El regreso no fue una estrategia. No hubo conferencia anunciando “la vuelta”, ni plan maestro de marketing, ni promesa de permanencia. Lo que hubo fue algo más simple y más raro: ganas. Después de 15 años sin tocar juntos, “2010 exactamente, 15 años”, corrige Diego López Santana (Guitarra), Cuentos Borgeanos volvió a subirse a un escenario. Primero fueron los Niceto. Después el C. Y ahora otra fecha más, casi como quien estira una sobremesa que no quiere que termine.
“Nosotros nunca nos propusimos volver como tal, no es que ‘vuelve la banda’”, aclara Abril Sosa (Voz), desde ese tono mitad reflexión mitad ironía que sostiene durante toda la charla. “Cada uno está en sus proyectos, somos amigos desde muy chicos, nos queremos mucho y fue como: ‘Che, nos juntamos a tocar que nos debemos eso’”. La deuda era emocional.
El reencuentro de Cuentos Borgeanos tras 15 años
El año pasado, cuando se reencontraron en el escenario, pasó algo que no estaba en los planes. “La pasamos tan bien… pero tan bien entre nosotros”, insiste Agustín “Búho” Rocino (bajo). “Cuentos no es una banda popular que se junta y toca en River. No está ahí la realidad. Pero lo que pasó fue increíble”, suma Abril.
“A mí me resultó todo muy familiar”, dice Diego. “Era como un reencuentro no solo entre nosotros sino con la gente. Venía gente y te decía: ‘Yo la conocí a mi mujer en un show de ustedes, ahora tenemos un hijo’. Era muy movilizante”.
Y ahí aparece la primera señal del tiempo. “Cuando te vienen a ver con hijos es una manera de darte cuenta de que estás más viejo”, bromean. Todos tienen hijos, menos Agustín, o al menos "eso dicen" entre risas.
La diferencia más grande entre aquellos años y este presente no es sonora. Es interna. “Creo que estamos mejores que en ese entonces”, dice Abril. “Empezamos muy pendejos. Ahora lo vivo sin presión. Me voy a juntar con mis amigos de chico, vamos a tocar y la paso muy bien”.
Abril vive en Madrid. Diego en Bariloche y Agustín en Buenos Aires. Las geografías cambiaron. Las prioridades también. “Yo ya no me dediqué más a la música como trabajo”, confiesa Diego. “Sigo tocando, soy músico, pero no quise trabajar más de músico. Entonces ahora no estoy pensando ‘qué pasa si tocamos mal’. Lo tomo relajado y lo disfruto mucho”.
Y eso se nota incluso en los errores. “No hay egos”, explica Abril. “Hay un pifie y nos reímos. No es ‘che, no aprendiste la canción’. Nos miramos, nos reímos y después lo mejoramos. Pero no hay presión”.
Ensayan poco cuentan antes del show del próximo viernes 20 de febrero en Niceto Club. “Las canciones están diseñadas para nosotros, para nuestro cuerpo. Es como andar en bici. Subís y seguís”.
El primer show del regreso fue “desprolijo”, admiten. “Pero había algo emocional que era mucho más relevante que tocar prolijo”, dice Abril. “Y viendo los videos después, eso es lo que quedó”.
Argentina, la industria y el marketing
En medio de la charla, Abril reafirma algo que ya había dicho en otra entrevista: “Sí, Argentina es un país hostil para el artista independiente. Lo reafirmo”. No se trata solo de economía. “Sobre todo cuando es un proyecto de nicho como Cuentos Borgeanos. Nunca nos abrimos a la búsqueda de la popularidad ni del dinero. Era: hagamos el flash que nos gusta, cambiemos disco a disco, comprometámonos con lo que nos pasa. Y así no es fácil”.
En España, dice, el circuito es distinto. “Los artistas que mejor les va en España son los argentinos”. Pero también relativiza: “Yo no toco mucho allá. Tengo un par de shows por año y nada más”.
“La música está rara a nivel global”, suma “Hoy el envoltorio es más importante que el contenido. El marketing quedó por encima del arte como lugar cultural”. Critican la sobrepoblación de colaboraciones, la lógica del single, la presión por el trend. “Es como cuando una fábrica se está viniendo abajo y los empleados hacen una cooperativa”, grafica Diego.
Pero tampoco caen en la nostalgia absoluta. Mencionan artistas actuales que respetan el formato álbum y la identidad propia. Discuten. Se contradicen. Se entusiasman. Se ríen. La conclusión, en realidad, es más simple, ellos prefieren la canción antes que la estrategia. “La música tiene que actuar. No tiene que haber condiciones. Tiene que estar buena la canción”.
Cuentos Borgeanos se presenta en Niceto Club este viernes 20 de febrero
“Si tocamos el viernes y después no tocamos nunca más, nos vamos a seguir queriendo y ahí se terminó”, afirma Abril. “Ojalá haya reuniones de vez en cuando. Pero no le ponemos ni un freno ni una presión de continuidad”.
Cuando les preguntan qué esperan del próximo show, responden con ironía: “Esperamos que la inteligencia artificial pueda reproducirnos más jóvenes y más afinados para no tener que ir a tocar más”. Ríen. Siempre ríen.
El regreso de Cuentos Borgeanos no es una segunda etapa con promesa de permanencia. Es un paréntesis elegido. Una excusa para volver a encontrarse. Una banda que ya no necesita demostrar nada porque lo que la sostiene no es la expectativa externa, sino la amistad. “Me voy a juntar con mis amigos de chico, vamos a tocar y la paso bien”, repite Diego. Y tal vez esa sea la forma más honesta de volver.
