El último fin de semana aterrizó en Argentina el famoso festival Lollapalooza que tuvo lugar en el Hipódromo de San Isidro y convocó a más de 300 mil personas en tres jornadas consecutivas. La edición 2026 llamó la atención particularmente por la fuerte presencia femenina, local e internacional, en los line up y horarios centrales de los escenarios: Sabrina Carpenter, Chappell Roan, Lorde y Doechii como figuras principales, y las locales Soledad Pastorutti, Yami Safdie, Saramalacara, Angela Torres, Six Sex y 143 Leti, entre otras. De hecho muchas de las promociones en redes y carteleras del evento en el espacio público estaban ilustradas con imágenes de artistas mujeres, aunque con una estética hiper sexualizada. Tal fue el impacto que un usuario en X dijo que el anuncio “parecía un banner de Xvideos” y despertó un fuerte debate sobre los cuerpos, las identidades escénicas, los bailes de Six Sex compuestos deliberadamente alrededor de la provocación sexual, y el uso que hace la industria del discurso de “empoderamiento” femenino para correr los límites de lo aceptable para un festival musical ATP.
La discusión, lejos de anclarse en narrativas conservadoras, moralismo encubierto o un intento de disciplinamiento sobre la expresión sexual femenina, se da dentro de una cultura que hace mucho tiempo se autopercibe como sexualmente liberada. Sí, resulta agotador y aburrido que los artistas varones puedan experimentar libremente, ser auténticos y relajados sin tener que sacarse la ropa, mientras que las mujeres deben cumplir con ciertos estándares de belleza, y encima sean señaladas o juzgadas por lo que hacen o dejan de hacer. La doble moral y la misoginia existen y son moneda corriente en la industria musical. Lo que una mujer puede hacer o no con su cuerpo es completamente personal y no amerita discusión desde ningún punto de vista. Pero también es cierto que es sobre los cuerpos femeninos y su apariencia donde recaen los mandatos del patriarcado y las exigencias del marketing musical para garantizar un lugar en los espacios visibles. Por eso, la pregunta que aparece apunta a desentrañar qué significa hoy esa exhibición en un contexto donde la sexualización parece haberse convertido en uno de los lenguajes más eficaces, aceptables, y rentables, de la cultura contemporánea.
De MTV a la pornificación cultural
Para empezar a pensar ese desplazamiento primero hay que evitar una lectura simplista que suponga que estamos frente a un fenómeno completamente nuevo o adjudicable a las características de una generación. La sexualidad fue históricamente un componente central de la música popular, no solo como elemento estético sino también como dispositivo de provocación, en artistas de todos los géneros y latitudes. La irrupción de Madonna como ícono sexual por ejemplo en los años ochenta implicó una intervención política sobre los límites de lo decible, lo visible y lo deseable en una cultura atravesada por fuertes restricciones. La artista desde muy joven usó el erotismo, para marcar tendencia, lo que despertó la reacción de admiradores y detractores: Desde el lanzamiento de “Like a Virgin” en 1984, la publicación de su libro fotográfico “Sex”, en 1992; o su quinto álbum “Erótica”, todo su arte está cargado de juego, fantasía y deseo sexual.
Más tarde, figuras como Britney Spears o Christina Aguilera encarnaron una feminidad donde la sexualización convive con tensiones entre la inocencia de la juventud, las imposiciones del mercado y el control mediático. Imposible omitir la escena del histórico beso entre la Reina del pop y las "princesas” durante una presentación en la entrega de los MTV Awards de 2003 que causó revuelo durante años.
