Luego de más de una semana de tensión, las escuelas buscan retomar las clases sin obviar ni minimizar el grito de atención hacia las adolescencias y las infancias que significaron las amenazas de “tiroteo” escritas con mala caligrafía en los baños de más de 600 colegios -sobre todo secundarios- de todo el país.
Entre el desconcierto inicial y la alarma, las respuestas punitivas no se hicieron esperar: en las redes sociales y en diversos medios de comunicación se repitieron en loop las imágenes de allanamientos producidos con violencia a domicilios de estudiantes, en algunos casos para secuestrar armas de juguete, en otros un arma de fuego que pertenecía a un padre y en todos celulares y computadoras. También hay provincias como Santa Fe y Salta que eligieron cobrar los operativos de seguridad a los padres y madres responsables.
Pero también hubo otras imágenes y voces: estudiantes que reflexionaron sobre lo que implica la crisis económica y el endeudamiento masivo de las familias, la falta de tiempo para compartir, de presupuesto en las escuelas para sostener actividades, dobles jornadas, espacios de atención a la salud mental de chicos y chicas cruzados por la pandemia en una etapa de pleno desarrollo de sus vínculos y a la vez, la aceleración tecnológica y captura de su tiempo en las pantallas de las redes sociales. Incluso se vieron intervenciones de esos mismos adolescentes limpiando las amenazas, cambiándolas por carteles que pedían “no alientes el miedo”, entre otras.
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¿Cómo abordar este emergente para convertirlo en oportunidad de una mejor atención y acompañamiento a quienes están creciendo en un contexto en el que la promesa de una vida mejor parece tan desdibujada?
Liliana Maltz es Licenciada en Ciencias de la Educación (UBA), psicóloga social (Escuela de Psicología Social Pichón Rivière), diplomada superior y especialista en "Gestión y conducción del sistema educativo y sus instituciones" (FLACSO), autora de Conversaciones con la ESI (Ediciones Novedades Educativas) y de guías como Una oportunidad para la ternura, para trabajar con la ESI en el nivel inicial. Ella entiende las amenazas de “tiroteo” como un “gigantesco pedido de ayuda”, al que hay que responder de manera integral.
“Cuando aparece un problema así, tan masivo, lo central es el abordaje. (Gilles) Deleuze tiene una frase que a mí me gusta: ‘Cada problema tiene la solución que se merece en función de cómo lo formulamos’. Si pensamos que el problema son los adolescentes que de un momento a otro devinieron violentos en todo el país, sin contexto, entonces todas las fichas se van a poner en lo punitivo. En que haya más cámaras, mochilas transparentes, controles, castigos. Y podrá ser necesario en una urgencia pero no va a resolver el problema”.
Impacta que hace muy poco hubo un caso real en San Cristóbal, Santa Fe, donde un adolescente entró a la escuela disparando y mató a un compañero.
— Sí, por supuesto. Pero no es la historia de todos. Es difícil pero necesario que el miedo no tome toda la escena sino tramitar, compartir el malestar, pensar el temor. Como dice María Pía López, "poner en común la fragilidad para que el miedo no nos arroje al sin sentido de la seguridad”. La respuesta punitiva y desde la única perspectiva de la seguridad está muy estimulada en esta época, con el contexto de la baja de la edad de punibilidad, la policía reprimiendo manifestaciones o pegando a jubilados y personas con discapacidad. Insisto que en situaciones puntuales se necesita la presencia policial, pero la problemática que emerge no se resuelve desde la seguridad.
Pero también se escucha a muchos y muchas docentes quejarse de que las familias no ponen límites…
— Por eso yo planteo el abordaje, porque no es una cosa o la otra. Si pensamos que la problemática es de las familias y la responsabilidad es de las familias exclusivamente porque no tienen el control sobre sus hijos y las redes, bueno, de vuelta, la escuela no puede hacer nada, lo único que puede hacer es culpabilizar a las familias. Lo que necesitamos es pasar de la culpabilización a una corresponsabilidad. Pensar junto a las familias, con las familias. La pregunta clave es cómo acompañamos a las adolescencias que no sabemos cómo leer, que no sabemos qué están necesitando y qué es lo que están pidiendo a gritos. Entonces necesitamos armar rondas junto a las familias -porque además la docencia también es parte de otras familias- y pensar colectivamente cómo acompañamos sin demonizar desde el lugar de personas adultas responsables.
