La política económica tiene la misma base instrumental pero la corriente hegemónica del funcionamiento de la economía mundial es diferente. No hay dudas de que los lineamientos generales de la gestión económica del gobierno de Javier Milei son similares a los definidos por José Alfredo Martínez de Hoz durante la dictadura militar, a los impulsados por Carlos Menem durante los noventa y por Mauricio Macri en sus cuatro años de gobierno.
Sin embargo, el contexto económico internacional en cada uno de esos momentos ha sido diferente, cuestión importante a incorporar en la evaluación de cada período regresivo en términos del bienestar general. No se puede entender los ciclos locales sin tomar en cuenta en qué período de la economía internacional se ha desarrollado. Esto vale para las experiencias de ajuste regresivo, como así también para los ciclos de expansión como el del kirchnerismo.
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Es ilustrativo remitir al discurso de Martínez de Hoz del 2 de abril de 1976 para encontrar la similitud extraordinaria de los planes económicos de ajuste regresivo. Los puntos principales, contraponiendo la libertad al control estatal, son los siguientes:
- La libertad de precios.
- La eliminación de los controles de cambio.
- La libertad del comercio exterior.
- La eliminación de las prohibiciones y de los impuestos a las exportaciones.
- La libertad de importar y la aplicación de un programa de reducción de aranceles.
- La libertad de las tasas de interés.
- La liberalización de los alquileres.
- La eliminación de las tarifas políticas de los servicios públicos, de subsidios y de las protecciones excesivas para ciertos sectores privilegiados de la economía.
- La libertad de contratación de los salarios.
- La libertad para las inversiones extranjeras.
Sin embargo, la aplicación de este recetario, cuyo desenlace fueron crisis socioeconómicas devastadoras, tuvo marcos externos diferentes que condicionaron más o menos su desarrollo, según el caso.
En forma sintética, durante la dictadura militar comenzaba el despliegue del neoliberalismo como política dominante, con Ronald Reagan en Estados Unidos y Margaret Thatcher en Gran Bretaña. Los premios Nobel de Economía entregados a Friedrich von Hayek, en 1974, y a Milton Friedman, en 1976, fueron las expresiones en el campo de las ideas para batallar contra el intervencionismo del Estado, corriente definida como keynesiana.
Fue la época de los Chicago boys por el predominio del monetarismo en la gestión económica, primero en el Chile de Pinochet y luego en la dictadura de Videla. Pese a ello, los militares argentinos, del mismo modo que los chilenos que preservaron la renta minera del cobre en manos del Estado, avanzaron en el proceso de desindustrialización vía la apertura importadora, pero desarrollaron industrias de insumos intermedios.
El economista Daniel Kostzer menciona las industrias del aluminio, la energía nuclear, la siderurgia, la celulosa y papel, entre otras, en línea con lo realizado por la dictadura brasileña desde mediados de la década del '60. Los militares argentinos declararon de interés nacional la industria petroquímica de Bahía Blanca y expandieron Aluar, Somisa y Altos Hornos de Zapla en Jujuy. En otras palabras, tenían un proyecto productivo: le dejaban al sector privado el consumo interno —vía importaciones—, pero lo más estratégico quedaba bajo control estatal o en manos de grupos económicos locales.
En los años noventa, el menemismo tuvo su marco global en el denominado Consenso de Washington. El decálogo de ese manual de gestión de gobierno incluía:
- Disciplina fiscal.
- Reformas estructurales.
- Ajuste del gasto público.
- Reforma tributaria.
- Las tasas de interés deben ser determinadas por el mercado y deben ser positivas para incentivar el ahorro y desalentar la fuga de capitales.
- Tipo de cambio real competitivo.
- La liberalización de las importaciones constituye un elemento esencial en una política económica orientada hacia el sector externo.
- Fomento de la Inversión Extranjera Directa (IED).
- Privatizaciones.
- Desregulación.
