Pablo Grillo está de pie en el umbral de la puerta de su casa. En la entrada cuelga el pañuelo blanco de las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Pablo sonríe y habla de proyectos. Es una sonrisa casi traviesa. Ese umbral lo atravesó hace exactamente un año, en la mañana del 12 de marzo, sin saber que, ese mismo día y cubriendo con su cámara la marcha de jubilados, iba a recibir un disparo por parte de Gendarmería que casi le cuesta la vida.
Su herramienta de trabajo terminó siendo su escudo cuando cayó herido. De hecho, la cámara desvió levemente el impacto del proyectil hacia su cabeza. De lo contrario, habría recibido el disparo en el ojo y probablemente habría muerto en el acto."Espero que lo que pasó sirva para que algo así no vuelva a ocurrir", dice, en conversación con El Destape.
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La escena de aquella jornada debió haber sido simple. Se levantó temprano, tomó unos mates apurados, besó a la vieja y al viejo y salió disparado a tomar el colectivo rumbo al Hospital Evita, en Lanús, donde trabaja. La rutina de siempre. Ese día vestía una remera verde, un pantalón negro con el escudo de Independiente —el club de sus amores—, zapatillas negras y una mochila al hombro. Dentro llevaba su cámara fotográfica. Después del trabajo pasaría por el Congreso para cubrir la protesta. Hasta ahí, un plan común para alguien que vive entre el trabajo y una pasión: el fotoperiodismo.
Pero esa tarde la plaza se convirtió en otra cosa. La represión fue feroz. La Gendarmería avanzó contra los manifestantes con balas de goma, gases lacrimógenos y carros hidrantes. El aire se volvió irrespirable y la plaza, una escena de corridas, gritos y humo. En medio de ese caos estaba Pablo, agazapado en plena calle, detrás de un marco de madera que ardía en llamas, fotografiando lo que ocurría. Cerca de las cinco de la tarde, un cartucho de gas lacrimógeno disparado por el cabo primero de Gendarmería Nacional, Héctor Jesús Guerrero, impactó directamente contra el fotógrafo. Le dio en la cabeza.
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El proyectil le destrozó el cráneo. La lesión fue devastadora: pérdida de masa encefálica e hidrocefalia, lo que derivó a que terminara de urgencia en el Hospital General de Agudos Dr. José María Ramos Mejía. Tras varias horas de una compleja intervención quirúrgica, quedó internado en la sala de terapia intensiva. Durante semanas permaneció suspendido entre la vida y la muerte.
Pablo sabe bien todo lo que ocurrió mientras él luchaba por sobrevivir. Sabe que el gendarme Guerrero está procesado y cada vez más cerca de enfrentar un juicio oral. Sabe también que hubo una narrativa oficial que intentó diluir lo ocurrido. La entonces ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, salió a los medios a estigmatizarlo pocas horas después del disparo, sin una sola palabra de preocupación por su estado de salud. Incluso hoy, frente a las pruebas acumuladas en la investigación judicial, continúa sosteniendo versiones que contradicen los hechos ya documentados.
Pero Pablo no habla desde el odio. Habla de justicia. "Espero que la causa no se limite al autor material del disparo, sino que alcance también las responsabilidades políticas". Insiste, además, en que su caso sirva para que "algo así no vuelva a ocurrir: sacar fotos en una protesta no pueda costarle la vida a nadie".
Después cambia de tema. Entra a la casa, al pequeño departamento que está armando en la planta baja de la casa de sus padres. Una cocina-comedor mínima (con un poster de Evita sonriendo en la heladera), un baño y una habitación con el techo alto donde está construyendo un entrepiso de madera.
“Arriba va la cama —dice señalando la estructura—. Y abajo quiero poner el escritorio para editar fotos”. Hace una pausa: “También quiero armar un pequeño estudio para hacer streaming”, acota, antes de mirar el espacio unos segundos y agregar, con una sonrisa que mezcla ironía y memoria: "Bueno… en todo eso estaba cuando me metieron un balazo de gas en la cabeza”.
Hace unos días volvió a patear una pelota, a jugar al fútbol. “Fue con el kinesiólogo. Tuve que dejarme ganar —dice, canchero, y guiña un ojo—. Si no, lo pasaba por arriba”. Todo eso son pequeñas grandes victorias. El camino hasta este momento ha sido largo y muy duro.
Después de tres meses internado en el Hospital Ramos Mejía, Pablo recibió el alta médica en junio de 2025. Pero la recuperación recién empezaba. Continuó su tratamiento en el Hospital de Rehabilitación Manuel Rocca, donde inició un proceso intenso de rehabilitación neurológica y motriz.
Un año de internación. Al menos ocho intervenciones quirúrgicas. Idas y venidas entre quirófanos y salas de rehabilitación, ejercicios cotidianos, reaprender movimientos básicos, celebrar avances mínimos. Un año de paciencia infinita, de voluntad obstinada y de un deseo persistente de vivir.
Finalmente, en febrero de 2026, pudo regresar a su casa y continuar la recuperación de forma ambulatoria. Mientras tanto, su rostro seguía apareciendo en las calles, como cada miércoles que está presente en carteles, banderas y remeras acompañando la marcha de jubilados. También en muchas otras manifestaciones: su imagen se convirtió en símbolo.
Desde aquel 12 de marzo, muchos fotógrafos repiten una frase que ya funciona como consigna: “Todos los que llevamos una cámara somos, de alguna manera, Pablo Grillo”. La historia que sostiene ese símbolo no es abstracta: está hecha del amor tenaz de su madre, que durante este año casi no durmió, de un padre que se quiebra cada vez que pronuncia su nombre. De un hermano que no soltó su mano en los momentos más difíciles, tambien de una sobrinita que preguntaba cuándo volvía a casa. Y los amigos, los amigos que cada viernes realizan un semaforazo sobre la avenida Hipólito Yrigoyen, frente a la plaza de la estación de trenes de Remedios de Escalada, para exigir justicia por Pablo.
La historia de Pablo Grillo después de aquel 12 de marzo de 2025 también es la historia de la salud pública argentina: una institución golpeada, desfinanciada y despreciada por el mismo gobierno que ordenó el operativo en el que Pablo fue herido de gravedad. Mientras desde el poder se reprime y se ajusta el presupuesto, la salud pública sigue haciendo lo que otros no hicieron: salvar vidas. Los médicos y enfermeros del Hospital Ramos Mejía lograron lo que parecía imposible: arrancar a Pablo de los brazos de la parca.
Asimismo, esta historia también está hecha de algo más: su pasión por la fotografía. Un día, todavía en terapia intensiva y conectado a los monitores, su padre le llevó una cámara nueva. Cuando Pablo —medio adormecido por los calmantes— la vio, se le iluminó el rostro. La sostuvo con una delicadeza inesperada, como si fuera algo vivo. Durante unos segundos la acarició con la punta de los dedos. Los cables que monitoreaban su cuerpo parecían salir de la cámara, como si su pulso estuviera conectado directamente al lente. En algún punto lo está: fue ese mismo artefacto lo que terminó haciendo de escudo y evitando un impacto más severo de la bala.
Hoy Pablo habla de proyectos. De terminar de armar su apartamento y de volver a la calle, a hacer fotoperiodismo, cuando el cuerpo termine de recuperarse. Parado otra vez en el mismo umbral desde el que salió hace un año rumbo a una jornada de trabajo que casi le cuesta la vida, su remera grita: "La memoria florece en cada lucha". Está ahí, en ese umbral. Y sonríe.