Sin embargo, lo que emerge en el presente parece responder a otra lógica, más vinculada a elementos del feminismo liberal y el capitalismo digital que transforman todos los comportamientos en potenciales contenidos. Mientras en el discurso de finales del siglo XX la sexualidad podía funcionar como exceso, como ruptura o como escándalo, hoy aparece cada vez más como un código legitimado, como una estética y parte del lenguaje esperable de ciertos géneros musicales. En ese sentido, más que hablar de sexualización a secas, empieza a cobrar relevancia la idea de música erótica como categoría cultural específica: un tipo de producción donde la referencia sexual no es lateral ni sugerida, sino central, explícita y constitutiva de la identidad artística. Six sex, cuya propuesta construye una identidad directamente asociada a lo erótico, lo explícito, y lo provocador, podría entrar en esta categoría. Su nombre, sus letras, sus visuales, sus bailes y performances funcionan como un sistema coherente donde la sexualidad es el eje organizador.
Pero en paralelo a esto se puede observar otro fenómeno que empieza a ser cuestionado también por algunos sectores del feminismo, más allá de juicios morales: la pornificación de la cultura. Esto significa que las imágenes de cuerpos de mujeres hipersexualizados ya no responden exclusivamente al ámbito de la industria pornográfica, sino que han permeado los productos culturales de masas, no relacionados con la sexualidad dando lugar a la normalización de la presencia de contenidos sexualmente explícitos en contextos cotidianos: redes sociales, revistas, videos musicales, publicidad, programas de televisión, películas, series, streamings, videojuegos, etc.
El fenómeno de la pornificación utiliza mayormente dos prácticas simultaneas: la erotización e idealización de la violencia sexual; y la cosificación e hipersexualización de mujeres y niñas. Ambos elementos construyen un imaginario, moldean actitudes, normalizan hechos y conductas sexuales basadas en el derecho de los varones a poseer a las mujeres usando la violencia.
El fenómeno de la pornificación aplicado a la música y los shows se puede ver por ejemplo en la forma en que ciertos códigos visuales y narrativos, propios del lenguaje pornográfico, se vuelven estructurales en la cultura mainstream consumida principalmente por adolescentes e incluso menores de edad. En los videoclips contemporáneos de cualquier artista del momento, por ejemplo, se repiten patrones que remiten a esa estética del porno: fragmentación del cuerpo, gestualidad explícita, simulación de actos sexuales con bailes o performance, centralidad de la mirada masculina, dominación de los varones y construcción de las mujeres como objetos de deseo antes que como sujetos narrativos.
Asimismo, la apariencia de las artistas suele estar orientada a ser excitante para la mirada masculina incluso en espacios, instancias, momentos o contextos comunicativos que no tienen relación alguna con el sexo. Casi todas las imágenes que hemos visto últimamente de artistas mujeres en los escenarios, salvo excepciones, responden al imaginario colectivo pornográfico. Y el hecho de que siempre las artistas mujeres y los contenidos más pornificados tengan un mayor nivel de audiencia y consumo refuerza un mensaje particularmente peligroso: cuanto más desnuda y sexualizada mejor.
A diferencia de formas anteriores de erotismo musical, más ligadas a la insinuación, la metáfora o el juego simbólico, lo que aparece ahora es una literalidad creciente, burda, desprovista de lugar para la imaginación, donde el deseo se enuncia sin mediaciones y el cuerpo se presenta como superficie directa de exhibición. Como advierte Byun-chul Han en "Capitalismo y pulsión de muerte", la porografización se expande a diferentes ámbitos por lo que “ya no soportamos lo lento, lo largo, lo silencioso. Ya no tenemos paciencia para una narración larga y lenta que se enrede en innumerables vínculos y vicisitudes. Domina el imperativo pornográfico de ir rápidamente al asunto, sin seducción, sin erotismo".
Por supuesto que también hay quienes consideran que la pornografía es una forma de libertad sexual, una práctica transgresora, o mera fantasía, y entienden que criticarla parte de una mirada conservadora y demagógica. Sin embargo quienes estudian el fenómeno evidencian que este corrimiento es social y cultural y, lejos de ser inocuo, implica una transformación en los modos en que se construye y piensa la sexualidad en el espacio público y las instituciones.
