sumamente lograda. De hecho, cada una de las edificaciones son muy reales, desde el Correo, el Banco Nación o la clínica; hasta hay un terreno baldío en venta.
En consecuencia, cuando se compara al Museo Iriarte como la réplica de un pequeño pueblo, no es un forma exagerada de describirlo: es literal. De hecho, las 4 hectáreas están divididas en seis secciones: “Camino del agua, La casona, Circuito ferroviario, Galpones agrícolas, El pueblo y Afueras del pueblo”. Y en cada una , se encuentran todos los elementos precisos para conformar cada sección. Desde varios tipos de bombas, malacates, tanques, molinos, aljibes, máquinas menores de rotulación y siembra, herramientas domésticas, enfardadoras, transporte para carbón, ventiladoras de cereal; tanto como una réplica de una estación de tren, locomotoras con vagones, una trilladora a vapor, una sodería, un almacén de Ramos Generales, una biblioteca, una imprenta, casas particulares, un terreno baldío, una peluquería, una panadería, el consultorio de un dentista; hasta una tintorería, una escuela, una sastrería, una clínica, un vagón de subte, un bar, la Municipalidad, el Museo Ferroviario, el Banco Nación y un teatro.
El que busca encuentra
La cantidad incontable de elementos del Museo Iriarte esta directamente ligada al largo tiempo que transcurrió para conseguirlos. Entre ellos, algunos fueron más costosos en términos monetarios y otros muy difíciles de obtener. En el primer grupo aparece todo aquello que tuvo que edificarse desde cero: como la casa, el almacén de Ramos Generales, la peluquería y la réplica del Banco Nación, por ejemplo. Mientras que en el segundo grupo se destaca la locomotora y los vagones de tren.
“Lo más costoso es la parte edificia, digamos. Yo voy a los pueblos cercanos, veo cuál es el edificio que más o menos me gusta, visito las escuelas, entro a la panadería de mi pueblo y voy con el albañil, les sacamos fotos y luego con ese modelo se construye. Claro que todo eso tiene un valor monetario significativo. Aunque en realidad, son más problemáticas las búsquedas. Hay que meterle mucha paciencia y constancia. Hay que ser persistente y elocuente porque la gente cuando ve que es para un museo, que percibe tu pasión por aquello que necesitás y se da cuenta que no sos un revendedor, te entrega ese elemento tan anhelado”, explica Oscar.
En ese sentido, este contador público recuerda lo difícil que fue obtener la máquina trilladora a vapor del año 1919. “Estábamos en Entre Ríos, con una familia muy, muy gentil. Y bueno, pero igual me costó siete viajes, por lo menos: con mis amigos, con mi padre, con mi hijo y no había forma de que los hermanos se pusieran de acuerdo. Pero bueno, gracias a Dios, se dio. Terminé comiendo con ellos fideos caseros de su madre y me llevé la máquina. Tuve muchos encuentros más y me siguen recordando a la trilladora con cierta nostalgia, aunque yo les digo que si no estuviera en el museo, la tendrían arrumbada y deteriorándose”.
En el mismo sentido, recuerda: “En la época de Menem, cuando privatizó todo, salieron los famosos remates y ahí aproveché. De hecho, en ese entonces compré cinco vagones: un vagón tanque, uno frutero, uno de cola, entre otros. El problema es que me faltaba la máquina principal y me resultaba imposible conseguirla porque El Museo Ferroviario Argentino no las vende: las facilita comodato. Pero luego de muchas notas que presenté y por intermedio del Ferrocruz de Lanús pude conseguir una locomotora. Estaba en Mendoza, bastante destartalada porque le habían quemado las bielas con sopleces. Y ahí armé el tren completo y luego la estación”.
La pregunta de rigor es: ¿Cómo se trasladó una máquina de locomotora desde Mendoza a Iriarte? “Es bastante más sencillo de lo que aparenta. La gente se asombra por el peso y por el volumen, pero hay un sistema práctico: así como te remolcan un auto, que tiene una rampa y un malacate que te lo sube con un cable, bueno también hay trailers especiales que tienen la vía de la misma trocha que vos quieras subir y posicionan el camión frente a la máquina o al vagón. Y con un malacate eléctrico lo van subiendo suavemente, pero sencillamente, la verdad”, le explicó Marzón a El Destape.
Cristina Fernández de Kirchner y su relación con el museo
Cada búsqueda para completar el Museo Iriarte tuvo su particularidad. Contextos coyunturales, tocar timbre en casas de desconocidos y recorrerse cuanto kilómetro sea necesario en pos de encontrar el elemento deseado. En esa dinámica, según le contó a El Destape Oscar Marzol, aparece el nombre de Cristina Fernández de Kirchner.
“Tengo una anécdota con Cristina. Resulta que yo no podía conseguir la máquina locomotora. Traté de llegar a varios presidentes del Organismo Nacional de Administración de Bienes del Estado (ONABE): les llevaba fotos, filmaciones de los galpones, cómo estaban deteriorándose las locomotoras, qué estaba pasando en el país con respecto a los ferrocarriles. Pero bueno, no había forma de obtener una máquina. Y un amigo que trabajó conmigo acá en Buenos Aires fue a trabajar en la subsecretaría de Cristina. que todavía no era la Cristina que conocimos después, fue cerca del año 2000, cuando era diputada”, arranca su relato Oscar.
Y continúa: “Entonces desde el despacho de la doctora Kirchner llaman al ONABE para consultarles si me podían recibir que estaba buscando una locomotora a vapor y que estaba muy avezado en el tema, que tenía estudios, informes, etcétera. Aceptaron que vaya y me recibieron como si fuera un tribunal para un juicio histórico. Entonces me reconocieron que estaba bien preparado y también que venía recomendado, así que me aseguraron que me ayudarían a conseguir una máquina y es lo que sucedió. Y digo, bueno, no creo que Cristina llegó a enterarse, pero se lo agradezco porque a través de su nombre obtuve la pieza necesaria para el museo”.
Días, horarios y costo de las visitas
El Museo Iriarte se encuentra en el kilómetro 351, Iriarte, provincia de Buenos Aires. Se lo puede visitar sábados, domingos y feriados entre las 16 y las 20.
No hace falta reservar para poder ingresar. Las entradas tienen un costo de $20000 parar mayores de 18 años; $ 10000 para jubilados y menores de 11 a 17 años; mientras que para los menores de 10 años es gratis.
