“Te amo, pero me aburro”, podría ser la frase que sintetiza una sensación cada vez más frecuente en vínculos atravesados por el vértigo digital, las expectativas irreales y la dificultad para sostener el deseo cotidiano. El psiquiatra y sexólogo Walter Ghedin lo describe con claridad, "el amor puede seguir intacto, pero las líneas de conexión, la charla, el juego, el proyecto compartido se van apagando sin que nadie se dé cuenta".
Según Ghedin, el aburrimiento en las parejas es una queja creciente. La pasión inicial se transforma con el tiempo en un pedido constante por recuperar algo perdido, temas de conversación, salidas, complicidad sexual o simplemente la capacidad de entenderse con una mirada. La paradoja aparece cuando el sentimiento amoroso sigue presente, pero la experiencia cotidiana del vínculo deja de ser estimulante.
La realidad argentina muestra un escenario en transformación. En la Ciudad de Buenos Aires se registraron, por ejemplo, siete divorcios cada diez casamientos, con una edad promedio de ruptura cercana a los 47 años tras dos décadas de matrimonio, según datos de la Dirección General de Estadística y Censos porteña.
En paralelo, el país vive cambios profundos en la forma de vincularse, el 52% de las personas afirma haber explorado vínculos por fuera del modelo tradicional, lo que refleja nuevas expectativas afectivas y sexuales. Detrás de estas cifras, los especialistas observan algo más que conflictos graves ya que muchas rupturas comienzan con una sensación difusa de monotonía.
El amor sentido vs. el amor aprendido
Ghedin diferencia dos dimensiones del amor: el que se siente, una experiencia corporal que eleva la autoestima y la conexión con el otro, y el amor como creencia, moldeado por mandatos sociales y expectativas irreales. En tiempos de redes sociales, esa segunda dimensión pesa más que nunca. Consejos, psicológicos exprés, cuerpos idealizados y relatos de parejas “perfectas” construyen modelos imposibles que erosionan la percepción del vínculo real.
La exposición permanente a estímulos también impacta en la intimidad. Las pantallas invaden cenas, conversaciones y momentos sexuales, desplazando el encuentro cara a cara. Así, el tiempo compartido pierde calidad y la pareja queda relegada a un espacio residual.
Sin embargo, el aburrimiento no se vive igual a cualquier edad. En parejas jóvenes, explica el especialista, aparece temprano. Cuando la novedad se agota, la falta de temas en común o las diferencias culturales se vuelven evidentes. La ansiedad por “algo mejor”, el famoso FOMO, alimenta la insatisfacción y acelera las separaciones.
En adultos de mediana edad, en cambio, el proceso suele ser más lento. Las parejas prolongan vínculos aun con conflictos, esperando que eventos externos como viajes, mudanzas o mejoras económicas, reactiven la conexión. Sin embargo, las estadísticas muestran que las rupturas siguen siendo frecuentes ya que más de medio millón de separaciones legales se registraron en una década en la Argentina, con un aumento significativo respecto de décadas anteriores.
El aburrimiento atraviesa la sexualidad. Ghedin observa una paradoja habitual, se exige más frecuencia, pero sin introducir cambios reales. Aparecen reproches, “siempre hacemos lo mismo”, y resistencias al cambio, sobre todo en varones mayores de 40, mientras muchas mujeres demandan innovación. La monotonía sexual no siempre refleja falta de deseo, sino ausencia de comunicación y miedo a salir de lo conocido.
¿Se puede volver a conectar?
El especialista insiste en que amar no garantiza satisfacción. La conexión requiere acciones conscientes, diálogo honesto, contacto físico, proyectos compartidos y la aceptación de que la pareja real, con virtudes y defectos, es la única que existe. Entre sus recomendaciones, destaca hablar de necesidades antes de que el malestar explote, evitar compararse con otras relaciones y recuperar el juego erótico como espacio de encuentro. Para muchas parejas, el aburrimiento no es el final del vínculo, sino una señal de alerta temprana.