En los noventa, el talón de Aquiles fue persistir con la convertibilidad —es decir, con el atraso cambiario— cuando otros países, como Brasil, que había acompañado el Consenso de Washington aunque sin tanto dogmatismo, flexibilizaron la política cambiaria. La rigidez argentina en ese frente fue, en última instancia, el detonante de la crisis de 2001.
El corto ciclo macrista reúne los lineamientos económicos de la dictadura militar y del Consenso de Washington, en un contexto regional de reversión de las experiencias progresistas o de centroizquierda. Sin embargo, el gobierno de Macri no tuvo capacidad de administrar ese marco favorable para una gestión de derecha. Como también ocurrió en los otros dos períodos regresivos, el frenesí endeudador lo llevó rápidamente a su inviabilidad. En apenas dos años, la emisión de deuda fue tan vertiginosa que resultó equivalente a los siete años de la dictadura y a los diez años y medio de la convertibilidad. La expresión más acabada de esa lógica fue el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional de 2018, el mayor préstamo de la historia de ese organismo, que lejos de estabilizar la economía funcionó como combustible para la fuga de capitales.
Entre el derrumbe de la convertibilidad y la irrupción del macrismo, los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner constituyeron un paréntesis que interrumpió el recetario liberal. También es necesario enmarcarlo en una tendencia global, en especial en América Latina; no fue algo ajeno a lo que sucedía en esos años en la región y, en especial, a la indiferencia de EE.UU. debido a que estaba en otra frecuencia a partir del atentado a las Torres Gemelas, el 11 de septiembre del 2001.
La recuperación del rol del Estado, la política de ingresos, la reindustrialización y la renegociación de la deuda externa configuraron un modelo alternativo que logró reducir la pobreza y expandir el mercado interno durante más de una década. Su reversión no fue producto de su agotamiento sino de una coalición política y mediática que canalizó el descontento de las clases medias y altas hacia una oferta de "cambio" que en los hechos significó la restauración del viejo recetario. Fue también cuando EE.UU. retomó la mirada a su área de influencia para desarticular proyectos políticos que aspiraban a impulsar un proceso de desarrollo con autonomía relativa y, en especial, para frenar el avance de planes de infraestructura financiados por China.
¿Cuál es la diferencia fundamental del experimento económico de Milei respecto a los tres anteriores definidos como neoliberales?
Pese a las idénticas bases instrumentales de la política económica de la dictadura, el menemismo y el macrismo, el gobierno actual va a contracorriente del movimiento económico internacional.
La dictadura militar fue una expresión del naciente neoliberalismo con los Chicago boys; el menemismo fue el mejor alumno del Consenso de Washington; el macrismo fue la manifestación de la disputa ideológica con el denominado "populismo". Milei, en cambio, colisiona con la corriente dominante de la economía global, que se resume en proteccionismo y política industrial para impulsar el desarrollo nacional: los aranceles de Trump y la política de reindustrialización de EE.UU, el proteccionismo europeo frente a China, o el modelo de desarrollo de China son todos ejemplos de una tendencia que apunta exactamente en la dirección contraria a la que marcha el experimento liberal-libertario.
No es una diferencia menor para evaluar con mayor precisión las características de la actual política económica y, por lo tanto, identificar cuál puede ser su desenlace. Los vectores de crisis están a la vista: la fragilidad del ancla cambiaria, sostenida artificialmente con reservas escasas y endeudamiento, reproduce la lógica de todos los esquemas de atraso cambiario que terminaron en estallido; la dependencia del financiamiento externo reinstala la vulnerabilidad estructural que ya dinamitó la convertibilidad y el macrismo; y la erosión de la demanda interna —expresada en la caída del salario real, el desplome del consumo y la destrucción del entramado productivo— actúa como límite estructural al crecimiento sostenido.
Si ya de por sí el recetario liberal conduce a una crisis, como se probó en los tres episodios anteriores, el hecho de que además avance a contramano de la dinámica de la economía global convierte ese riesgo en casi una certeza. El destino de este experimento difícilmente pueda ser otro que el desastre social, laboral y productivo.