Hablamos de la situación de adolescentes, de las familias y docentes, pero ¿cómo influye el contexto? ¿Cómo no referirse a la situación económica, política, cultural sin que aparezca la famosa “grieta” que impide los diálogos?
— No podemos minimizar el contexto en el que esto se está desarrollando: el discurso del odio, el presidente de otro país que anuncia que va a eliminar a una civilización entera (como Donald Trump en referencia a Irán), el presidente de nuestro país que dice que hay sociedades con las que no se puede convivir; la crueldad, la falta de empatía, la apología de la guerra, de la muerte, el aliento a tener armas, la falta de control respecto de esto, la pérdida de sentido que sufren los adolescentes cuando no encuentran un proyecto que los aloje. Todo esto impacta en la búsqueda de identidad y pertenencia en espacios (virtuales la mayoría) que tienen que ver con lo violento. Y esto no es porque sí, hay un estímulo a resolver los conflictos con violencia y los adolescentes son una caja de resonancia de este estado de cosas.
¿Qué puede hacer la escuela entonces?
— La escuela tiene que recoger este guante, trabajar con las familias desde una corresponsabilidad, considerar el contexto, pero a la vez pensar en las escuelas como refugios. Recién, en un espacio con docentes de Neuquén en el que estamos reflexionando juntos sobre este tema, retomamos a la frase de Silvia Bleichmar: "Recuperar la escuela como un espacio de recuperación de los sueños” y fundamentalmente encontrarle un sentido a nuestra tarea como docentes y ofrecerles también un sentido de futuro para los, las, les adolescentes, cuando sienten que la vida no vale la pena. La escuela no sólo enseña contenidos, es el único espacio presencial donde se aprende a convivir. Donde la diferencia es palpable, donde se puede salir del algoritmo que me muestra todo lo que es igual a mí. Y esto viene muy de la mano con la ESI, no es respirando profundo que vamos a resolver el tema sino alojando las emociones.
¿Por qué la ESI puede ser una herramienta fundamental para abordar conflictos? ¿Qué diferencia hay con la educación socioemocional que se plantea en la Ciudad, por ejemplo?
— Cuando se habla de educación socioemocional, se habla de adaptarse al contexto, en cambio la ESI propone ejes transversales y ve los conflictos que emergen como puertas. Los ejes son: reconocer la perspectiva de género, valorar la afectividad, el ejercicio de derechos y el cuidado del cuerpo y la salud. Y después hay puertas de entrada para ponerlos en juego, como por ejemplo este conflicto enorme que abre la posibilidad de reflexión sobre nosotros y nosotras mismas, cómo reorganizar la vida escolar. O, también como ejemplo, interpelar el modelo de masculinidad hegemónica ligado a la violencia, a la fuerza y poder trabajar sobre otras identificaciones. Otra puerta es el vínculo con las familias y la comunidad, trabajar con distintos espacios que hoy también están muy debilitados con los que la escuela pueda armar redes. La escuela puede generar espacios y preguntas para recuperar el sentido de la vida, porque esto es la otra cara de la cantidad de suicidios que aumentan en adolescentes varones y las autolesiones -que son más entre las chicas.
De todos modos, cuesta salir del miedo ¿qué hacemos con las pantallas, las redes sociales? Porque como dicen los propios chicos, adultos y adultas estamos cada vez con menos tiempo para lo común.
— ¿Qué nos pasa a los adultos cuando vemos las noticias y nos agobiamos? Decimos “basta”, intentamos buscar refugio en los vínculos, en algo que nos gusta… ¿Cómo armamos refugios colectivos para cuidarnos? Es una pregunta que nos atraviesa. Hay palabra banalizada: esperanza. Paulo Freire dice que la esperanza es levantarse, construir, unirse y cambiar la realidad, sentir que hay algo que puedo hacer. Bell Hooks -feminista y filósofa negra- habla de una pedagogía de la esperanza. Ella dice que la esperanza amplía los límites de lo posible, que es esa confianza en la vida sin la cual no podríamos pasar de un día al siguiente. Vivir en la esperanza, nos dice, es saber que hay una salida incluso de las situaciones más desesperadas. Porque ya la hubo antes. Entonces esa es nuestra tarea: reconstruir una narrativa de un futuro esperanzador aun cuando el presente nos arranque toda esperanza. Es seguir intentando generar comunidad, albergue, cobijo para reponer la esperanza.
