Balotaje en Colombia: por qué los buenos números económicos no le alcanzan a la izquierda

Con una gestión que mantiene niveles de aprobación superiores al 50% y mejoras en indicadores sociales y económicos, el oficialismo colombiano enfrenta un balotaje marcado por la seguridad, la violencia territorial, la polarización política y el avance de una derecha unificada detrás de Abelardo de la Espriella.

06 de junio, 2026 | 08.13

¿Cómo se explica que el candidato oficialista, Iván Cepeda, de un Gobierno cuyo presidente se retira con aprobación arriba del 50% y con indicadores de una economía no solo estable sino también popular -con un último aumento de salario mínimo del 23% cuando la inflación no llegó al 6% anual y una reforma laboral progresiva- no haya salido primero en las elecciones del domingo pasado?

Una primera respuesta aproximativa, antes de una segunda más larga, sería que en realidad la izquierda creció en relación a la última elección; Gustavo Petro sacó más de 8,5 millones de votos en la primera vuelta de 2022, Cepeda se quedó con más de 9,6 millones de votos el domingo pasado. Es un signo de consolidación no menor para la primera fuerza de izquierda que logra ser Gobierno en el país. Claro, quedó opacado porque fue superado por casi 700 mil votos más que logró el ultraderechista Abelardo de la Espriella. Pero, como se verá más adelante, lo que pasó con el “Tigre” es otra cosa.

¿Murió el uribismo o renace en forma de “Tigre”?

Este contenido se hizo gracias al apoyo de la comunidad de El Destape. Sumate. Sigamos haciendo historia.

SUSCRIBITE A EL DESTAPE

Después de la primera vuelta del domingo, tras la caída en desgracia de la candidata uribista Paloma Valencia, que quedó en un penoso tercer lugar y que una vez más, como en 2022, sacó al partido del expresidente Álvaro Uribe del balotaje, se impuso la pregunta sobre si el uribismo finalmente murió como fuerza política. Pero la mayor parte de los analistas coinciden en que esta es una corriente que logra parasitar otros espacios y sumarse al número ganador.

Lo cierto es que la oposición en general y el uribismo en particular ahora buscan frenar el avance histórico que la izquierda consiguió en la elección de 2022 y también en la primera vuelta de 2026. Pero estos sectores ultra aprendieron algunas lecciones y leen un contexto internacional más favorable para tomar vuelo.

Laura Espinosa explicó a El Destape la estrategia matemática de la derecha: a diferencia de hace cuatro años, ahora concentraron toda la maquinaria en un solo "caballo ganador", que es de la Espriella.

“Hace cuatro años tuvieron dos candidatos en los cuales repartimos la votación, que fueron Rodolfo Hernández -empresario y aparente outsider, pero que ya había sido alcalde de Bucaramanga- y Federico Gutiérrez, que era un político tradicional. Sumados ellos dos, lograron casi el 52% de la votación. Sin embargo, como sus candidaturas iban divididas, partieron la votación y pasaron a segunda vuelta Gustavo Petro y Hernández. Los cálculos de la derecha para esta ocasión fueron ‘vamos a meterle todo al caballo ganador’.”

En determinado momento de la campaña, la candidatura de la uribista Paloma Valencia se desinfló y ahí la derecha se unió. “Todas las maquinarias, casi todo el voto de la derecha se concentró hacia Abelardo y lo dejó entero en la primera vuelta”, valoró y agregó, por otro lado, que en Colombia hay “una tendencia al decrecimiento de la abstención, o un aumento de la participación electoral que para esta primera vuelta fue de tres puntos más que hace cuatro años y esos tres puntos se dividieron mayoritariamente hacia la izquierda y hacia el centro político. Casi no fueron a la derecha”. Por esto, la politóloga estima que la segunda vuelta es “muy abierta”, con posibilidades de crecimiento para ambas fuerzas.

La cientista política Consuelo Ahumada, que fue candidata del oficialista Pacto Histórico, aportó, en diálogo con El Destape, el factor geopolítico: la agresividad del “fascismo” de Donald Trump desde EE.UU., la asfixia institucional local y las campañas de miedo que tildaron al oficialismo de narcotraficante.