El cuerpo y las pantallas
Podemos incorporar al debate la dimensión fundamental de las transformaciones del capitalismo cultural. En el contexto del llamado “postfeminismo neoliberal”, la sexualización dejó de entenderse como imposición externa o mandato, para reconfigurarse como expresión de autonomía individual, de “empoderamiento”, de fuente de poder y recursos económicos. Lo cual no es para nada excluyente. Bajo este paradigma quien se muestra sexualizada, bajo su deseo y voluntad, deja de ser leída automáticamente como objetivada o cosificada y pasa a ser interpretada como sujeto activo que gestiona conscientemente su propia imagen. Como explica Bourdieu (1998) “las mismas mujeres aplican […] unos esquemas mentales que son el producto de la asimilación de las relaciones de poder, al representar roles que están al servicio de los deseos masculinos”.
No se puede soslayar la transformación estructural que imponen las lógicas del territorio digital donde la sexualización funciona como uno de los mecanismos más eficaces para producir visibilidad y circulación. En las redes sociales, por ejemplo, el algoritmo premia con más engagement y exposición a perfiles que muestran cuerpos desnudos, hegemónicos o sexualizados. Ni hablar de plataformas como Only Fans que muestran de manera explícita cómo, en medio de una crisis laboral planetaria que afecta sobre todo a las mujeres jóvenes, la sexualidad se convierte en un recurso económico sin intermediarios y fácilmente explotable. Lo interesante es que, en ambos casos, la sexualización aparece como elección individual pero también como respuesta a un sistema de incentivos que premia ciertas formas de visibilidad por sobre otras. La provocación ya no es una elección sino una condición de posibilidad para ser vista.
Este proceso no puede entenderse separado de la economía de la atención. En un entorno saturado de imágenes, donde la competencia por la visibilidad y el consumo es permanente, los contenidos que logran destacarse son aquellos que justamente capturan la atención de forma inmediata. La sexualización, y en particular la pornográfica explícita, funciona como un recurso altamente eficaz. La explicitud, la intensidad y la provocación son estrategias de posicionamiento en un ecosistema donde la visibilidad es un recurso escaso y altamente disputado.
Como el agua, el patriarcado busca los surcos y grietas para seguir corriendo y moviéndose. La aceptación de la pornificación es parte de la adaptación del modelo de dominación masculina a las circunstancias y espíritus de época para seguir disciplinando, utilizando a su favor el espíritu del empoderamiento. En este contexto los debates dentro de los feminismos adquieren nuevas capas de complejidad, más aún teniendo en cuenta que son las artistas argentinas quienes hoy están reinventando el panorama musical latino y muchas de ellas, como Lali, María Becerra o Cazzu que son portavoces fundamentales del trans feminismo en el prime time de la televisión y espacios en los que de otra forma no llegaría.
Algunas de las preguntas que surgen ¿hablamos de una reapropiación del deseo o de una adaptación a las lógicas patriarcales y capitalistas? ¿es una forma de autonomía o una internalización de los códigos de la pornografía que fomenta la industria? ¿Este tipo de comportamientos sexualizados son una demanda social que el mercado devuelve como oferta o es más una imposición de la industria? ¿Es posible el empoderamiento femenino sin su carácter político, colectivo y relacional? Probablemente las respuestas no sean tan sencillas, pero lo que sí parece claro es que el problema no puede reducirse a juzgar a las artistas ni a sus elecciones individuales que forman parte del negocio de la industria musical. La cuestión de fondo es entender qué tipo de imaginario sobre el cuerpo y la sexualidad se vuelve dominante cuando estas estéticas se expanden.
Entre la ampliación de libertades, identitarias, sexuales, políticas, y la capacidad del capitalismo patriarcal contemporáneo para absorberlas, la cultura produce un escenario donde la música erótica, la performance sexualizada y la monetización del cuerpo conviven como parte de un mismo ecosistema. Y es en ese cruce donde parece emerger cierta incomodidad o dificultad para diferenciar hasta qué punto vivenciamos nuevas formas de libertad aplicadas al mundo de la música, o una reformulación, más sofisticada, menos visible y más rentable, de viejas formas de objetificación de los cuerpos.
