“Poder –dijo alguna vez Juan Román Riquelme- es que la gente te quiera”. Por las razones que fuere, ese es hoy el poder de Franco Colapinto. Más de medio millón de personas pasaron ayer horas de pie en los Bosques de Palermo para verlo a él. No por sus victorias (por ahora ni siquiera suceden podios). Tampoco por un talento que, todavía, asoma inconstante, un punto difícil, porque, a veces, casi ni siquiera puede analizarse el error. Solo se escucha comprensión o excusas varias. Quien intenta apuntar con más rigor, teme presión de patrocinadores poderosos o sufre linchamiento en las redes (igual que sus rivales en la pista o su propio equipo cuando son acusados de “perjudicar” a Franco). Todo eso puede ser cierto, pero a Colapinto, puro carisma, la gente lo quiere.
Argentina es un país con tradición “fierrera”, eso también es cierto. Y también es cierta la histórica tradición del hincha (y no solo en el deporte) de apoyar ruidosamente a quien adopta como ídolo, haya ganado todo o no haya ganado nada. Seguramente los tiempos modernos ayudan a construír hoy esos ídolos. Las redes. Los influencers antes que los periodistas, que fueron víctimas de “un destrato innecesario” por parte del patrocinador Mercado Libre, porque hoy, como se lamentó el colega Diego Durruty, “vale más un reel en colaboración con una marca, un like bien acomodado o una selfie con el ejecutivo de turno que una pregunta hecha con criterio”, acaso incómoda, como le sucedió a Julián Ronaldo, de Carburando, que, en una rueda de prensa previa, solo preguntó a Franco sobre el Autódromo de Buenos Aires y “en un minuto –escribió Durruty-, lo que parecía perfectamente controlado dejó de estarlo. Se rompió la escenografía de cartón pintado”. Se podrán dar acaso algunas explicaciones más. Pero el análisis siempre será insuficiente para contar por qué buena parte del amor popular de los argentinos se ha depositado en Colapinto.
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Y allí estaba ayer él. Derrapando y haciendo trompos por Avenida del Libertador en autos viejos y devolviendo ese amor de modo casi personal, y sin necesidad de golpes bajos, empeñado en darle autenticidad al intercambio, en medio de tanta corporación que patrocina y rentabiliza su carisma, su mezcla de pibe de barrio y de rockstar. Y en medio también de las exageraciones acaso inevitables, como las del colega que afirmaba por la TV que “el mundo mira a Buenos Aires”. Impactado, otro le leyó feliz uno de los tantos carteles de apoyo. En medio de banderas celestes y blancas, el cartel decía “Dios, Patria y Colapinto”. Franco no le respondió nada.
Se divirtió a bordo del Lotus E20 pintado de Alpine, con motor V8 Renault de 2.400 cm³ y emocionó a muchos cuando, con casco de época, manejó la réplica de la Flecha de Plata Mercedes W196 versión carenada, recuerdo del gran Juan Manuel Fangio, su amado ídolo, cuyas hazañas leyó de pibe en Pilar, y que ganó con ese auto cuatro grandes premios en las temporadas de 1954 y 1955. Franco corrió por momentos casi con medio cuerpo afuera del auto, a la vieja usanza, y la TV con primerísimo plano. Una postal.
La F1, que retomará su campeonato este fin de semana en Miami, seguramente tomó nota de tanta pasión, de tanta “Francomanía” y de que Buenos Aires sigue siendo una plaza cotizada, y tiene autoridades políticas interesadas en subirse al circo. Mostrar que, a menos de cincuenta días del Mundial, nuestro deporte no es solo una pelota de fútbol.
Mucho más silenciosa, una nadadora de flamantes 18 años de edad, Agostina Hein, nacida en Campana, lideró con la cifra impactante de nueve medallas doradas ella sola, a la Argentina que terminó tercera este fin de semana en los Juegos Suramericanos de la Juventud en Panamá, con un total de 105 medallas (32 doradas, 39 plateadas y 34 de bronce). Agostina, gran versatilidad, futuro enorme, coinciden los especialistas, anotó además dos records sudamericanos y tres nacionales. Ganó también una medalla de plata. Nadie ganó tanto como ella en la historia de la competencia. Es una reina silenciosa, en medio del ruido de Colapinto y de la pelota.