“Comparemos el momento actual con hace cuatro años, las circunstancias internacionales son muy distintas. Por supuesto que Estados Unidos y sus políticas ya estaban ahí, pero ahora la agresividad de Trump -y el fascismo que representa y que ha alimentado a todo el mundo- dificultan la situación. Su alianza con la ultraderecha colombiana, representada principalmente por el uribismo, pero ahora por este personaje de la Espriella -que no está entre los cuadros del uribismo, pero que está plenamente identificado con él- han propiciado una intervención abierta en los aparatos internos de Colombia”, dijo Ahumada, quien también recordó los constantes desafíos y amenazas del republicano de la Casa Blanca contra Petro.

“Todas las disidencias están decididas a impedir que gane el candidato continuista del proyecto de Petro. Eso hace mucho rato lo hemos venido denunciando y diciendo aquí en Colombia”, aseveró y también reconoció: “Ha habido errores en el Gobierno, pero en general la gente percibe que la elección hoy en día es entre la opción, el fascismo puro representado por Trump, y quienes quieren preservar la democracia”, estimó.

El mapa electoral y el mapa de la violencia

Si se superpone una semitransparencia del mapa electoral del domingo sobre un mapa de los enfrentamientos armados de los grupos mencionados hay ciertas coincidencias.

“Sí hay una relación entre violencia y el mapa electoral. Es un mapa que se ha repetido con mucha claridad en Colombia desde el plebiscito de 2016, que fue el que definió entre el ‘sí’ y el ‘no’ a la aprobación del acuerdo final de paz con las FARC. También se vio en las elecciones presidenciales de 2018 y 2022, y ahora en la primera vuelta”, dijo Espinosa.

“En la periferia nacional vemos una votación hacia la izquierda. Son las zonas con menor presencia estatal, aunque aquí hago una distinción; es ausencia de la cara social del Estado, porque sí han tenido presencia histórica militar del Estado-. Son zonas con altos índices de pobreza y desigualdad, con indicadores sociales bastante precarios y vemos entonces que son estas zonas las que han votado más a la izquierda porque son las que más han sentido el conflicto”, explicó a la vez que aseguró que el voto a la derecha se concentró en el centro del país: “Son zonas con presencia histórica estatal, donde están la mayoría de los centros urbanos, donde está lo que se conoce como la zona de desarrollo que ha sido todo el corredor andino”.

Por su parte, el politólogo colombiano Jorge Mantilla, en diálogo con El Destape, dijo que “la seguridad es uno de los elementos centrales del debate político y de la polarización actual en Colombia”.

Y al igual que Espinosa también consideró que existe una relación entre los dos mapas. Sin embargo, matizó la afirmación. “Cuando se hace un poco de zoom ya a nivel municipal se encuentran variaciones. Es decir, si bien el candidato de la izquierda gana en determinadas zonas de la periferia -allí donde fue más intenso el conflicto o la violencia en los últimos años, como por ejemplo el caso de los departamentos del Cauca y Norte de Santander- son zonas donde gana, pero pierde terreno con respecto a hace cuatro años. Se entiende que sí hay un cansancio por la violencia. Sin embargo, en otras zonas también hegemónicas de los grupos armados como el Pacífico, la frontera con Ecuador y con Perú, hay puestos de votación donde el 100% de los votos fueron para el candidato de la izquierda”.

La violencia como clave de lectura

Pero faltaba la segunda respuesta, más larga, a los motivos por los que los números de la economía no alcanzan. La respuesta sería; “Es Colombia”; o sea, un país que solo tuvo una (breve) dictadura, pero que vive guerras internas -no como metáfora- desde que tiene memoria. Y con esas guerras, la idea de que el enemigo es interno. En el caso colombiano no se trata de una polarización social cualquiera, sino de una división armada que data del período conocido como “La Violencia” (¿cómo no?) de mediados del siglo pasado cuando conservadores y liberales dividieron familias, barrios y sociedades enteras.

Después siguió un país donde la izquierda fue diezmada a punta de pistola antes de que pueda lograr algún tipo de banca o representación en cualquiera de los tres Poderes del Estado. Un país que más allá de cualquiera sea el signo político de su Gobierno, este no controla todo su territorio: la convivencia de grupos armados -algunos nacieron con una impronta de izquierda como los extintos M19 y las FARC o el aún operativo ELN-; grupos criminales -dedicados al narcotráfico, minería ilegal, etc.-; paramilitares; así como también un Ejército que supo protagonizar capítulos oscuros del país -como los “falsos positivos”, ejecuciones extrajudiciales para mostrar resultados contra los grupos armados que fueron más masivas durante los dos gobiernos de Álvaro Uribe- siguen partiendo cualquier foto de familia. Un país que no dio garantías de vida a los grupos que como las FARC firmaron la paz en 2016 y que hoy es un signo de desconfianza para cualquier otro grupo al que se intente llevar a una mesa similar. Y un país con millones de desplazados por esa misma violencia que es paisaje.

En suma, la estabilidad económica importa pero también mantenerse vivo y sin necesidad de huir frente a la violencia constante por enfrentamiento entre grupos que se disputan el territorio colombiano entre ellos y con el Estado.

Para dimensionar de qué violencia se habla hay que ver que desde que las FARC firmaron los Acuerdos de Paz con el Gobierno de Juan Manuel Santos en La Habana en 2016 hasta la actualidad Colombia tuvo 755 masacres (esto es, episodios donde mueren 3 o más civiles) y solo este año, entre enero y abril, se registraron 48 masacres que dejaron al menos 229 víctimas mortales, según la organización Indepaz. Los desplazados por los enfrentamientos armados en 2025 fueron 77.719 personas (como si la ciudad cordobesa de Jesús María entera o la bonaerense Junín fueran desplazadas). Si se tiene en cuenta que estos episodios no se registran en todos los departamentos del país, sino que están localizados, la dimensión es aún más crítica para las zonas afectadas y el imaginario para los que están por fuera es de incomprensión.

Un votante harto de la violencia armada pero que, como también vivió la “mano dura” de la derecha -que ya era ultra- en tiempos de Uribe, ya no cree fácilmente en promesas de securitización como las del Tigre. Este intenta reciclar las viejas ideas de bombardear a grupos criminales y promesas de terminar un conflicto de décadas en pocos meses ya probadas en el país.

El profesor de la Universidad del Rosario de Colombia también aseguró que la candidatura de de la Espriella sería para el país “como contratar a un carnicero para la vacante en neurocirujano”, ya que hay cosas de su programa “que no se pueden hacer porque son inconstitucionales y no son realistas, como por ejemplo, acabar con todos los grupos en tres meses. Entonces desconoce el contexto, desconoce los actores y la única manera de que él pueda hacer lo que promete es que declare un estado de conmoción interior, que es una suspensión de ciertos derechos y un formato que ya hemos visto en El Salvador y en otros países”.

De la Espriella tiene un programa neoliberal clásico de menos Estado -excepto en seguridad- y más “libertad” para los privados. “Es el planteamiento de la motosierra, él planteó acabar con varios ministerios”.

El clivaje entre el centro y la periferia

Si el votante que más sufre la violencia de grupos armados también ya probó las violencias estatales es lógico que no opte -a grandes rasgos- por un candidato como de la Espriella. Pero ¿por qué el elector que no vive en su cotidianeidad los conflictos armados sigue los cantos de sirena de la “mano dura”?

Mantilla sostuvo que hay al menos tres razones; en primer lugar, “porque los sectores socialdemócratas o progresistas no lograron resolver el problema de la inseguridad. La impunidad sigue siendo uno de los mayores problemas en Colombia. Cerca del 70% de los delitos en Colombia no tienen una respuesta efectiva por parte de la Justicia”; en segundo lugar, agregó, “hubo delitos que aumentaron, por ejemplo, la extorsión y el secuestro que afecta particularmente a sectores comerciales, emprendedores, negocios por cuenta propia, tiendas de barrio”; y en tercer lugar, porque también “hay una enorme percepción de corrupción y termina afectando la percepción de inseguridad”.

Para el politólogo, todo esto aumenta la “sensación de desprotección” aun cuando “en algunas ciudades, objetivamente el homicidio o los hurtos han disminuido, la gente de todas maneras se siente insegura y desprotegida”. Por su parte, Espinosa dijo que las ciudades intermedias y andinas, al no sufrir la violencia rural de primera mano, compran el discurso de “mano dura” ante la inseguridad cotidiana.

Pero este tipo de criminalidad, presente en las grandes ciudades de Colombia así como de Latinoamérica, no es igual a la conflictividad de las zonas periféricas.

Para Mantilla la izquierda erró al creer que el crimen era solo un producto de la falta de oportunidades ya que se ve cómo los números de las condiciones sociales de algunos sectores desfavorecidos mejoraron, pero la violencia también creció. El especialista también mencionó un tercer tipo de violencia que comienza a volverse presente. Citó un choque entre simpatizantes de Cepeda y el “Tigre” en un barrio de clase media de Bogotá esta semana por la polémica frente a quién se apropia de la camiseta de la selección colombiana de fútbol. “Vemos que no se resuelve el problema de criminalidad y el de la violencia, sino que además está surgiendo una violencia mucho más social y política bastante peligrosa”.

En estas divisiones hacen mella discursos que apelan a un imaginario arraigado en la historia colombiana: la idea del enemigo interno. Agitado desde el Estado, pero que permeó en la dermis social. Adela, una mujer bogotana de clase media baja que promedia los 60 años lo hace carne así: “Estos (en referencia al partido de Gobierno) fueron unos guerrilleros que mataban y fusilaban y la gente se olvida”. ¿Petro fue guerrillero? Sí, fue parte del M19, grupo armado que luego pactó la paz y se volcó a la vida civil y hasta fue parte de la Asamblea Nacional Constituyente que dio a luz a la Constitución de 1991. ¿Iván Cepeda fue parte de alguna guerrilla? No. Y vale aclarar que actores armados referenciados en la izquierda, como el caso de las FARC, cometieron secuestros -conocidos como “pesca milagrosa”- y asesinatos que quedaron en la memoria de muchos. Sin embargo, el grupo se desmovilizó y se plegó a la vida civil.

“Tiene que ver con la historia política del país, con lo arraigado que están algunos imaginarios que hacen parte del ser político colombiano. Nosotros cargamos aún con todo lo que fue nuestra historia del ‘enemigo interno’, que no fue solamente durante la época de Uribe, sino durante largas décadas, así que está muy enraizado todavía”, dijo Espinosa y sobre eso, agregó “el complejo balance de la política de paz del Gobierno de Petro”, ante el que se vio “la reactivación de discursos del enemigo interno, del reposicionamiento de asuntos como la seguridad y a las fuerzas políticas de derecha”.

En este tablero, el balotaje del 21 de junio no se perfilará como un debate técnico sobre el salario mínimo o los índices de empleo, sino como una disputa profunda sobre las narrativas del miedo y la supervivencia. Iván Cepeda se juega la continuidad de un modelo progresista que demostró efectividad en los bolsillos, pero que no logra pacificar los territorios ni calmar la ansiedad urbana frente al delito. Enfrente, de la Espriella ofrece la vieja receta de la coacción estatal con ropaje de outsider. En Colombia, donde las heridas del conflicto están abiertas, la moneda está en el aire: la ciudadanía deberá elegir si premia la estabilidad económica del presente o si, arrastrada por la sombra del enemigo interno, compra una vez más la promesa tan conocida como peligrosa de la ‘mano dura’ y nuevamente alineada a Washington.

MÁS INFO
Dacil Lanza

Es periodista especializada en política internacional en medios como la agencia Télam, el diario italiano Il Manifesto, la revista Nueva Sociedad y Cenital. En El Destape Radio es parte de Palermo Wuhan los sábados de 7 a 10 de la mañana. Hizo coberturas en Brasil, Chile, Colombia y España. Como freelance viajó a otra región que la apasiona: Medio Oriente, donde conoció Israel, Palestina y Egipto.